Capítulo XIV: Jarllic y Alindra

56 15 78
                                        

La sonrisa de Lance permaneció unos instantes mientras contemplaba las colinas cubiertas por los estandartes de la Rosa del Rayo. Después de una noche entera calculando cuántos minutos podrían resistir antes de que la siguiente defensa cediera, la llegada de aquellos contingentes transformaba por completo el campo de batalla. Frente al Yelmo todavía quedaban millares de guerreros de la coalición de Elendra, gigantes, trolls, arqueros, jinetes y practicantes de magia tribal, pero la iniciativa ya no les pertenecía.

Él hechizo de Alindra había abierto un enorme boquete en el centro de sus formaciones. Cientos de cuerpos yacían entre máquinas de asedio volcadas, escudos partidos y estandartes ennegrecidos por la descarga celestial, mientras otros combatientes se levantaban desorientados entre el polvo. La chamana orco que había dirigido los ataques mágicos durante buena parte de la noche había quedado atrapada en el corazón del impacto; apenas podía distinguirse lo que había quedado de su túnica verde entre la tierra calcinada.

Alindra, en cambio, continuaba erguida junto a su caballo.

Ni siquiera después de haber convocado aquella manifestación parecía agotada. La electricidad azul seguía recorriendo ocasionalmente su armadura y el resplandor blanco que había acompañado al hechizo permanecía alrededor de su martillo como un eco de la fuerza invocada. Saya la contempló durante unos instantes con una mezcla incómoda de respeto y desagrado.

Aquella humana era poderosa.

Mucho más de lo que había supuesto.

Jarllic levantó su enorme espada y los cuernos de las legiones cambiaron inmediatamente de cadencia. La infantería comenzó a reorganizarse debajo de las colinas mientras los bloques de arqueros y ballesteros avanzaban por los espacios que se abrían entre los escudos. Los aproximadamente dos mil jinetes presentes no cargaron de inmediato; una mitad empezó a desplazarse hacia el flanco septentrional, mientras la otra permanecía retrasada como reserva.

Lance reconoció la maniobra.

—Está cerrando el norte —murmuró.

Saya volvió la mirada hacia él.

—¿Lo sabes sólo por los cuernos?

—Por los cuernos y porque conozco a Jarllic.

El paladín buscó con la mirada a uno de los trompetistas supervivientes del Yelmo y alzó dos dedos.

—¡Respuesta de mando! Tres breves, una larga y dos breves. Después repetid dos veces la llamada de cierre.

El soldado obedeció sin preguntar.

La señal salió de las murallas y atravesó las planicies.

A la distancia, Jarllic giró inmediatamente la cabeza hacia el Yelmo. Una amplia sonrisa apareció bajo su barba cuando reconoció la respuesta.

—Ahí estás, muchacho —murmuró.

Alindra lo escuchó.

—¿Qué ordenó?

—Que cerremos el norte y mantengamos una reserva para el sur —comentó el guerrero —. Quiere impedir que se dispersen antes de que podamos quebrar el centro.

La clériga sonrió.

—Sigue siendo incapaz de dejar que otros hagan todo el trabajo.

—Y tú sigues sorprendida —Jarllic señaló hacia las formaciones— ¡Vamos a enseñarle que sabemos obedecer de vez en cuando!

Alindra soltó una pequeña risa antes de montar nuevamente.

Los cuernos cambiaron otra vez.

Sobre las planicies comenzó a formarse una estructura militar que Saya nunca había contemplado a aquella escala. Las primeras líneas de infantería superpusieron los escudos hasta construir una muralla casi continua; detrás, lanceros introdujeron las puntas de sus armas entre los espacios cuidadosamente mantenidos, mientras una tercera línea permanecía preparada para sustituir a cualquiera que rompiera posición. Más atrás marchaban clérigos, magos, arqueros y ballesteros, protegidos por aquella fortaleza móvil.

Las Reliquias Primigenias: La Esfera de los PlanosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora