El sol matinal resplandecía sobre Arvalus, bañando con tonos dorados las altas murallas de piedra gris que protegían la ciudad. Las enormes rejas de acero forjado que custodiaban la entrada comenzaban a abrirse con un prolongado gemido metálico; sobre ellas destacaba el emblema de la deidad tutelar de la urbe: un sol en cuyo centro había sido tallado el rostro de un anciano. Numerosas centellas rodeaban su semblante como si fueran una larga cabellera y una barba hechas de luz, mientras que sobre su frente reposaba un astro menor que representaba el tercer ojo del dios.
Dos robustos caballos de tiro arrastraban uno de los pesados portones bajo las órdenes de los guardianes, permitiendo el paso de la multitud que aguardaba desde antes del amanecer. Mercaderes, campesinos, peregrinos y viajeros ingresaron poco a poco a la ciudad; algunos conducían animales cargados con mercancías, otros avanzaban en carretas atestadas de grano, tejidos, herramientas o barriles, mientras que los más humildes llevaban únicamente pequeños sacos y cestas con aquello que esperaban vender o intercambiar.
La mayoría terminaba convergiendo en la plaza principal de Arvalus, una extensa explanada rodeada por edificios de piedra, soportales comerciales y puestos cubiertos por toldos de diversos colores. En el centro se alzaba una antigua fuente de piedra, decorada con figuras de criaturas celestiales y canales por donde, en aquel momento, no corría una sola gota de agua.
Un pequeño de apenas unos cuantos inviernos se separó de su madre, intrigado por aquella quietud. Se acercó con torpes zancadas, apoyó sus regordetas manos sobre el borde y asomó la cabeza para observar el interior del estanque. Apenas lo hizo, los surtidores despertaron de golpe y varios chorros cristalinos se elevaron alrededor de él, cruzándose unos con otros como serpientes hechas de agua.
El niño soltó un grito y cayó sentado sobre los adoquines. Durante un instante permaneció inmóvil, con los ojos abiertos por el asombro, pero enseguida una sonrisa enorme iluminó su rostro.
—¡Mamá! ¡Mira, mamá! ¡La fuente es mágica! —exclamó entre risas.
Se puso de pie y regresó corriendo junto a su progenitora. Le tomó la mano y comenzó a tirar de ella con insistencia, mirando una y otra vez hacia atrás, temeroso de que los chorros desaparecieran antes de poder mostrarle lo ocurrido. Tan concentrado estaba en la fuente que no reparó en la persona que avanzaba en dirección contraria y terminó chocando con algo mucho más sólido que él.
La madre reaccionó de inmediato. Sujetó al pequeño y lo colocó detrás de su cuerpo, temiendo que hubiese provocado a algún guardia o soldado de mal carácter.
—¡Perdonadlo, mi señor! —suplicó, inclinando la cabeza—. Es sólo un niño. No miraba por dónde caminaba.
En lugar de una reprimenda, una ligera carcajada llegó hasta sus oídos. Con ella pareció recorrer la plaza una suave brisa cálida, y la angustia que había comenzado a oprimirle el pecho se disipó casi al instante.
—No existe ofensa alguna que perdonar, mi señora.
La mujer levantó la mirada y comprendió entonces que aquel joven no pertenecía a la guardia de Arvalus. Su armadura era muy distinta a las utilizadas por los soldados de la ciudad: placas de acero claro reforzadas con detalles dorados reflejaban la luz del amanecer, aunque varias marcas sobre el metal demostraban que no se trataba de una vestimenta que fungiera como adorno. Portaba una espada ceñida a la cintura y llevaba un escudo parcialmente cubierto por su capa, sobre la cual destacaba el emblema de una rosa atravesando la oscuridad.
El muchacho se inclinó hasta quedar a la altura del pequeño.
—¿Os habéis lastimado?
El niño negó con la cabeza.
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Las Reliquias Primigenias: La Esfera de los Planos
FantasyDurante eones, las fuerzas del bien y del mal han luchado por el control de Avador, la gran rueda universal que conecta los innumerables planos de la creación, desde las cumbres celestiales hasta los abismos más oscuros. En el origen del universo, l...
