¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
En la U.A., la tensión era palpable. Aizawa, quien solía ser un pilar de calma y resolución, estaba visiblemente inquieto. Las ojeras bajo sus ojos eran más pronunciadas que nunca, y su mirada parecía perdida en un punto fijo del horizonte.
Present Mic, preocupado por su amigo, se acercó con una taza de café.
─¿Aizawa? ¿Estás bien? ─preguntó, aunque la respuesta era obvia.
Aizawa tomó la taza, pero no bebió. En su lugar, la sostuvo entre sus manos, buscando el calor.
─No, Yamada. No estoy bien ─admitió, su voz un susurro cargado de preocupación.─ No puedo dejar de pensar en Meredith. ¿Le estarán dando de comer? ¿La estarán tratando bien?
Mic suspiró, sentándose a su lado.
─Es normal que estés preocupado. Pero tienes que mantener la esperanza. Sabemos que Meredith es fuerte, y ella ha superado mucho para llegar hasta aquí.
Aizawa asintió, aunque sus ojos seguían llenos de incertidumbre.
─Sigo pensando en todas las veces que la he visto luchar por adaptarse, por aprender. Todo ese esfuerzo... y ahora está en manos de esos villanos. No puedo soportar la idea de que la estén maltratando o dejándola sin comida.
Mic puso una mano en el hombro de Aizawa, apretándolo con firmeza.
─Encontraremos una forma de traerla de vuelta, Aizawa. Lo prometo.
Aizawa cerró los ojos por un momento, tratando de calmar su mente. Mic tenía razón. Necesitaba aferrarse a la esperanza y seguir luchando por Meredith.
En el escondite de la Liga de Villanos, Meredith estaba sentada en una silla alta, aún recuperándose de su fiebre. Kurogiri había preparado un pequeño almuerzo para ella, y ahora estaba comiendo un plátano con manos torpes pero decididas.
Dabi la observaba desde el otro lado de la habitación, medio entretenido y medio irritado. La niña, a pesar de todo, parecía estar disfrutando su plátano, y su energía empezaba a regresar.
─¿Qué? ¿Nunca has visto a una niña comer un plátano antes? ─dijo Toga con una sonrisa traviesa, viendo la mirada de Dabi.
─Es solo... extraño ─respondió Dabi, cruzando los brazos.
Justo en ese momento, Meredith terminó de comer su plátano y, con la curiosidad típica de un niño, notó el bolígrafo que Dabi había dejado sobre la mesa. Con una rapidez sorprendente, lo tomó y comenzó a garabatear en un pedazo de papel cercano.
─Oye, ¿qué crees que estás haciendo? ─dijo Dabi, tratando de sonar severo, pero sin mucho éxito.
Meredith lo ignoró, concentrada en sus garabatos. Dibujo tras dibujo, su carita se iluminaba con una sonrisa inocente. Los garabatos no tenían forma discernible, pero para ella, eran obras maestras.