La carta
Año 6930 de la Cuarta Edad de Avador
A mi muy estimado general Thulvus:
Preservar el equilibrio de la creación ha sido, desde los primeros albores, el mandato supremo de los dioses de la luz.
Sin ese equilibrio, todo cuanto conocemos perecería.
No habría firmamento sobre nuestras cabezas ni suelo bajo nuestros pies. El sol dejaría de recorrer los cielos; la luna perdería su fulgor y las estrellas, aquellas antiguas luminarias que han contemplado el ascenso y la caída de incontables imperios, se extinguirían una tras otra. Los mares se secarían, las montañas serían reducidas a polvo y hasta los nombres de los muertos desaparecerían de la memoria.
No quedaría luz.
Tampoco oscuridad, solo el vacío anterior a la creación.
Avador, la Gran Rueda, sostiene cuanto existe. Sobre sus eternos radios descansan los incontables dominios de la realidad: desde los Siete Picos de Celestia, morada de seres celestiales y potestades divinas, pasando por los indómitos planos naturales de Durbaldor, hasta los Siete Abismos de Maldur, donde demonios y criaturas nacidas de la corrupción disputan desde hace eones el dominio de aquello que jamás les perteneció.
Cada reino posee sus propias leyes, pueblos y misterios, todos forman parte de las grandes esferas que componen la creación.
Sin embargo, existe uno donde los caminos de Avador parecen encontrarse.
Gortarnar, nuestro reino terrenal.
Hogar de humanos, elfos, enanos y de innumerables pueblos nacidos bajo el mismo cielo. Ningún otro plano alberga tantas vidas ni tantos reinos enfrentados por fe, sangre, poder o ambición. Quizá por ello ha sido escenario de algunas de las guerras más terribles que recuerda la historia.
Los textos más antiguos aseguran que aquel que someta Gortarnar y reúna las Reliquias Primigenias no gobernará únicamente sobre reyes y naciones.
Será el emperador supremo sobre Avador.
Podrá doblegar los designios de los planos, alterar aquello que fue creado e incluso rehacer la existencia según su voluntad, arrogándose un poder semejante al de Omeltr, el Dios Primero, padre de las divinidades y origen de las criaturas que habitan la creación.
No considero necesario recordarle, viejo camarada, cuánto peligro encierra semejante promesa.
La ambición ha condenado a hombres por mucho menos.
Según los escritos legados por la segunda generación de dioses, cuando los eones apenas comenzaban y Avador aún era joven, dos voluntades se enfrentaron por el destino de cuanto había sido creado.
Omeltr, señor del génesis.
Y Udralltar, su hermano, encarnación del Caos.
Creación y destrucción.
Orden y ruina.
Dos fuerzas nacidas de un mismo origen y destinadas a enfrentarse.
La guerra entre ambos hizo estremecer los cimientos de Avador. Mundos enteros fueron testigos de su contienda y regiones de la creación quedaron marcadas para siempre por su poder. Finalmente, Omeltr venció a su hermano y preservó aquello que había nacido de su voluntad.
Pero ni siquiera un dios alcanza la victoria sin pagar un precio.
Durante aquella batalla, Omeltr perdió uno de sus ojos.
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Las Reliquias Primigenias: La Esfera de los Planos
FantasyDurante eones, las fuerzas del bien y del mal han luchado por el control de Avador, la gran rueda universal que conecta los innumerables planos de la creación, desde las cumbres celestiales hasta los abismos más oscuros. En el origen del universo, l...
