Mientras más tiempo pasaba en la gran casa de los Thompson, más me integraba a la familia, excluyendo al señor Thompson padre de la lista de personas para las que soy grata.
Estaba trabajando desde casa, pues se me tenía prohibido volver al edificio hasta que Noah llegara e intentara solucionar todo.
No sé si fue por la distancia o porque realmente nos extrañábamos, pero entre mi jefe y yo estábamos creando un vínculo bastante dependiente. Cada vez que teníamos un segundo libre, ya fuera por videollamada o mensaje, literalmente no nos separábamos de los teléfonos. A mí me resultaba tierno; me sentía como una de mis amigas de la secundaria revisando WhatsApp a cada segundo con una sonrisa en el rostro.
Después de mucho tiempo, por fin me sentía feliz, aunque con respecto a Bela no. Sus moretones habían comenzado a disminuir, pero aun así estaba muy deprimida desde que se enfrentó a su padre, y este le dijo que fuera fuerte, que ese sería el precio a pagar por tener una vida de lujos. A decir verdad, ni ella ni yo estábamos de acuerdo; ser rica a ese precio no era negociable. Definitivamente, al menos yo no lo pagaría, y ella secundaba esa idea.
Así que la vi encerrarse a llorar durante cinco días seguidos. Aunque Max y yo intentamos animarla, y su madre la consentía como si todavía tuviera cinco años y estuviera haciendo una pataleta, no parecía mejorar.
La señora Dairine también lloraba de vez en cuando. Supongo que vivir a la sombra de su esposo era una mierda: sin poder dar opinión, sin hacer lo que quisiera, sin poder trabajar. Definitivamente, esta familia y yo compartíamos muchas cosas.
Esa tarde llegaría Noah. Su vuelo había salido la noche anterior, pero las veinte horas que duraba el viaje eran insoportables, y el no poder comunicarme con él tampoco me agradaba mucho.
Esa mañana me levanté temprano con la intención de jugar un rato con Max y luego arreglarme un poco porque me había descuidado estos días encerrada, pero me ahorré la primera parte porque Bela corría como niña pequeña por todo el patio con el perro, lo que me dio mucha calma: sabía que en verdad cuidaría a mi amigo canino.
Antes de la cena bajé a la cocina para ayudar en lo que pudiera a Petra y robar alguno que otro tuco para que mi comida mejorara. En estos días también me había hecho amiga de ella, así que bromeamos mucho mientras trabajábamos y me contó muchas cosas de cuando mi "algo" era más joven.
Después de la cena, me miré al espejo mientras hacía los últimos arreglos. Había recuperado algo de peso, el color en mis mejillas había regresado y, de hecho, me sentía un poco mejor en los últimos días. Al parecer, era un malestar estomacal y no lo que me había llegado a imaginar.
Me veía guapa. Bela me había regalado algunos de sus vestidos y ese día elegí uno azul marino que hacía un lindo contraste con mi cabello rubio recogido en una cola alta.
Cuando dieron las seis, bajé a esperar a Noah en la sala principal y encontré a Dairine sentada en uno de los lujosos sillones, bordando un zapatito diminuto para bebé. Era la cosa más tierna que había visto, de color blanco porque todavía no se sabía qué sería el bebé. Además, Bela ya había decidido que su hijo solo vestiría colores neutros, porque estaba en medio de la eterna discusión sobre colores para niña o niño.
Cada quien con sus creencias.
No pasaron cinco minutos cuando la puerta se abrió y apareció Noah arrastrando una maleta, secundado por su padre. Lucía cansado, con la barba más crecida, como si llevara más de tres días sin rasurarse. Aun así, se veía asombrosamente guapo.
Su madre corrió a abrazarlo, dejando el zapatito en el sillón, y yo me puse de pie esperando alguna reacción por su parte. Cuando terminó el saludo con la señora Thompson, caminó hasta mí y me abrazó, depositando un beso en mi frente.
Mis mejillas se tiñeron de rojo.
—Qué bueno que regresas.
—Te extrañé —solté una pequeña sonrisa y me fundí en sus brazos.
—Antes de que todos los problemas caigan de golpe, les aviso que voy a tomar un descanso. Nos vemos mañana, tuve un día muy largo hoy —dijo, refiriéndose a su padre, que parecía dispuesto a comenzar a hablar de trabajo.
—Es justo. Vas a tener que resolver muchas cosas mañana en la oficina, aunque te pido de favor que estés en casa antes de las siete. Tendremos una cena porque tengo algo importante que anunciar.
Lo vi asentir y tomar mi mano.
—Petra, ordena que lleven la maleta a mi recámara, por favor.
Acto seguido, me moví arrastrada por sus pasos apresurados hasta la puerta principal y luego al Cadillac negro estacionado afuera.
Esta vez me acorraló contra la puerta del conductor y sentí sus labios con deseo. La oscuridad que comenzaba a caer nos daba la privacidad que necesitábamos, y estar así con él se sintió como una brisa fresca. Las mariposas en mi estómago reaccionaron como una manada de elefantes en estampida. Sin darme cuenta, realmente necesitaba esto. Me hacía sentir viva nuevamente.
Sin decir palabra, volvió a besar mi frente y me apartó para abrir la puerta del conductor.
—Si no te subes rápido y llegamos a donde vamos, no creo poder aguantar más... y no es ético follar en el frente de la casa de mis padres.
Casi me da un infarto con sus palabras, así que aceleré el paso y tomé asiento.
El carro arrancó a una velocidad razonable y desaparecimos de la lujosa casa para dirigirnos a las calles de Nueva York.
—¿Cómo fue tu viaje? —se me ocurrió preguntar para romper el silencio.
Noah seguía con la vista fija en la carretera.
—Todo bien, cerré un contrato que nos va a reportar ganancias considerables. Deberías tener esos datos mañana, pero no tengo muchas ganas de hablar de trabajo. Ya he tenido suficiente estos días y todavía tengo que terminar el viernes. Cuéntame de ti.
Alcé los hombros, aunque él no podía verlo.
—He estado bien. Tu madre y tu hermana se han portado como una familia.
—¿Conoces a Bela? ¿Qué hace en casa? Se supone que... ¿El hijo de puta la volvió a golpear? —la molestia en su voz sobresalía aún más.
—Creo que no me incumbe hablar del tema, Noah.
—Tienes razón, es un asunto que tendré que tratar mañana con mi padre. Por ahora, hablemos de nosotros.
El Cadillac dobló por la entrada de uno de los hoteles más lujosos de Nueva York y, justo en la puerta, un mozo vestido con uniforme nos esperaba. Nos bajamos y él tomó las llaves del carro, desapareciendo entre los parqueos.
—Vamos —agarró mi mano—.
Al entrar a la recepción, Noah solo mostró su identificación y recogió las llaves de la habitación.
Subimos tres pisos en el elevador, acompañados de personas que estoy segura notaban la tensión entre ambos. Si no fuera por ellas, estaríamos comiéndonos la boca como salvajes.
La habitación era la 2012, con una gran cama matrimonial en el centro y unas hermosas vistas de la ciudad al fondo.
—¿Nos vamos a quedar aquí? Ni siquiera traje ropa para esta noche ni para...
—Shhh —su dedo se posó delicadamente en mis labios—. No pienses en algo que no vas a necesitar.
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Un Imperio De Hielo Y Lunas Azules
RomanceEva es una chica linda y llena de secretos, pero rota por dentro ya que carga con la culpa de quitarles la vida a las personas que ama. Por cosas del destino encuentra un trabajo como secretaria del CEO de una de las empresas más grandes de New Yor...
