Capítulo VIII: La furia de Lance

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Capítulo 8:

La furia de Lance

Abandonar la fortaleza de Azakar resultó mucho más difícil que entrar en ella. Después de regresar al calabozo, Lance y Saya encontraron a Edrel terminando de despejar el antiguo corredor de servicio mientras Lidaria permanecía junto a los cautivos, atendiendo a quienes todavía sufrían los efectos del encierro.

La muerte del morfomante había debilitado numerosos encantamientos en toda la estructura, pero ninguno de los cuatro estaba dispuesto a confiarse después de todo cuanto habían descubierto dentro de aquellas murallas. Cuando Lance informó sobre los tres niños encerrados en los cilindros del laboratorio, Lidaria insistió en subir inmediatamente para revisarlos y, pese al agotamiento que aún arrastraba por el hechizo de sanación, confirmó que los pequeños seguían vivos y podían ser trasladados siempre que recibieran cuidados durante el regreso.

La evacuación ocupó buena parte del día. Entre los prisioneros había hombres y mujeres capaces de caminar por sus propios medios, pero también ancianos, heridos y personas tan debilitadas que apenas podían mantenerse en pie. Por fortuna, en los establos y almacenes de la fortaleza encontraron animales de tiro, algunas carretas empleadas para transportar provisiones y suficiente material para improvisar lechos donde acomodar a quienes no podían viajar a caballo. Edrel encabezó la inspección de cada vehículo en busca de trampas mientras Saya revisaba que ninguno conservara encantamientos de Azakar; Lidaria organizó a los enfermos según su estado y Lance se encargó de distribuir a quienes todavía tenían fuerzas para proteger al resto durante el trayecto.

Los tres niños encontrados en el laboratorio viajaron juntos en una de las carretas, envueltos en mantas y bajo la vigilancia constante de Lidaria.

Ninguno parecía recordar demasiado de lo ocurrido dentro de los cilindros. El mayor apenas tendría once o doce años y despertaba sobresaltado cada cierto tiempo, mientras que los otros dos permanecían sumidos en largos periodos de sueño que la druida consideraba consecuencia de los encantamientos que los habían mantenido en letargo.

Beilarda, a pesar de sus propias heridas y del agotamiento, se negó a separarse de Yardok durante los primeros días y ayudó a cuidar a otros pequeños siempre que podía; sólo cuando Lance le recordó que ella también había sido prisionera permitió que Lidaria la obligara a descansar.

El viaje hacia Arvalus, que un grupo de jinetes habría completado en mucho menos tiempo, se prolongó durante seis jornadas debido al ritmo de los carros y al estado de los rescatados. Winterhowl recorría constantemente el terreno por delante de la columna, desapareciendo entre los árboles durante largos periodos antes de regresar junto a Lidaria para comunicarle, mediante gestos y sonidos que sólo ella parecía comprender del todo, si había percibido animales, viajeros o alguna presencia extraña. Edrel alternaba la vanguardia con recorridos por los flancos, atento a posibles emboscadas, mientras Lance mantenía la retaguardia y se aseguraba de que nadie quedara atrás.

Saya había recuperado la mayor parte de sus fuerzas después de abandonar la zona afectada por el campo de supresión de Azakar. Durante el primer día todavía sufrió mareos y un cansancio mucho mayor de lo habitual, pero al segundo ya podía caminar y utilizar magia sin dificultad. Aun así, continuó viajando sobre el caballo de Lance, aunque no por enfermedad: al comprobar que una de las niñas rescatadas apenas soportaba los movimientos de la carreta debido a sus heridas, la elfa había cedido su montura para que pudiera viajar con mayor comodidad.

Cuando Lance se enteró, simplemente le ofreció compartir la suya. Saya aceptó después de fingir que la decisión no tenía ninguna importancia.

Aquellas seis jornadas resultaron más incómodas para ella de lo que habría supuesto cualquier herida. Pasaba horas sentada detrás del paladín, escuchando el golpeteo constante de los cascos sobre los senderos y sintiendo el movimiento de su armadura cada vez que el caballo avanzaba sobre terreno irregular. Lance nunca hizo comentarios acerca de aquella cercanía; se limitaba a preguntarle si estaba cómoda, a ofrecerle parte de su agua cuando el calor aumentaba y a cerciorarse de que comiera lo suficiente durante los descansos. Cada uno de aquellos pequeños gestos conseguía algo que Saya habría considerado imposible unos días antes: hacerla sentir simultáneamente protegida y miserable.

Las Reliquias Primigenias: La Esfera de los PlanosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora