Los cuatro aventureros abandonaron Arvalus poco después de que las provisiones estuvieran preparadas. Los soldados de la ciudad les entregaron buenas monturas, alimento suficiente para varios días, odres de agua, mantas de viaje, hierbas medicinales, cuerdas, antorchas y algunas pequeñas ampollas de agua consagrada solicitadas por Lance. Cuando atravesaron las enormes puertas de la ciudad, el sol ya comenzaba su ascenso sobre las murallas y los caminos todavía mostraban las cicatrices del ataque sufrido el día anterior.
Durante las primeras horas encontraron campesinos, carretas de comerciantes y algunos viajeros que se dirigían hacia Arvalus. Sin embargo, mientras avanzaban hacia el interior de la región, los caminos fueron quedando poco a poco desiertos. Las pequeñas aldeas desaparecieron detrás de ellos, los campos cultivados cedieron su lugar a extensiones de bosque y, con el transcurso de las horas, incluso el sonido de otros viajeros dejó de acompañarlos.
Lo más extraño era que no encontraron enemigos.
Ni esqueletos, ni zombis, ni ninguna de las criaturas que, según los exploradores de Arvalus, recorrían las inmediaciones de la fortaleza de Azakar.
Aquella tranquilidad habría debido resultar reconfortante.
No lo era.
Cuando el sol comenzó a descender, Lidaria fue quien propuso abandonar el camino principal. Guiándolos entre los árboles, los condujo hasta un claro parcialmente oculto por robles antiguos y grandes formaciones de raíces. Una pequeña elevación natural protegía uno de los flancos, mientras que la espesura dificultaba que alguien pudiera observarlos desde el sendero.
La druida desmontó y examinó el suelo.
Winterhowl olfateó los alrededores, caminando entre los árboles con las orejas erguidas.
—No encuentro rastros recientes de criaturas grandes —dijo Lidaria después de tocar la tierra con la palma—. Tampoco siento corrupción en este lugar. Podemos pasar aquí la noche.
Lance descendió de su caballo y estudió el claro.
—Tenemos buena visibilidad hacia el camino y sólo tres accesos cómodos entre los árboles. Es suficiente.
Edrel ya estaba observando uno de aquellos accesos.
—Dos —corrigió mientras señaló —. Por allí hay un desnivel cubierto de raíces. ¡Alguien podría bajar, pero haría suficiente ruido para despertar incluso a un muerto!
Saya lo miró.
—Ningún muerto necesita dormir.
El semielfo volvió la cabeza hacia ella.
—Eso era una forma de hablar.
—Entonces ha sido una desafortunada elección de palabras en presencia de una nigromante.
Edrel soltó una risa.
—Empiezo a comprender vuestro sentido del humor.
Saya no respondió, aunque una pequeña sonrisa ladeada apareció en sus labios.
Sin necesidad de acordarlo, cada uno comenzó a ocuparse de una tarea diferente. Lance retiró las sillas de montar y revisó las patas de los caballos antes de asegurarlos cerca de una zona donde pudieran alimentarse sin alejarse demasiado. Edrel recorrió los límites del claro buscando huellas y posibles senderos ocultos, mientras Lidaria recogía ramas secas y examinaba algunas plantas que crecían entre las raíces.
Saya permaneció unos instantes observándolos. Era extraño, no eran en realidad compañeros, apenas se conocían. Sin embargo, todos parecían haber encontrado su lugar alrededor del campamento sin necesidad de discutirlo.
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Las Reliquias Primigenias: La Esfera de los Planos
FantasíaDurante eones, las fuerzas del bien y del mal han luchado por el control de Avador, la gran rueda universal que conecta los innumerables planos de la creación, desde las cumbres celestiales hasta los abismos más oscuros. En el origen del universo, l...
