A tres meses de relación con Lizzy, comencé a sentir una creciente indiferencia que me invadía como una sombra. No era que no me importara, sino que las piezas del rompecabezas ya no encajaban. Lizzy era una chica agradable, simpática, pero no despertaba en mí lo que solía sentir por otras personas, ni siquiera por ella. Había algo dentro de mí que me decía que no debía seguir en esa relación, pero no tenía el valor suficiente para enfrentar la realidad. No podía lastimarla, no quería hacerlo.
A lo largo de esos tres meses, me fui alejando poco a poco, sin siquiera darme cuenta. Al principio traté de convencerme de que todo estaba bien, de que Lizzy era una salida fácil, una forma de distracción para olvidar todo lo que había vivido con Alejandra. Pero esa distancia emocional creció, y con ello, la culpa. A pesar de todo, no sentía que fuera justo para ella, pero la verdad era que no sentía nada más allá de una amistad.
Recuerdo un día, después de que la acompañé a su casa, la despedida fue como cualquier otra, una despedida rutinaria. La besé en el cuello, algo que en ese momento sentí más como un gesto automático que como una muestra de cariño genuino. En mi mente, ya sabía que todo esto no tenía sentido, pero no sabía cómo decirlo. No tenía el valor. No sabía si era miedo a herirla o miedo a enfrentar mi propia vacuidad.
No pasó mucho tiempo antes de que me enterara de que su madre había visto la marca en su cuello. Mi primer impulso fue sentir una punzada de incomodidad, como si todo estuviera al borde del colapso, y lo estaba. Su madre, evidentemente molesta, "nos obligó" a separarnos, sin dar espacio a un diálogo real, pero a esa altura, me parecía lo más natural. Lizzy y yo pasamos de ser una pareja a simplemente amigos. No era lo que había planeado, pero en mi interior sabía que era lo correcto.
El vacío de la ruptura no fue lo que más me afectó, sino la sensación de estar atrapado en una relación que no tenía sentido para mí. No pude evitar sentir que el tiempo se me escurría entre los dedos.
Días después, mientras caminaba por los pasillos del colegio, algo inesperado sucedió: vi un rostro familiar. Era Claudio, el chico con el que había tenido aquella conversación hace un año, cuando fui a dar el examen y vi a "aquella" chica que me llamó la atención, Alba. Claudio me sonrió, como si fuéramos viejos amigos, y sin pensarlo demasiado, se acercó a mí.
—Hola, ¿te acuerdas de Alba? —dijo, riendo.
Me detuve un momento, procesando lo que me decía. Al principio no lo recordaba. Era como si la memoria me jugara una mala pasada, pero en cuanto se sentó a mi lado y me mostró una foto, algo hizo clic. La recordé vagamente, pero algo en esa imagen me hizo sentir una extraña curiosidad.
—Sí... ahora la recuerdo —respondí, sin saber exactamente por qué la había olvidado en primer lugar. Tal vez la había bloqueado, no lo sabía. Pero en cuanto la vi en la foto, el recuerdo se desplegó.
—¿Qué pasa con ella? —pregunté, curioso, aunque no tan intrigado como debería haber estado.
Claudio me miró con una sonrisa de complicidad.
—¿Te doy su número? —me preguntó, casi como si fuera un secreto entre nosotros. No sabía si me sentía cómodo o incómodo con su oferta.
Decidí aceptarlo sin pensarlo demasiado. ¿Qué más tenía que perder? No estaba en el mejor estado mental para tomar decisiones, y la curiosidad, esa necesidad de llenar el vacío que sentía, fue lo que me movió a seguir adelante.
Esa noche, después de todo, me encontré solo, navegando sin rumbo. Estaba cansado, aburrido. La noche estaba en silencio, y por alguna razón, mi mente se fue hacia Alba. Había algo extraño en ella, algo que me mantenía pensándola. No era una atracción instantánea, pero algo en esa conversación que tuvimos, algo en su forma de hablar, me hizo sentir que había una puerta que valía la pena explorar.
Decidí mandar un mensaje. Sin pensarlo mucho, solo lo hice.
Yo: Hola.
Alba: Emm... Hola, ¿quién eres?
Yo: ¿Recuerdas al chico morocho que fue a dar un examen en tu clase hace un año?
Alba: Ah, sí, ¿eres tú? No lo podía creer, ni siquiera recordaba tu nombre.
Yo: Sí, soy yo. Estaba aburrido y decidí escribirte.
Alba: Ah, así que eso fue. ¿Claudio te dio mi número, cierto?
Yo: Exactamente. ¿Y tú qué tal? ¿Cómo estás?
La conversación siguió con una familiaridad extraña. Había algo en Alba que parecía cómoda con la situación. No sé si era su forma de hablar, su simpatía, o simplemente la calma que sentía al no estar hablando de algo complicado como lo estaba haciendo con Lizzy. La conversación fluyó sin esfuerzo, y aunque en el fondo yo sabía que no tenía muchas expectativas, algo en ella me hizo seguir respondiendo.
El tiempo pasó y, aunque no teníamos mucho en común, me encontraba pensando en ella más a menudo de lo que me gustaría admitir. Empezamos a escribirnos más seguido, y esa conexión que parecía tan ligera comenzó a tomar un giro que yo no había anticipado.
La forma en que nos hablábamos, la curiosidad mutua, creaba una sensación de complicidad. No sé si era un refugio temporal de lo que había sido mi relación con Lizzy, o si realmente algo más estaba comenzando a desarrollarse entre nosotros. Pero había algo en Alba, algo simple, que me hacía sentir menos perdido. Y aunque no estaba listo para darle un giro a mi vida, había algo en mí que se abría a la posibilidad de explorar eso.
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Distancias.
Fiksi Remaja"Distancias" es un viaje íntimo a través de los recuerdos, los encuentros y los silencios que marcan a fuego el alma. Dan, un joven atrapado entre la nostalgia del pasado y el vértigo del presente, nos guía con voz sincera y vulnerable por los momen...
