CAPITULO 13

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CAPITULO 13

Fue una sorpresa ver a Alaia en esa apariencia, más imponente que nunca y mucho más grande que su forma humana o angelical. Sus alas eran negras, pero igual de majestuosas. Froté mis ojos, pensando que tal vez era un espejismo... pero no, era realmente mi Alaia.

—Acércate, mi pequeña. No soy agresiva, eres mi reina y nunca te haría daño. A veces, cuando estamos en nuestra verdadera forma, no podemos reconocer a los demás —me dijo con dulzura.

Intenté hablar, pero solo logré balbucear:

—Luces... asombrosamente hermosa, señorita.

—Gracias, mi niña. Eres hermana de Lucifer, además de tener algo muy extraño pero sorprendente: eres capaz de resistir mi poder.

—Sí... Eros mencionó algo sobre eso. Pensé que lo decía solo para fastidiarme...

Hécate intervino entonces con voz firme:

—Así es, mi niña. Tienes un gran poder en tus manos. Es necesario entrenarte para controlarlo y evitar que la bestia interior se desate.

Agatha y Hécate también habían cambiado su apariencia. Eran diferentes, más etéreas y poderosas. Me quedé mirando a Alaia. Ella me tomó la mano, y esa simple acción me dio una profunda tranquilidad. A su lado sentía que nada podía hacerme daño. Su tacto era cálido, suave... algo nuevo para mí.

—Mi señorita, tienen razón. Necesitamos evaluar tus habilidades y ayudarte a controlar tu temperamento —me dijo y yo sin entender del todo qué significaba ese "algo catastrófico" que temían.

—Dejemos eso por ahora —respondió con una sonrisa—. Por el momento, quiero compartir contigo lo que he aprendido.

Sus habilidades eran asombrosas. Creó una pequeña nube entre sus manos... sí, una nube. La miré fascinada mientras ella la sostenía como si fuera algodón de azúcar mojado.

—Así es como creamos las nubes en los días lluviosos. Ayudamos a la naturaleza para que siga floreciendo y alimentando a todos los seres vivos —explicó Alaia.

—También generamos tornados y otras catástrofes —añadió Hécate—. Es necesario liberar nuestro poder acumulado. Y aunque suene cruel, obligamos al mundo a reflexionar. Lo están arruinando.

Mientras ellas hablaban, yo seguía enfocada en la diminuta nube que goteaba agua, embelesada.

—Para muchos humanos, la brujería es solo un cuento —comentó Agatha—. Pero las verdaderas brujas deben pasar muchas pruebas y sufrimientos antes de ser reconocidas. No somos farsantes, y esas prácticas falsas se castigan duramente.

La nube se desvaneció. Alaia me indicó que me sentara dentro del círculo que había dibujado en el suelo. Me acerqué sin dudar.

—No te preocupes. Todo estará bien. Solo respira y no salgas del círculo o podrías lastimarte —me advirtió.

Me acurruqué junto a ella, y con una de sus manos lanzó una chispa de fuego al suelo. La chispa se convirtió en una bola ardiente que, al impactar, se expandió alrededor de nosotras.

El calor hizo que mis mejillas se ruborizaran. El miedo apareció por un instante, pero la presencia de Alaia lo disolvió.

—El fuego es un elemento vital para nosotras, hijas del infierno. Nos conecta con nuestras raíces y fortalece nuestros poderes —explicó.

Las llamas cambiaban de color: rojo, verde, azul, morado. El fuego danzaba a su alrededor como si respondiera a su voluntad. Ya no sentía temor, solo admiración.

Me pidió que me levantara. Cruzó el aro de fuego con seguridad y me animó a hacer lo mismo. Dudé por un segundo, pero al tomar su mano crucé también... sin quemarme. Al salir, el anillo de fuego se apagó.

—Tengo a alguien más que quiero que conozcas, mi pequeña —me dijo señalando el bosque.

Se escucharon ramas quebrándose. Un sonido fuerte, como si un animal grande se acercara. Me coloqué detrás de Alaia, cerrando los ojos. Entonces sentí su mano otra vez.

Al abrirlos, vi un pequeño gatito negro frente a mí.

—No te va a devorar... aunque podría morderte —bromeó. Todas reímos.

Me acerqué y acaricié al minino. Su pelaje era suave como un peluche. Al sostenerlo, sentí que sus ojos brillaban con una intensidad inusual.

—Qué bello es tu gato, mi pequeña. No sabía que en el infierno también tenían mascotas —dije con una sonrisa.

—No es una mascota, es un familiar —respondió—. Todas las brujas y hechiceras tenemos uno. Son nuestros compañeros, nos ayudan en misiones, y podemos fusionarnos con ellos para tomar su cuerpo.

La miré confundida. Entonces se apartó unos metros, miró fijamente al gatito... y desapareció.

—¿Alaia? —llamé mientras miraba a mi alrededor, sin encontrarla.

Hécate y Agatha solo observaban mi reacción. De pronto, escuché una voz suave... proveniente del gato.

—Soy yo, Alaia. Tranquila. A veces debemos fusionarnos con ellos para poder entrar a lugares donde solo los gatos pueden acceder... o para permanecer ocultas.

Sostuve con más seguridad al pequeño y le dije con cariño:

—Mi niña, incluso siendo un gato te ves hermosa. Mi linda gatita...

Le di un beso en la frente. Pude sentir su corazón latiendo tan rápido que por un momento pensé que se le saldría del pecho.

MOON FLOWERDonde viven las historias. Descúbrelo ahora