Nadia, un misterio sin resolver

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El 12 de octubre de 2013, comenzamos a salir, si es que a eso se le puede llamar salir. Alba y yo apenas teníamos tiempo para vernos, pues nuestras vidas estaban absorbidas por las responsabilidades. Ella salía de clases justo cuando yo entraba a trabajar a medio tiempo, y esos momentos cortos que compartíamos se convirtieron en nuestra única forma de estar juntos. No puedo decir que fuera una relación convencional, ni siquiera sabría cómo describirla. Tal vez era solo una forma de llenar el vacío, de aferrarnos a algo, sin importar si era algo serio o no.

No llevaba ni un mes de relación con Alba, y ya había dejado de pensar en lo que significaba realmente estar con alguien. Me dejaba llevar por la rutina, por los momentos en que la veía en el pasillo del colegio o al final del día, cuando nos cruzábamos con prisas. Había algo en ella, algo que me mantenía curioso, pero al mismo tiempo sabía que no era todo lo que buscaba. No sabía si había superado a Alejandra, si la había olvidado, o si simplemente me estaba conformando con lo que tenía frente a mí.

Pero un mensaje de Nelson cambió todo eso.

Mensaje de Nelson
Ven rápido a casa de Nadia, hay algo que debes saber.

Me tomó por sorpresa. Primero, porque Nadia nunca invitaba a nadie a su casa. Sus padres eran muy estrictos, siempre cuidando que todo estuviera en orden, que no hubiera reuniones ni visitas inesperadas. Y segundo, porque no fue Nadia quien me envió el mensaje, sino Nelson, lo que añadía un aire de misterio e intriga que me dejó inquieto. En un par de segundos, todas las preguntas comenzaron a rondar en mi cabeza. ¿Qué podría ser tan urgente como para que Nelson me escribiera así?

Esa tarde, el 12 de noviembre, salí del instituto rápidamente, mi mente aún procesando el mensaje. Caminé con prisa, sin saber exactamente qué esperar, pero algo en el aire me hizo sentir que algo no estaba bien. Al llegar a la cuadra de Nadia, un escalofrío recorrió mi espalda. Las sirenas de una ambulancia retumbaban en la calle, y cuando giré la esquina, vi la motocicleta de Nelson tirada en el suelo. Una patrulla de policía y una ambulancia estaban estacionadas justo frente a la casa de Nadia. Un mal presentimiento me hizo apretar el paso.

Corrí hacia la entrada, pero un oficial me detuvo al instante, preguntándome si conocía a Nadia. Mi corazón latía rápido, y un nudo de ansiedad se formó en mi garganta. Traté de apartarlo con un gesto, queriendo pasar sin perder tiempo, pero el oficial me bloqueó el paso. Fue entonces cuando vi a Nelson salir de la casa. Su rostro, normalmente sereno, estaba bañado en lágrimas. Me miró por un momento, sin decir nada, y luego simplemente me dio un abrazo. No era un abrazo cualquiera, sino uno que hablaba de una desesperación que yo no podía comprender en ese momento.

—Lo que pasó es... difícil de creer —dijo, su voz quebrada. No pude decir nada. Solo asentí, preguntándome qué podría haber sucedido para que un hombre como Nelson estuviera tan deshecho. Me hizo un gesto con la cabeza, señalando al oficial, y este, al parecer entendiendo la situación, me dejó pasar.

Entré a la casa de Nadia, y lo que vi allí me paralizó. Los padres de Nadia estaban en el sofá de la sala, los rostros hinchados por el llanto. No pude evitar sentir un nudo en el estómago al verlos tan vulnerables, tan rotos. Nadie se atrevió a hablar, como si las palabras ya no pudieran hacer nada. Subí las escaleras hacia el cuarto de Nadia, mi mente corriendo en mil direcciones, pero una parte de mí ya sabía que lo que estaba a punto de ver no iba a ser fácil de soportar.

Abrí la puerta de su habitación, y mi corazón se detuvo. Mis ojos no podían procesar lo que veía. El aire en la habitación estaba espeso, y el silencio era absoluto. Nadia, la chica con la que habíamos compartido tantas risas y aventuras, no estaba allí, o al menos, no estaba de la forma en la que la recordaba. La escena frente a mí era más de lo que podía soportar. Todo se desmoronó en mi interior.

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