DISTANCIAS

149 6 2
                                        

El bar estaba lleno, el bullicio de la gente retumbaba en las paredes y la música vibraba en mi pecho, marcando el ritmo de cada latido. Era la canción que siempre había escuchado, pero ahora me pertenecía. El público coreaba las letras, y aunque no podía ver sus rostros con claridad por las luces cegadoras, sentía su energía, su emoción. Allí, en ese instante, comprendí que todo lo que había vivido me había llevado hasta aquí, hasta ese momento en el que me encontraba cantando frente a cientos de personas. El chico solitario, el chico frío, ahora estaba rodeado de amigos, de compañeros que habían formado una nueva familia en mi vida.

El eco de la canción seguía resonando en mi mente: "Nunca dejaré que me aplaste la inflexibilidad... Mi fe no descansa, aunque llueva reirás..." Las palabras parecían dirigirse a mí, como si cada nota fuera un recordatorio de todo lo que había superado. Había sufrido pérdidas, había caído en momentos oscuros, pero al final, aquí estaba, tocando la guitarra y cantando con todo lo que tenía. El escenario se había convertido en mi refugio, en mi lugar para liberar todo lo que llevaba dentro.

Miraba a Jesús, mi amigo y compañero en la batería. Con su energía inagotable, movía los brazos con una pasión que me hacía sentir que no estaba solo en esto. Jeffrey, en el bajo, con su carácter tranquilo pero decidido, complementaba el sonido, cada acorde se sentía como una extensión de mi alma. Y yo, de pie frente a ellos, tomando el micrófono y tocando mi guitarra, sentía que la música me había sanado. Había pasado por tanto, había cargado con tantos recuerdos dolorosos, pero ahora, en este momento, la música se sentía como la única verdad que importaba.

Mis pensamientos volaron hacia aquellos que ya no estaban, los que me habían dejado demasiado pronto. Nelson, Nadia, Alejandra... mis ángeles, mis guías. Ellos no estaban físicamente conmigo, pero de alguna manera, sentía que estaban allí, presentes en cada acorde que tocaba, en cada palabra que cantaba. Ellos eran parte de esta nueva vida, de este nuevo proyecto llamado "5 minutos más". Y esa era la lección que había aprendido: la vida no se trata de lo que te arrebatan, sino de lo que decides construir con lo que te queda. A veces, solo necesitamos cinco minutos más, esos minutos que nos dan la oportunidad de cambiar, de sanar, de levantarnos después de una caída.

El público aplaudió, el ruido del bar era ensordecedor, pero yo solo podía escuchar el latir de mi propio corazón. Un nuevo ciclo había comenzado, y aunque el camino aún estuviera lleno de incertidumbre, sabía que ya no estaba solo. Mi historia no había terminado, había comenzado algo nuevo, algo más grande que yo, algo que me trascendía.

Me tomé un momento para mirar a los ojos a cada uno de mis compañeros. Ellos, al igual que yo, habían pasado por sus propias batallas. Y aquí estábamos, juntos, creando algo único. No sabíamos lo que el futuro nos depararía, pero por primera vez, no me importaba. No necesitaba saberlo. Estaba aquí, en este instante, y eso era suficiente.

Mi vida, hasta el año 2016, fue así: un conjunto de pérdidas, aprendizajes, caídas y levantadas. Todo lo que viví me llevó hasta aquí. Y después de eso, todo lo guardé para mí. No fue necesario contar todo, porque las lecciones que aprendí estaban grabadas en mi alma, en cada acorde que tocaba y en cada palabra que cantaba. Y aunque la historia no terminó, decidí que había ciertas cosas que solo yo debía llevar conmigo.

Porque al final, ¿qué carajos tienes que hacer con tu vida? ¿Seguir la rutina o tus sueños? La decisión era mía, la decisión siempre fue mía. Y hoy, por fin, elegí.

Distancias.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora