Capítulo XVII: El corazón de la rosa

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Las dos semanas siguientes transcurrieron bajo una tensión que aumentaba conforme el contingente de la Duodécima se aproximaba a Wildamar. Los caminos continuaban siendo seguros y ninguna fuerza hostil se atrevió a interponerse ante una columna de la Rosa del Rayo de semejante tamaño, pero Lance empezó a recibir mensajes casi a diario mediante jinetes, halcones consagrados y pequeños pergaminos transportados por conjuros de enlace. Algunos procedían del círculo militar de Sir Rolmar; otros llevaban sellos pertenecientes a obispos relacionados con la arzobispa Feliana, y no era extraño que dos órdenes llegadas con apenas unas horas de diferencia contradijeran parcialmente sus instrucciones sobre rutas, relevos o despliegues.

El caballero nunca desobedecía un mensaje sin leerlo hasta el final, pero había empezado a exigir confirmaciones para cada cambio de movimiento que pudiera comprometer a sus tropas. Alindra se encargaba de cotejar sellos y firmas junto con los escribas de campaña, mientras los cabos transmitían únicamente aquellas instrucciones que el teniente había ratificado personalmente. La precaución retrasó ligeramente la marcha, aunque nadie cuestionó la medida después de lo ocurrido en el Yelmo de Oldir.

La fractura dentro de la Orden empezaba a manifestarse incluso antes de alcanzar su principal fortaleza. Un destacamento encontrado durante el sexto día había recibido órdenes para abandonar dos aldeas fronterizas y reforzar uno de los antiguos portales hacia Maldur; tres jornadas después se cruzaron con una compañía cuyo capitán había rechazado una instrucción semejante hasta recibir una orden directa de su coronel, argumentando que casi cuatro mil campesinos quedarían sin protección frente a las tribus de las montañas.

Nadie había levantado armas contra nadie.

Todavía.

Pero Lance comprendía demasiado bien lo que significaba que oficiales de una misma Orden empezaran a preguntarse qué sellos debían obedecer.

Saya lo observaba cada vez más serio.

Aquella mañana cabalgaba junto a Lidaria y Edrel cerca del cuerpo central de la columna, mientras Winterhowl avanzaba al trote entre los caballos sin mostrar señal alguna de cansancio. El semielfo llevaba un rato observando a Lance, quien se encontraba varias decenas de metros por delante hablando con Alindra y dos cabos de caballería.

—Desde el Yelmo apenas le he visto sonreír cuando habla con oficiales —comentó Edrel—. Y cuando alguien como Lance empieza a revisar tres veces cada mensaje que recibe, me parece bastante evidente que algo no marcha bien.

Lidaria siguió con la mirada al paladín.

—Está regresando a su hogar.

Saya volvió hacia ella.

—No vive allí.

—No hablo de una casa —respondió la druida—. La Orden es donde aprendió a luchar, donde encontró a su maestro y donde están muchos de quienes considera familia. Debe ser difícil regresar sabiendo que quizá tenga que enfrentarse a algunos de ellos.

Saya bajó un poco la mirada.

—¡Nunca es sencillo volverse contra los tuyos!

Edrel la observó unos instantes, aunque tuvo suficiente prudencia para no preguntar qué había detrás de aquellas palabras.

Saya conocía demasiado bien aquella verdad. Había desafiado al Cráneo Arcano una vez para salvar a unos niños y había pagado durante diez años el precio de aquella decisión; después había vuelto a enfrentarse a los suyos cuando eligió a Lance por encima de Azakar. Sin embargo, aquello no era lo que más la atormentaba desde la discusión con Alindra.

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