Capítulo X: La Caravana

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Los aventureros permanecieron dos días más en Arvalus antes de emprender el camino hacia el Yelmo de Oldir. La ciudad todavía intentaba recomponerse de la traición descubierta dentro de su propia corte, por lo que las calles mostraban una mezcla extraña de alivio y desconfianza. Guardias leales a Doldía vigilaban las principales puertas, oficiales de la guarnición eran interrogados sobre sus vínculos con Goldar y los sacerdotes de Daldar continuaban atendiendo a quienes habían regresado de la fortaleza de Azakar.

Arthalus permanecía bajo custodia mientras se preparaba el proceso que determinaría hasta dónde llegaba su participación en los crímenes cometidos contra su propio pueblo.

Lance aprovechó la mañana posterior a la celebración para visitar el recinto de sanación donde habían dejado a los tres niños encontrados en el laboratorio de Azakar. Saya lo acompañó sin ofrecer demasiadas explicaciones acerca de por qué quería ir, mientras Lidaria y Edrel se encargaban de adquirir provisiones, revisar los caballos y conseguir los mapas necesarios para el siguiente tramo del viaje.

Los pequeños continuaban débiles, aunque ninguno corría ya peligro inmediato. Los sacerdotes de Daldar habían conseguido estabilizarlos y aseguraban que el letargo provocado por las artes de aquel mago desaparecería lentamente conforme sus cuerpos recuperaran fuerzas. El mayor de los tres incluso permanecía despierto durante periodos más largos y reconoció a Saya cuando entró en la estancia.

—La maga —murmuró.

Saya se detuvo.

—Supongo que sigo siendo yo.

El niño sonrió apenas antes de volver a recostarse.

Uno de los sacerdotes explicó que habían comenzado a buscar a las familias de los tres, aunque todavía no sabían cuánto tiempo habían permanecido cautivos ni de qué regiones procedían. Doldía había ordenado que, si no podían localizar a sus parientes, los pequeños quedaran bajo protección de la corona hasta encontrarles un hogar seguro.

Lance escuchó con atención y agradeció a los sanadores antes de acercarse a las camas.

—Estarán bien cuidados —dijo después, ya en el corredor.

Saya asintió.

—Lo estarán.

El paladín la observó durante un momento, notando un cambio en el semblante de la nigromante.

—Parecéis aliviada.

La elfa volvió hacia él con expresión impasible.

—No me agrada ver niños encerrados dentro de recipientes como especímenes de laboratorio, Lance —lo vio de reojo —. Pero eso no significa que deba convertirme en sacerdotisa de Daldar.

La sonrisa que apareció en el rostro del paladín resultó demasiado cálida, lo cual irritó a Saya de cierta manera.

—¡Nunca dije eso!

—¡Pero lo pensasteis!

Saya entrecerró los ojos como si intentara analizar un poco más al gallardo quien parecía divertido ante lo señalado por la elfa, algo, que, para la molestia de Saya, también le estaba pasando a ella. Se sentía de buenas.

—¡No! —el chico levantó las manos en defensa.

—Entonces dejad de sonreír.

Lance obedeció durante unos cuantos segundos. Saya terminó alejándose antes de que él pudiera notar que también estaba luchando contra una sonrisa.

Aquella misma noche, mientras el resto de sus compañeros descansaba, la nigromante volvió a abrir el grimorio recuperado de la torre de Azakar. Había esperado hasta quedarse sola y colocó sobre la puerta de su habitación un discreto sello que le advertiría si alguien intentaba entrar. Después encendió una lámpara y extendió el volumen sobre la mesa.

Las Reliquias Primigenias: La Esfera de los PlanosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora