Un agradecimiento a Rosangela_Ulloa2712 por darnos este hermoso título para el capítulo ❤
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Como solía pasar en sus encuentros, la amena conversación con su humano pronto desembocó en un beso, y bajo las parpadeantes estrellas, su magnetismo reclamó una velada de caricias donde sus bocas decían sin hablar. Esta vez, Aristóteles dejó de contar después del beso número cinco. Al principio le gustaba llevar un registro mental de su avance, ¿ambos estaban aprendiendo cosas el uno del otro, no? Pero resultaba particularmente difícil contar nada cuando sus manos exploraban el pecho y espalda del Dios con menos recato y más ansías, más deseo.
Neptuno no se quedó atrás, por supuesto. Sin separar sus labios en ningún momento, lo recostó en la superficie rocosa como quien tiene el control absoluto de cada partícula del cosmos, y comenzó a acariciar su abdomen, su cadera y sus muslos bajo la ropa. El rizado no protestó, por el contrario, gemía y soltaba sonoros suspiros desinhibidos cuando las expertas manos lo acariciaban. Excitado e impaciente, Neptuno tomó el estorboso harapo humano llamado camiseta, listo para arrancarlo de un tirón.
—¡No! —exclamó su amanali en apenas un suspiro, casi sin aliento contra sus labios—. No la rompas...
La deidad rodó los ojos, aunque sorprendido de que su amanali adivinara lo que estaba a punto de hacer. Pero nada le sorprendió más que verlo quitarse la prenda él mismo, más rápido de lo que jamás antes había visto.
—Ya está —sonrió y se ruborizó tiernamente, como si no acabara de hacer la cosa más sexy del mundo.
Sus ojos recorrieron su cuerpo mientras relamía sus labios. Era cierto que para este punto, ya no había parte de su humano que no conociera pero, al mismo tiempo, había tanto que todavía no había hecho. Si tuviera que jugar al oráculo, juraría que algo grande entre ellos estaba por suceder. Podía sentirlo punzando en sus venas, desparramarse en su aliento pesado, en el exquisito tum tum de su humano tan entregado a él. Si tuviera que ser sensato, pensaría que el brillo cándido en sus perlas sólo era una prueba de su embriagado alivio por al fin estar juntos otra vez... y si había un minúsculo espacio en esa sensatez suya adornada de altivez, admitiría que sus ambarinos ojos deslumbraban de igual o más felicidad que Aristóteles.
Su amanali lo miraba, expectante de su próximo movimiento. El carmín era poesía pura, un canto a la vida y al gozo, como el de las sirenas mismas, pero sin trampa en la última estrofa... Acunó la mejilla de Aristóteles, de nuevo el tum tum humano buscando a su homólogo, sonrió para sí. Ambos eran tan distintos y a la vez funcionaban tan bien, pensó embelesado.
—Nep... —susurró el chico como un ratoncito que no quería ser encontrado. El Dios del Mar apenas captó su delicada voz. Estaba absorto; ¿en serio su voluntad de querer estar con Aristóteles día y noche se vería amenazada por unos insulsos humanos adultos? ¿Qué se creían?
Volvió a devorar aquellos finos labios, a la vez que una de sus manos arrasaba contra la prenda inferior, esta vez más lento, más gentil. Poco a poco deslizó el short por sus morenas piernas. Los residuos del frío costeño murieron a la sombra del calor de Neptuno abarcando cuanta piel estaba a su alcance. Quería consumirlo todo así como el sol tocando cada tramo de la Tierra, haciendo arder hasta la cima de la montaña más alta.
Sí, lo quería todo con su humano, pero no debía dejarse superar por sus instintos. Ir al ritmo de Aris era una tortura, pero era una tortura deliciosa.
Aún recordaba la última vez que se vieron hace una semana. La frustración y la excitación en paralelo no eran comunes en su vida. Es decir, que un Dios se sintiera frustrado era el preludio para una gran gresca, una gran venganza. Y sin embargo, sus días se habían convertido en este cuento de ninfas a orillas de un manantial esperando por afecto y atención de su presa predilecta.
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𝓜𝓲 𝓼𝓲𝓻𝓮𝓷𝓪 - ᴀʀɪꜱᴛᴇᴍᴏ
FanfictionAristóteles es un adolescente destinado a heredar la profesión de su padre pescador. Sin embargo, él ama la música y tiene el corazón de un artista. Cuauhtémoc, Dios de los mares, pasa los días de su larga vida secuestrando humanos por placer. Ningu...
