CAPÍTULO CUATRO - MASSACHUSETTS

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WILLIAM GUEST

Pasado mañana, embarco hacia Inglaterra y puedo sentir el cansancio de las últimas semanas sobre mis espaldas.

Cuando llegué a este país hace siete años, tenía en mente estudiar en el Harvard College y probar suerte, ya que era el segundo hijo de los señores Guest y mi hermano heredaría la riqueza de mis padres.

Nunca imaginé que la fortuna me sonreiría tan rápido y ya el primer año fue muy exitoso el comercio del tabaco, para luego continuar también con el textil, entre otros. Todo iba de maravilla y en mis primeros cuatro años ya había reunido un patrimonio considerable, que fui invirtiendo inteligentemente con la ayuda de James, mi mano derecha. Tan seguro estaba de permanecer en este continente que solicité la nacionalidad americana en cuanto pude y, al cumplir los cinco años de residencia en este país, me fue concedida.

Tengo que agradecer a los contactos de James y a los que hice entre conocidos y amigos de otros estudiantes, tanto con el trato con las administraciones como con las empresas que permitieron que mis negocios prosperaran. Pero cuando me llegó la respuesta afirmativa por parte de las autoridades sobre mi nacionalidad estadounidense, recién había regresado de Inglaterra y mi queridísimo hermano Edward había fallecido, por lo que dejaron de tener sentido mis planes de futuro en el país americano.

Mi vida en Massachusetts es perfecta, sobre todo ahora que tengo mi magíster y me dedico exclusivamente a los negocios. Mis amigos viven en este continente, muchos en Boston, y los últimos años solo he ido unas semanas a visitar a mi familia a Inglaterra. Así que nada me ata al viejo continente, salvo el amor y respeto que les tengo a mis padres.

Esa deferencia hacia mis progenitores es la razón por la que, desde que volví hace dos años, he creado varias sociedades a mi nombre y he apoderado tanto a James como a su hermano a que actúen por mí. Desconozco cuándo podré volver a esta tierra que me atrajo desde el primer día que pisé su suelo y pude ver las estrellas en su cielo.

América es, tal y como nos la han descrito tantas veces, un continente lleno de posibilidades, donde cualquier sueño puede hacerse realidad.

—Ya está todo organizado, por lo que tienes dos días para divertirte y despedirte de tus amigos y amigas —me advierte James, cuando me encuentra saliendo de la casa que compré cerca de la universidad hace cuatro años y la cual me seguirá alquilando mi buen amigo George, después de haberla compartido con él y dos amigos más durante los últimos años.

—No me apetece nada irme de aquí. Voy a echar de menos muchísimas cosas y voy a estar preocupado por otras tantas —le respondo, sincero.

—No hay nada de qué preocuparse. Sabes que mi hermano es más leal que yo, sobre todo después de que le salvaras de una esclavitud segura —me tranquiliza mi mano derecha.

Conozco a James desde que llegó a mi casa con veinte años como tutor de Edward. Mi hermano contaba con seis años de edad y, desde el primer día, yo no paraba de incordiar en las clases del tutor que acababa de llegar del Nuevo Mundo y que había estudiado en un conocido centro de estudios superiores llamado Harvard College.

Mi padre, que siempre me ha conocido muy bien, le pidió a James que me dejara participar en las clases. Así fue como, con tan solo cuatro años, comencé a leer, escribir y, sobre todo, a preguntar sobre la máquina de vapor, la combustión y la lámpara de gas o, al menos, es de lo que se queja James siempre.

Mi hermano fue un alumno ejemplar, al que no le costó ingresar en Cambridge cuando llegó el momento, pero yo, como segundo hijo, soñaba con probar suerte en América, influenciado posiblemente por las buenas experiencias en la universidad americana de mi tutor. Así que, en cuanto cumplí los dieciséis, mis padres me permitieron embarcarme para continuar mis estudios siguiendo el ejemplo de James.

Lady in waiting - TerminadaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora