El salón del centro de mando quedó sumido en una tensión sofocante.
Los soldados de Arvalus habían formado un círculo alrededor de los cuatro aventureros. Varias espadas abandonaron sus vainas con un sonido metálico y los hombres apostados junto a las paredes adelantaron sus escudos, preparados para intervenir en cuanto recibieran la orden. El comandante Goldar se desplazó hasta quedar frente a los reyes, interponiendo su cuerpo entre los monarcas y los recién llegados con el instinto de un militar acostumbrado a proteger a sus soberanos.
Edrel deslizó las manos hacia las empuñaduras de sus dos espadas cortas, aunque todavía no las desenvainó. Lidaria sujetó con firmeza la cimitarra mientras Winterhowl bajaba el cuerpo y enseñaba los colmillos, dejando escapar un gruñido grave que resonó por toda la estancia.
Lance, en cambio, no llevó la mano hacia su arma.
Permaneció inmóvil.
Observó a los guardias y después al rey Arthalus.
—¿Qué estáis esperando? —bramó el soberano—. ¡He ordenado que los apreséis!
Ningún soldado se atrevió a dar el primer paso.
Habían visto las insignias que portaba Lance y, aunque desconocían todavía quién era exactamente, ninguno ignoraba el emblema de la Rosa del Rayo.
—Majestad —intervino el paladín con una serenidad que contrastaba con la tensión del salón—, ¿estáis seguro de que deseáis hacer esto?
Arthalus señaló a Saya.
—¡Viajáis en compañía de una hechicera oscura!
Los ojos rojos de la nigromante se clavaron inmediatamente en él.
La paciencia que había mostrado hasta entonces se quebró.
—No confundáis mi apellido con mis actos, majestad —respondió con una frialdad que hizo que incluso algunos soldados se estremecieran—. El mundo no se divide entre luz y tinieblas según vuestra conveniencia, y mucho menos permitiré que me condenéis por los actos de mi familia.
—¡Sois una Feechan! —replicó Arthalus—. Ese nombre ha sembrado temor en todo Gortarmar desde mucho antes de que nacieran mis abuelos.
Saya entrecerró los ojos, sabía perfectamente a quién se refería.
Para los humanos, quinientos años podían convertir a un hombre en una figura casi legendaria, un nombre preservado únicamente en viejos manuscritos y relatos transmitidos de generación en generación. Para los elfos, cuya existencia podía prolongarse durante incontables siglos, aquella misma cantidad de tiempo no significaba necesariamente la desaparición de quienes habían protagonizado aquellos acontecimientos.
El hombre al que Arthalus recordaba no era un ancestro remoto perdido en la historia.
Era el abuelo de Saya.
Y seguía vivo.
—Feechan es mi apellido, no una sentencia —replicó la elfa—. Mi abuelo responderá por sus actos cuando corresponda, del mismo modo que yo responderé por los míos. Si deseáis acusarme de algo, hacedlo por aquello que yo haya cometido.
—¡Insolente!
Saya apretó los dedos alrededor de su bastón.
No pronunció ningún conjuro, pero el aire comenzó a enfriarse.
Las llamas de las lámparas disminuyeron hasta convertirse en pequeñas lenguas azuladas y el vaho surgió de las bocas de algunos soldados. Una neblina oscura pareció abrazar la figura de la elfa y, entre el silencio, comenzaron a escucharse débiles susurros cuyo origen nadie pudo determinar.
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Las Reliquias Primigenias: La Esfera de los Planos
FantasyDurante eones, las fuerzas del bien y del mal han luchado por el control de Avador, la gran rueda universal que conecta los innumerables planos de la creación, desde las cumbres celestiales hasta los abismos más oscuros. En el origen del universo, l...
