Capítulo VII: Arrepentimiento

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Los pasos apresurados de Lance resonaban sobre los peldaños de piedra mientras ascendía por la interminable escalera de caracol. Las antorchas encendidas a intervalos regulares arrojaban una llama verdosa sobre los muros y teñían su armadura con reflejos enfermizos. Cada vez que pasaba junto a una de ellas sentía una punzada desagradable bajo la piel, como si aquella luz profana intentara arañar la bendición que protegía su cuerpo; después de varios tramos comprendió que el fuego no ardía mediante aceite ni ningún combustible ordinario, pues dentro de las llamas podía distinguir débiles rostros que aparecían y desaparecían entre alaridos silenciosos. Él mago no se había conformado con utilizar cadáveres para construir su fortaleza: incluso la iluminación de sus corredores estaba alimentada por espíritus condenados.

Aquello acrecentó la ira que Lance llevaba conteniendo desde los calabozos. Velrack había muerto frente a él sin que pudiera hacer nada, más de veinte cautivos continuaban expuestos a las crueldades del hechicero y, en algún lugar de aquella fortaleza, otros prisioneros podían estar esperando un destino todavía peor. Sin embargo, no permitió que la furia acelerara sus movimientos más de lo necesario; mantenía el escudo dispuesto y examinaba cada rellano antes de continuar, consciente de que Azakar había preparado aquella ruta específicamente para él. Si el morfomante esperaba que la desesperación lo hiciera olvidar todo cuanto había aprendido como soldado, tendría que decepcionarse.

La escalera terminó varios minutos después ante una puerta tan alta como las entradas de algunos templos. Lance disminuyó el paso al reconocer que la superficie blanquecina no era mármol, como creyó inicialmente, sino una composición de restos óseos unidos mediante alguna sustancia oscura. Costillas humanas formaban el marco, vértebras recorrían los bordes como una decoración macabra y numerosos cráneos habían sido incrustados entre las piezas, algunos pertenecientes a adultos y otros demasiado pequeños para que Lance pudiera fingir que no comprendía lo que estaba viendo. Cerca de la cerradura permanecía incluso una pequeña mano descarnada, todavía rodeada por el extremo oxidado de una cadena.

La luz dorada comenzó a manifestarse sobre su armadura sin que tuviera que invocarla conscientemente. El paladín apoyó el escudo contra la puerta y, después de comprobar que no percibía una maldición semejante a la de la entrada exterior, descargó todo su peso contra ella. Los huesos crujieron con un sonido espantoso y la estructura se abrió de golpe, dejando al descubierto una estancia inmensa cuya apariencia hizo que Lance olvidara durante un momento cualquier pensamiento relacionado con el combate.

Aquello era un laboratorio.

Grandes recipientes de cristal ocupaban buena parte de las paredes, conectados entre sí mediante tubos de metal ennegrecido y conductos cubiertos por runas. En su interior flotaban cuerpos humanos y animales suspendidos en líquidos de distintas tonalidades; algunos habían sido alterados hasta resultar apenas reconocibles, con extremidades fusionadas, huesos desplazados y tejidos que parecían pertenecer a criaturas diferentes. Varias mesas estaban cubiertas de diagramas anatómicos, instrumentos de disección y pergaminos llenos de anotaciones sobre transformación de carne, densidad ósea y manipulación de órganos. En una de ellas yacía un cadáver abierto desde el pecho hasta el abdomen, rodeado por herramientas todavía manchadas de sangre reciente.

Lo que realmente detuvo a Lance se encontraba al fondo.

Tres grandes cilindros de cristal contenían niños.

No parecían muertos. Sus pequeños pechos todavía se movían de manera apenas perceptible y varios tubos penetraban en los recipientes desde la parte superior, manteniéndolos sumidos en un sueño artificial. Uno de los infantes abrió débilmente los ojos al sentir la presencia del paladín, aunque no tuvo fuerzas suficientes para reaccionar de otra manera.

Las Reliquias Primigenias: La Esfera de los PlanosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora