Capítulo V: La fortaleza

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La primera luz del alba sacó a Saya de su trance.

Sus ojos rojos se abrieron con lentitud mientras su conciencia regresaba al mundo que la rodeaba. Durante unos segundos permaneció inmóvil, con la espalda apoyada contra el tronco del árbol y el bastón descansando sobre sus piernas, escuchando los sonidos del bosque. La humedad de la madrugada cubría las hojas con pequeñas gotas, los últimos rescoldos de la fogata todavía despedían un calor tenue y, en alguna parte entre las ramas, comenzaban a oírse los primeros cantos de las aves.

Nada parecía haber perturbado el campamento durante la noche.

Las siluetas espectrales que había invocado horas antes seguían desplazándose entre los árboles, cada vez más débiles ante la llegada del sol. Con un discreto movimiento de los dedos, Saya deshizo el encantamiento y los centinelas se disiparon como jirones de niebla arrastrados por el viento.

Lidaria continuaba dormida sobre su manta de viaje, con Winterhowl acurrucado cerca de ella. El enorme lobo tenía los ojos cerrados, aunque una de sus orejas se movió ligeramente cuando la elfa se incorporó. Edrel dormía unos pasos más allá, con una de sus espadas cortas todavía al alcance de la mano.

Saya buscó al único integrante que faltaba.

Lance estaba despierto.

El paladín había tomado la última guardia y permanecía sentado frente a la fogata, concentrado en preparar el desayuno. Había colocado un pequeño recipiente de hierro sobre las llamas renovadas y cortaba la carne de las provisiones en trozos pequeños antes de añadirlos al guiso. Junto a él había varios recipientes diminutos de vidrio que contenían especias de diferentes colores.

Estaba usando parte de lo que había hecho Lidaria la noche anterior, no era como si lo estuviera cocinando, sólo lo estaba recalentando.

Saya arqueó ligeramente una ceja.

No sabía qué resultaba más extraño: que el comandante de dos legiones estuviera recalentando para todos o que pareciera disfrutar haciéndolo.

Lance percibió su movimiento y levantó la mirada.

—¡Buenos días, Saya!

Una sonrisa apareció inmediatamente en su rostro.

—Buenos días, maese Lance —respondió mientras estiraba ligeramente los brazos—. ¿Hubo algún percance durante la noche?

—Nada.

Removió el contenido del recipiente con un cucharón de madera.

—Ni muertos, ni bandidos, ni bestias hambrientas. Incluso vuestros centinelas parecían aburridos.

—Eso significa que cumplieron con su cometido.

Saya extendió una mano hacia sus pertenencias.

El grueso libro arcano se cerró por sí solo. Las correas de sus bolsas se soltaron y diversos objetos comenzaron a elevarse lentamente del suelo antes de acomodarse en el interior del equipaje. Frascos, pergaminos y pequeños utensilios desaparecieron uno tras otro hasta que únicamente quedaron fuera su bastón y algunas pertenencias que utilizaría durante el camino.

Lance observó el proceso.

—También debo admitir que tenéis una manera bastante eficiente de recoger un campamento.

—No entiendo por qué alguien debería utilizar las manos para aquello que puede hacer con magia.

—Supongo que es difícil discutir con esa lógica.

Saya se puso de pie.

Después realizó otro pequeño movimiento con la muñeca.

Una espiral de humo oscuro comenzó a ascender desde el suelo y la envolvió por completo. La tela negra de su indumentaria pareció deshacerse entre las sombras y, apenas unos segundos después, la cortina se dispersó.

Las Reliquias Primigenias: La Esfera de los PlanosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora