La habitación que la corona había destinado a Saya era considerablemente más cómoda que cualquier campamento improvisado de los últimos días. Después de ocho jornadas entre caminos, carretas, cautivos rescatados y noches de vigilancia, el silencio resultaba casi extraño. Desde las ventanas abiertas entraba el murmullo distante de Arvalus preparándose para la celebración, acompañado por el repique ocasional de campanas y las voces de criados que recorrían los corredores del palacio llevando flores, bandejas y telas ceremoniales hacia el gran salón.
Saya permanecía sentada frente al tocador, contemplando su reflejo bajo la cálida luz de varias lámparas de aceite. Sus ojos rojizos devolvían la mirada desde el espejo con la misma intensidad que durante siglos había provocado temor, curiosidad o abierta desconfianza en quienes se cruzaban con ella. El largo cabello negro caía sobre sus hombros y contrastaba violentamente con la palidez casi nívea de su piel, mientras algunos de los tatuajes arcanos que recorrían su cuello desaparecían bajo el borde del vestido de viaje.
Aquella noche toda Arvalus pronunciaría su nombre como el de una heroína. La idea debería haberle producido únicamente satisfacción. No era así.
Hasta hacía pocos días, el apellido Feechan había bastado para que el rey ordenara su arresto. Ahora aquella misma corte preparaba una celebración en la que brindarían por ella, por la nigromante a la que habían temido antes siquiera de conocerla. Saya habría mentido si afirmara que semejante cambio no halagaba su orgullo. Siempre había querido que su nombre fuese recordado; deseaba poder, conocimiento, riquezas y una reputación que algún día pudiera colocarse junto a la de Arteguss Feechan sin quedar reducida a ser simplemente su nieta. Incluso había imaginado superar a su abuelo, aunque reconocía que todavía le quedaban décadas, quizá siglos, de estudio antes de conseguirlo.
Lo que jamás había imaginado era que una multitud pudiera pronunciar su nombre con gratitud.
Saya pasó lentamente un dedo por el borde del espejo mientras su expresión se endurecía. La imagen que veía no coincidía del todo con la mujer a la que Arvalus estaba a punto de celebrar. Aquella mujer había salvado niños, protegido cautivos, contribuido a desenmascarar a Goldar y Arthalus y se había enfrentado a Azakar cuando éste intentó destruir a Lance. Pero también era la misma mujer que había llegado a la ciudad con la intención de capturar al paladín, entregar su cuerpo al Cráneo Arcano y deshacerse de Edrel y Lidaria si llegaban a convertirse en obstáculos.
Y había sido ella quien atacó a Lance por la espalda.
No importaba cuántas veces intentara justificarlo recordándose que entonces seguía cumpliendo una orden. El recuerdo regresaba con demasiada claridad: el resplandor saliendo de su mano, Lance recibiendo el impacto sin comprender de dónde provenía y su cuerpo cayendo contra la piedra. Después recordaba la confianza con la que él continuaba mirándola, convencido de que Saya había sido quien evitó que Azakar lo asesinara.
La culpa volvió a instalarse en su pecho.
Apartó la vista del espejo.
—¡Qué fastidio! —murmuró.
Había pasado más de dos siglos sin necesitar la aprobación de casi nadie. No comprendía por qué la posibilidad de decepcionar a un humano de veinticuatro años conseguía atormentarla de aquella manera.
Su mirada volvió al espejo y, con ella, llegaron recuerdos todavía más antiguos.
Arteguss siempre había dicho que poseía un talento excepcional para la magia. Desde muy joven la había instruido en disciplinas arcanas, enseñándole a comprender antes de dominar y obligándola a repetir fundamentos que Saya consideraba desesperadamente lentos. Su abuelo podía pasar semanas explicándole una sola estructura mágica antes de permitirle intentar el hechizo completo, convencido de que un verdadero mago debía conocer primero aquello que podía destruirlo.
ESTÁS LEYENDO
Las Reliquias Primigenias: La Esfera de los Planos
FantasíaDurante eones, las fuerzas del bien y del mal han luchado por el control de Avador, la gran rueda universal que conecta los innumerables planos de la creación, desde las cumbres celestiales hasta los abismos más oscuros. En el origen del universo, l...
