Despertarme con la noticia de que Max iba a estar conmigo en aquella casota me levantó muchísimo el ánimo, a tal punto que me encontraba sentada en el césped perfectamente cortado del patio, tirándole un juguete y esperando a que me lo trajera. Su pelaje dorado brillaba con el poco sol que se colaba entre las nubes, y se le veía feliz. Desde cachorro siempre había vivido en el departamento, sin ver apenas la luz del exterior, y eran contadas las veces que pude llevarlo a interactuar con la naturaleza.
Definitivamente, verlo así me hacía feliz a mí también, sin siquiera notarlo.
La hierba a mi lado se hundió, dejándome saber que alguien más había tomado asiento. Despedía un aroma a margaritas y su aura, de lejos, se sentía herida, pero con ganas de no hundirse en la miseria.
—¿Puedo intentarlo yo? —su voz sonaba cansada, como si hubiera pasado toda la mañana llorando, y sus ojos me confirmaban que mis pensamientos eran correctos.
Le sonreí y le tendí el hueso de juguete favorito de Max.
Al parecer mi sonrisa era contagiosa, porque su semblante se iluminó y, de inmediato, le lanzó el juguete a mi perro, que estaba ansioso por ir tras él.
—Debería pensar en tener uno.
—¿Quieres un juguete para perros? —bromeé—. Porque tengo muchos con los que Max no juega.
Una pequeña risa salió de su garganta.
—Me refería a un perro —dijo, tomando de nuevo el juguete de la boca de Max y lanzándolo—. Cuando tenga que regresar a mi casa, lo voy a necesitar para hacernos compañía a mi bebé y a mí.
Pude notar cómo, poco a poco, se le apagaba el brillo... hasta que Max regresaba y rescataba algo de la luz que le quedaba.
—A propósito, felicidades por el bebé —señalé su vientre—. ¿Cuánto tiempo tienes?
Mi perro, distraído, se entretenía persiguiendo a una ardilla en un árbol.
—No debe de ser más de un mes, pero con lo descuidada que soy, no me extrañaría que ya fueran dos.
Una duda momentánea se instaló en mi cabeza. No recordaba haber tenido mi período este mes, pero también soy un desastre para esas cosas. Aunque las veces anteriores usamos protección, excepto...
No. Fue solo una vez, y ni siquiera recuerdo a detalle si usamos o no.
—¿Estás bien, Eva?
Me costó salir de mis pensamientos. Estaba preocupada.
—Sí, gracias. Veo que ya conoces mi nombre y yo todavía no conozco el tuyo formalmente.
Intenté cambiar de tema para desviar la conversación. La verdad, no estaba bien. Había tenido náuseas y mareos todo el mes, y esos definitivamente son síntomas de embarazo. No quería tortura, pero si era así, estaba ante un problema más grande de lo que creía.
—Bela, mucho gusto —estiró la mano y yo se la correspondí—. Fuiste muy valiente estos días. Yo apenas hubiera logrado la mitad de las cosas que lograste.
—¿Valiente? —solté una carcajada—. Todas las veces alguien más me salvó el trasero. Yo no soy más que una cobarde.
—¿Cobarde? Eres mi superheroína. Ya quisiera yo tener el valor de enfrentar las cosas como tú lo haces —señaló su rostro, intentando esconder un gesto de tristeza.
—¿Es tu esposo quien te hace eso? Me refiero a los morados en tu cara. ¿Es él?
Una inexplicable molestia se alojó en mi interior. Me vi reflejada en el espejo de Bela.
Asintió de manera tímida, como un cachorro regañado.
—Todo comenzó hace dos semanas, cuando nos enteramos de que estaba embarazada. Él no quiere hijos y yo olvidé algunas veces la píldora. Pero quizás la historia no comenzó ahí... quizás él simplemente no quiere tener hijos conmigo porque nuestros padres nos obligaron a casarnos.
—¿Qué edad tienes? —pregunté, analizando su rostro. Ni siquiera parecía llegar a los veinte.
—Dieciocho. En dos semanas cumplo diecinueve. Llevamos menos de un año juntos, pero ya intenté rogarle a papá muchas veces, porque me obliga a estar con él. Ni siquiera en el acuerdo prematrimonial estaba estipulado lo de tener relaciones —su mirada cayó en Max, que corría como loco de extremo a extremo.
—Yo sé exactamente lo que estás sufriendo... y no deberías permitirlo.
—¿Lo sabes? ¿Acaso tú...?
Asentí.
—Mi ex y yo tenemos una historia complicada. Él era un pijo y yo, una niña huérfana. Al principio me sedujo y me envolvió en sus cuentos. Para ese entonces no era el monstruo que se convirtió después, hasta que terminé dependiendo completamente de él. Cuando cumplí dieciocho y me libraron del orfanato, no tenía lugar donde ir. Ya había tenido suficiente de la calle, así que no me quedó más remedio que ir a su piso alquilado en los suburbios, donde traficaba drogas y yo le servía de esclava sexual y criada mientras buscaba un futuro.
Supongo que debe de haber un síndrome igual al de Estocolmo para esta clase de situaciones, porque me enamoré y terminé soportando toda clase de cosas espantosas. Para su familia y el resto de las personas éramos una pareja normal. Claro, solo era fachada para que no descubrieran lo que realmente hacía en los suburbios. Hasta hace un año, cuando me dijo que sus padres le habían conseguido una beca en España y que se iba a estudiar. Lo cual no era del todo mentira: aceptó más que nada porque una de las novias de sus amigos se iba para allá también. Así que la siguió y yo me quedé como idiota pagando sus deudas... hasta que ella me llamó y me contó toda la verdad.
—Al lado de ti, mis problemas parecen un simple capricho de niños.
—Pues no lo son. Podrían llegar a ser incluso peores. Deberías denunciarlo, Bela.
Una risa amarga salió de su boca.
—Papá sabe que me golpea, y aun así me dijo que debía callar, porque sus negocios con la empresa de mi esposo apenas comienzan. Quizás, en el futuro, cambie.
—No va a cambiar y lo sabes.
Asintió.
—Yo amo a alguien más.
Fue la última palabra que necesité para darme cuenta de que su vida era semejante a la mía. Una mierda.
Automáticamente la abracé. No sabía por qué, pero quería proteger a aquella chica para que no pasara por todo lo que yo pasé.
—Si quieres, Max estaría contento de hacerte compañía.
—¿Me regalarías a Max? —sus ojos brillaron.
—Él me acompañó cuando me sentía sola, y estoy segura de que le gustará acompañarte a ti y al bebé ahora.
Nuevamente nos fundimos en un abrazo. Pensé que estaba loca al regalarle a mi único compañero a alguien que apenas conocía. Pero al ver a mi Golden Retriever correr de un lado a otro, feliz por su libertad, no lo pensé dos veces. Estoy segura de que juntas, esas dos almas iban a comenzar a colorearse.
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Un Imperio De Hielo Y Lunas Azules
RomanceEva es una chica linda y llena de secretos, pero rota por dentro ya que carga con la culpa de quitarles la vida a las personas que ama. Por cosas del destino encuentra un trabajo como secretaria del CEO de una de las empresas más grandes de New Yor...
