Capítulo ll: Nuevos Camaradas

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Los restos ardientes del primer esqueleto apenas habían terminado de desplomarse cuando los otros seis dejaron escapar un chillido profano que hizo vibrar los cristales de la taberna. El sonido no podía proceder de garganta alguna; parecía nacer directamente de la magia que mantenía unidos aquellos huesos, una mezcla de lamento y furia que erizó la piel de cuantos aún trataban de ponerse a salvo.

Lance permaneció entre los muertos vivientes y los civiles. El resplandor dorado continuaba envolviendo tenuemente su armadura, mientras sujetaba el escudo frente al cuerpo y mantenía la espada preparada a un costado. Detrás de él, los últimos clientes corrían hacia la barra, ayudándose unos a otros para alcanzar la relativa seguridad del fondo del establecimiento. Una mujer había tropezado durante la huida y otra mujer intentaba levantarla; el paladín retrocedió un paso sin apartar la mirada de sus enemigos hasta asegurarse de que ambas quedaran protegidas por su posición.

—¡Todos detrás de la barra! —ordenó con aquella voz que Saya ya no reconocía como la del muchacho amable con quien había compartido mesa—. ¡Ayudad a quienes no puedan caminar y no os separéis!

El tabernero mantenía la ballesta apuntada por encima del mostrador. Sus manos temblaban y la saeta oscilaba peligrosamente mientras buscaba un blanco entre los esqueletos.

—Mi señor...

—Proteged a vuestra gente —respondió Lance sin mirarlo—. Yo mantendré a esas criaturas lejos de vosotros.

Dos esqueletos avanzaron al mismo tiempo. Uno descargó su espada contra el escudo del paladín mientras el segundo trataba de rodearlo por la izquierda, quizá movido por el instinto mágico que lo impulsaba hacia las presas más vulnerables. Lance recibió el primer golpe, hundió los pies contra las tablas del suelo y giró el cuerpo para desviar la hoja enemiga. Antes de que el segundo pudiera rebasarlo, extendió el brazo armado y le cerró el paso con un tajo que obligó al muerto a retroceder.

Saya contempló la escena desde un costado de la mesa. No había tomado aún su bastón.

Quería observarlo.

Aquello era muy distinto a destruir un único esqueleto.

Incluso las criaturas más simples podían convertirse en una amenaza cuando atacaban en grupo, pero Lance parecía comprender casi de manera instintiva dónde debía colocarse para impedir que alguna alcanzara a los civiles. No perseguía a los enemigos cuando retrocedían; conservaba su posición frente a la gente y los obligaba a venir hacia él.

Era exactamente lo contrario de un guerrero que buscara gloria.

Combatía como un muro.

El esqueleto de la derecha arremetió de nuevo. Lance recibió la espada contra el borde del escudo y, aprovechando la apertura, hundió su propia hoja entre las costillas descarnadas. La energía dorada recorrió el acero y se extendió por el cuerpo del muerto viviente como fuego líquido. Los huesos comenzaron a resquebrajarse, pero antes de que el paladín pudiera terminar el golpe, otra criatura se lanzó contra él.

Saya alzó una ceja.

Ahora podía percibirlo con claridad.

No se refería al poder de Lance.

Aquella clase de magia la conocía demasiado bien.

Los hilos necrománticos que mantenían animados a los esqueletos eran tenues, pero poseían una estructura familiar. Había visto esas marcas centenares de veces, inscritas sobre huesos, cadáveres y recipientes rituales dentro de cámaras que ningún miembro de la Rosa del Rayo debía conocer.

Cráneo Arcano.

Saya sintió que se le endurecía el semblante, aquellos muertos habían sido levantados por alguien perteneciente a su gremio.

Las Reliquias Primigenias: La Esfera de los PlanosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora