Las puertas occidentales del Yelmo de Oldir se abrieron apenas lo suficiente para permitir el paso de un solo jinete. El caballo, uno de los mejores corceles disponibles en los establos de la fortaleza, golpeaba impaciente las losas con los cascos mientras su jinete comprobaba por última vez las correas de la silla. Más allá de las murallas, las planicies de Yoldurnar se extendían bajo la luz declinante del día, cubiertas por columnas de humo que recordaban a todos lo cerca que se encontraba el ejército enemigo.
Lance entregó personalmente al mensajero el pergamino que había sellado con su anillo. La carta iba dirigida únicamente a Alindra o Jarllic y contenía instrucciones claras para que las Legiones Duodécima y Decimotercera regresaran al Yelmo con toda la celeridad posible.
—No os detengáis por nada que no amenace directamente vuestra vida —ordenó el paladín—. Evitad las patrullas, no atraveséis Qerldan y, cuando lleguéis al cruce de Somdill, entregad esto personalmente a la sargenta Alindra o al sargento Jarllic. A nadie más.
El soldado guardó el mensaje bajo la armadura.
—¡Llegará a sus manos, mi teniente!
—¡Que Oldir ilumine vuestro camino!
Las puertas terminaron de abrirse y el jinete salió al galope. Lance permaneció observándolo hasta que el caballo se convirtió en una figura diminuta sobre las planicies y terminó desapareciendo detrás de una elevación del terreno. Si todo salía bien, alcanzaría el campamento antes de que terminara la noche y, una vez recibido el mensaje, Alindra y Jarllic necesitarían aproximadamente una jornada para hacer regresar las dos legiones.
Eso significaba que el Yelmo tendría que resistir solo durante muchas horas.
Lance volvió hacia el interior, no había tiempo que perder.
Casi una hora fue necesaria para reunir a cuantos permanecían dentro de la fortaleza. La explanada principal, normalmente utilizada para formaciones militares y ceremonias religiosas, terminó cubierta por una multitud numerosa y diversa para aquel lugar. Había soldados de la Rosa del Rayo, artesanos, sirvientes del templo, sacerdotes menores, refugiados procedentes de aldeas cercanas, hombres y mujeres pertenecientes a distintas tribus humanas de Yoldurnar, ancianos, enfermos y familias enteras que habían buscado protección tras el incremento de los ataques en las planicies.
Los medianos de Narldon FruitKake permanecían agrupados cerca de una de las galerías, mientras sus carros descansaban en los establos interiores. Saya distinguió incluso a Weldin entre ellos, aferrado a la mano de una mujer que seguramente era su madre y mirando hacia la plataforma improvisada con la misma fascinación con que había observado a Lance después del ataque de los trolls.
Los seiscientos soldados profesionales que quedaban en el Yelmo se habían formado alrededor de la plaza. Cuatrocientos cincuenta pertenecían a la infantería y ciento cincuenta eran arqueros, una fuerza respetable para defender una pequeña posición fronteriza, pero dolorosamente insuficiente para una fortaleza diseñada para albergar legiones completas.
Lance subió a la plataforma.
Saya permanecía con Lidaria y Edrel cerca de uno de los laterales, lo suficientemente próxima para observar con claridad el rostro del paladín. Le sorprendió comprobar que no había nerviosismo visible en él. Sabía exactamente lo que se acercaba hacia aquellas murallas y, aun así, mantenía la serenidad de alguien que hubiese pasado años preparándose para aquel instante.
El murmullo de la multitud comenzó a extinguirse.
—¡Mi nombre es Lance Fireforge! —empezó con una voz lo bastante firme para alcanzar los extremos de la explanada—. Soy teniente de la Orden de la Rosa del Rayo, comandante de las Legiones Duodécima y Decimotercera y, hasta que lleguen refuerzos, la defensa del Yelmo de Oldir queda bajo mi responsabilidad.
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Las Reliquias Primigenias: La Esfera de los Planos
FantasiDurante eones, las fuerzas del bien y del mal han luchado por el control de Avador, la gran rueda universal que conecta los innumerables planos de la creación, desde las cumbres celestiales hasta los abismos más oscuros. En el origen del universo, l...
