Las enormes puertas terminaron de abrirse con un gemido grave que recorrió la entrada de la fortaleza como el lamento de una criatura herida. Más allá del umbral se extendía un vestíbulo de proporciones desmesuradas, sostenido por columnas negras que se perdían entre las sombras del techo. Lance fue el primero en cruzar, con el escudo levantado y la espada preparada, mientras Saya avanzaba a pocos pasos de él, seguida por Lidaria, Winterhowl y Edrel. Ninguno dijo nada cuando las puertas comenzaron a cerrarse con lentitud a sus espaldas; el sonido de la piedra y el hierro resonó por toda la estancia hasta que la luz grisácea del exterior desapareció por completo.
Edrel volvió la cabeza hacia la entrada ya sellada.
—Supongo que eso responde a la pregunta de si pretendía dejarnos marchar.
—Nunca quiso impedirnos entrar —murmuró Saya mientras contemplaba el vestíbulo—. Quiere decidir cuándo podremos salir.
La única iluminación procedía de braseros suspendidos entre las columnas, cuyas llamas de tono verdoso apenas conseguían perforar la penumbra. Al principio, las paredes parecían cubiertas por elaborados glifos de color oscuro y relieves blanquecinos que formaban espirales, círculos rituales y símbolos propios de disciplinas prohibidas. Sin embargo, cuando se acercaron lo suficiente, Lidaria comprendió que aquellas formas no habían sido pintadas ni talladas.
La druida palideció.
—¡Por los dioses!
Los trazos rojizos estaban formados por tiras de piel reseca, cuidadosamente entrelazadas sobre la piedra. Los adornos claros eran fragmentos de huesos humanos pulidos y dispuestos como piezas de un mosaico, mientras que en algunos altares laterales colgaban restos orgánicos ennegrecidos por el tiempo y la magia. Entre aquellas obscenidades aparecían marcas que Saya reconoció como propias de las prácticas del Cráneo Arcano, mezcladas con sellos personales pertenecientes al círculo de Azakar.
Winterhowl dejó escapar un gruñido profundo y se acercó más a Lidaria. La mujer pasó una mano por el lomo del enorme lobo sin apartar los ojos de las paredes.
—¡No bastaba con matar! —dijo con evidente repulsión—. Tenía que convertirlos en ornamentos.
Saya permaneció en silencio. Había recorrido lugares oscuros a lo largo de sus más de dos siglos de vida y había presenciado rituales que habrían hecho vomitar a muchos mortales, pero incluso ella consideraba aquello una demostración grotesca de crueldad. La muerte podía tener propósito, conocimiento e incluso cierta belleza terrible bajo la mirada correcta; lo que Azakar había hecho allí no era ninguna de esas cosas. Era simple profanación.
Entonces percibió las presencias, no estaban solos.
Decenas de espíritus se arrastraban entre las columnas y sobre los muros, algunos reducidos a siluetas apenas perceptibles y otros conservando fragmentos deformados de los rostros que alguna vez habían poseído. No atacaban todavía, pero la hostilidad que emanaba de ellos era evidente. Saya alzó un poco su bastón, preparada para responder, pero antes de que pudiera conjurar percibió otra energía expandiéndose por la estancia.
Era cálida, dorada y contenía una nueva familiaridad.
Lance avanzaba al frente envuelto por un resplandor casi imperceptible que parecía adherirse a su armadura como la luz del amanecer sobre el metal. Las sombras cercanas retrocedían ante él. Uno de los espectros, más famélico que los demás, intentó abalanzarse sobre el paladín y atravesar su cuerpo, pero en cuanto tocó el límite de aquella aura sagrada soltó un chillido desgarrador. Su forma se deshizo en partículas luminosas antes de desaparecer por completo.
Los espíritus restantes se alejaron.
—Este lugar está saturado de presencias hostiles —dijo Lance, sin bajar el escudo—. Puedo sentirlas intentando acercarse.
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Las Reliquias Primigenias: La Esfera de los Planos
FantasyDurante eones, las fuerzas del bien y del mal han luchado por el control de Avador, la gran rueda universal que conecta los innumerables planos de la creación, desde las cumbres celestiales hasta los abismos más oscuros. En el origen del universo, l...
