Mala Decisión

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• ¿Sabías que los ángeles caen a la tierra por haber cometido un pecado en el paraíso? pregunté en voz baja, acercándome a una vieja amiga que había conocido en la iglesia. Ella estaba sentada en una de las bancas del templo, su mirada fija en el altar, perdida en sus pensamientos. Volteó sorprendida al escuchar mi voz, ya que hacía tiempo que no pisaba ese lugar desde que conocí a Alejandra.
• ¿Cómo has estado, Lizzy? dije con una media sonrisa, intentando esconder el vacío que sentía dentro.

Lizzy sonrió con suavidad y me miró fijamente, como si intentara adivinar lo que realmente estaba pasando por mi mente. "La oveja perdida vuelve al rebaño?" dijo con un tono burlón, pero también algo preocupado.
• Los ángeles caídos no creen en las distancias respondí, sentándome a su lado, mirando al frente con una sensación de vacío que se había apoderado de mí. No podía negar que, en cierta manera, mi vida había tomado un rumbo oscuro desde que perdí a Alejandra. Aquella tarde, el templo no me ofrecía consuelo, solo el eco de recuerdos que no podía borrar.

Lizzy era una chica menor que yo, tres años más joven. Su nombre real era Lissette, pero con el tiempo la llamé Lizzy. No estaba segura de si le gustaba, pero a ella nunca le molestó. Era delgada, de una estatura parecida a la mía, alrededor de 1.68 metros, con el cabello largo y castaño oscuro que caía en ondas suaves sobre sus hombros. Sus ojos, de un café profundo, reflejaban una mirada tranquila, casi serena, tan diferente a la tormenta que llevaba dentro. Su piel trigueña y su sonrisa, siempre tan amable, contrastaban con mi estado mental, tan oscuro y cargado de culpa.
• ¿Sabes? dijo de repente, rompiendo el silencio entre nosotros. Hace mucho que no te veía por aquí, pensaba que te habías olvidado de la iglesia.

Me sentí un poco avergonzado, pero no podía mentirle. De alguna manera, sí lo hice pensé. La iglesia había sido un refugio para mí antes de todo, un lugar donde las cosas parecían tener sentido. Pero todo había cambiado. Después de lo de Alejandra, la fe que había tenido en todo parecía haberse desvanecido, como el humo que se pierde en el aire.
• Sí... suspiré. Lo he estado evitando. Todo... la vida, las decisiones, mis pensamientos... solo trato de encontrar algo que me ayude a sanar.

Lizzy me miró con una mezcla de compasión y tristeza. Sabía que algo no estaba bien, pero no tenía el valor de preguntarme directamente. En cambio, cambió de tema, como si supiera que no era el momento adecuado para escarbar en mis heridas.

La conversación siguió de manera ligera, hablando de cosas simples, pero nunca pude apartar la sensación de que algo estaba muy mal dentro de mí. Después de un rato, le pedí su número de celular. Era curioso cómo, después de todo lo que había pasado, sentía la necesidad de aferrarme a algo, a alguien. Algo que no me hiciera pensar en lo perdido que estaba, algo que me ayudara a llenar ese vacío que había quedado después de Alejandra.

Ella me lo dio sin rechistar, y esa tarde, después de la misa, nos mantuvimos en contacto por mensajes. Las palabras se deslizaban de los dedos sin pensar, pero aún así, al final del día, algo me decía que no era suficiente. Aún no lo era.

La idea de verme con Lizzy cada fin de semana surgió casi sin pensarlo, como una forma de seguir adelante, como si de alguna manera pudiera encontrar algo de consuelo en esos pequeños gestos. Pero al final, lo único que hacía era evadir la dolorosa realidad que aún llevaba conmigo. Nada llenaría ese hueco. Nadie lo haría.

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