Durante tres días, los aventureros avanzaron junto a la caravana de Narldon FruitKake a través del bosque de Qerldan. Lo que al principio había parecido una ruta húmeda y sombría comenzó a revelar, milla tras milla, una enfermedad imposible de ignorar. Los árboles conservaban todavía buena parte de su follaje, pero muchas hojas presentaban manchas oscuras en los bordes y algunas ramas se retorcían como si hubieran crecido buscando escapar de algo oculto bajo la tierra. En ciertos tramos, el musgo había perdido su verdor natural y adquirido una tonalidad cenicienta, mientras que pequeñas flores aparecían marchitas a pesar de encontrarse todavía unidas a tallos vivos.
Lidaria fue quien más sufrió aquel cambio. Durante los descansos se alejaba de la caravana para tocar la corteza de algún árbol o hundir los dedos en la tierra, permaneciendo largos minutos en silencio mientras intentaba escuchar aquello que los demás no podían percibir. Conforme se internaban más en Qerldan, su expresión se volvía cada vez más preocupada. Winterhowl también había cambiado de comportamiento; el enorme lobo evitaba ciertos charcos, olfateaba continuamente el aire y en más de una ocasión se negó a atravesar alguna zona hasta que su compañera comprobó el terreno.
El segundo día encontraron el primer animal afectado de forma evidente. Un ciervo emergió de entre los helechos y se quedó inmóvil en mitad del sendero, algo que ya resultó extraño por sí mismo. No intentó huir ante los caballos ni ante el olor de Winterhowl. Su pelaje estaba apelmazado, respiraba de manera irregular y una espuma blanquecina cubría parte del hocico mientras los ojos, enrojecidos, seguían a cada viajero con una agresividad impropia de un herbívoro.
Los medianos comenzaron a inquietarse, pero Lidaria levantó una mano para impedir cualquier ataque.
—No está cazándonos —señaló hacia él hocico del animal —. Está enfermo.
El ciervo golpeó el suelo con una pata y amagó con embestir. Winterhowl respondió con un gruñido profundo, aunque permaneció junto a la druida cuando ella avanzó despacio y extendió ambas manos. Una corriente de aire fresco recorrió el sendero, impregnada con el aroma de hierba húmeda y corteza recién abierta. El animal vaciló, respiró con fuerza y retrocedió varios pasos antes de desaparecer otra vez entre los árboles.
Saya observó hacia el lugar por donde había huido.
—¿Podías curarlo?
Lidaria tardó un poco en contestar.
—Quizá podría aliviarlo, pero no sé qué está provocando la enfermedad —su voz contenía mucha honestidad —. Curar una planta es una cosa; intentar sanar un árbol completo ya requiere mucho más. Un bosque entero... no mientras ignore qué lo está dañando.
Saya bajó la mirada hacia el suelo ennegrecido de uno de los bordes del camino y se concentró durante unos instantes. Esperaba encontrar residuos de nigromancia, almas atrapadas o algún vínculo semejante a los utilizados por Azakar, pero no percibió nada de aquello. Había decadencia, sí, aunque no reconocía la estructura arcana que la producía.
—No se parece a mi magia —dijo finalmente—. Tampoco percibo muertos atados a la tierra ni energía necromántica convencional.
idaria volvió hacia ella sin hostilidad.
—Nunca pensé que fuera obra tuya.
La sencillez de la respuesta sorprendió a Saya más de lo que habría admitido. Cuando se conocieron, la druida apenas podía observar uno de sus conjuros sin mostrar incomodidad. Ahora aceptaba su palabra sin exigir más explicaciones.
Saya inclinó ligeramente la cabeza.
—Me alegra saber que he dejado de ser la primera sospechosa cada vez que algo comienza a pudrirse.
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Las Reliquias Primigenias: La Esfera de los Planos
FantasyDurante eones, las fuerzas del bien y del mal han luchado por el control de Avador, la gran rueda universal que conecta los innumerables planos de la creación, desde las cumbres celestiales hasta los abismos más oscuros. En el origen del universo, l...
