Capítulo XIII: El Puño de los Cielos

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La primera lluvia de flechas descendió sobre el ejército de Elendra como una tormenta negra recortada contra las últimas estrellas. Centenares de proyectiles atravesaron la oscuridad al mismo tiempo, y entre ellos ardían las pocas saetas incendiarias que Edrel había ordenado distribuir entre los tiradores de mayor precisión. Las primeras filas enemigas alzaron escudos demasiado tarde; algunos guerreros cayeron atravesados, otros retrocedieron envueltos por llamas y varios estandartes tribales comenzaron a arder, iluminando durante unos instantes los rostros deformados por el esfuerzo y la furia.

Aquello habría sido suficiente para quebrar una fuerza menor, sin embargo el ejército de Elendra apenas redujo la marcha.

Cada espacio abierto por una muerte era ocupado casi inmediatamente por otro guerrero. Trasgos, hobgoblins, orcos y gnolls avanzaban en capas sucesivas, protegidos por enormes escudos y por las propias filas que los precedían. Los tambores seguían marcando un ritmo uniforme y los cuernos continuaban respondiéndose entre distintos sectores, dejando claro que aquello no era una masa desordenada arrastrada por el entusiasmo de una jefa tribal.

Alguien los había convertido en un ejército.

Edrel lo comprendió mientras seguía las formaciones desde las almenas.

—¡Segunda línea, soltad! ¡Tercera, preparad! ¡No malgastéis flechas contra escudos completos; buscad piernas, huecos y oficiales!

Los arqueros obedecieron. La primera línea retrocedió para recargar mientras otra ocupaba su lugar, y el cielo volvió a llenarse de proyectiles.

Saya sintió las primeras muertes casi al mismo tiempo.

Había preparado durante la tarde varios anclajes necrománticos en puntos estratégicos de la muralla y, ahora que cadáveres comenzaban a acumularse dentro del alcance de su magia, comprendió que aquellos pequeños focos habían sido una de sus mejores decisiones. Clavó la base de su bastón contra la piedra y extendió los dedos de la mano libre, dejando que finísimos hilos negros descendieran desde las almenas y se confundieran con la oscuridad del campo.

El primer cadáver se estremeció, después otro y luego una veintena.

Los cuerpos de los atacantes se incorporaron con movimientos rígidos y antinaturales, aún atravesados por flechas y con los escudos colgando de brazos muertos. Saya no intentó concederles voluntad ni convertirlos en criaturas duraderas; necesitaba herramientas, no sirvientes. Los obligó a girarse contra sus propias filas, aferrándose a piernas, derribando escudos, hundiendo armas en compañeros que durante un instante quedaron demasiado horrorizados para reaccionar.

Una formación orca perdió el orden.

Saya cerró el puño.

Cinco cadáveres se abalanzaron contra el hombre que portaba su estandarte y lo arrastraron al suelo.

Edrel vio la brecha.

—¡Arqueros del norte! ¡Ahí!

Una salva cayó exactamente sobre el grupo desorganizado, los atacantes empezaron a dispersarse, ocasionando que Saya sonriera con satisfacción.

Combatir contra una nigromante durante demasiado tiempo siempre tenía un precio. Cada enemigo que caía podía convertirse en un obstáculo nuevo, cada cadáver era una pieza más sobre el tablero y cada minuto de batalla ampliaba aquello con lo que ella podía trabajar. Los grandes maestros de su disciplina no necesitaban llegar al campo acompañados por ejércitos de muertos.

El enemigo podía proporcionárselos.

Lidaria estaba haciendo algo muy distinto.

La druida mantenía ambas manos apoyadas sobre la piedra de la muralla, pero su atención estaba varios metros más abajo, dentro de la tierra. Sintió el momento exacto en que las primeras columnas atravesaron las zonas que había preparado durante la tarde y abrió los ojos.

Las Reliquias Primigenias: La Esfera de los PlanosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora