Ecos de misterio

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Esa noche, de nuevo en mi habitación

Me envuelvo en mi capa, el tejido pesado que me envuelve como una segunda piel, y con el corazón acelerado, me deslizo por la casa sin hacer ruido. La quietud de la noche me rodea mientras bajo las escaleras, cruzo el vestíbulo, y abro la puerta principal, escapando al fin en silencio hacia la oscuridad que se extiende más allá de los muros de la casa.

El bosque en la oscuridad tiene una magia extraña. Cada árbol parece observarme, cada sonido parece amplificado en el silencio de la noche. A medida que avanzo, el miedo comienza a aflorar en mi pecho, pero mi cuerpo sigue avanzando, como si algo dentro de mí me impulsara sin remedio. Al llegar al arroyo, lo veo: la figura de siempre, imponente, de pie entre las sombras, esperándome. No me lo esperaba, pero aquí está.

El joven campesino.

Su presencia es casi sobrecogedora. Su pelo negro como la noche, rizado de forma desordenada, cae suavemente sobre su frente. La luz de la luna apenas lo toca, pero suficiente para resaltar sus facciones fuertes, su mandíbula marcada que da cuenta de una vida dura, pero también de una belleza salvaje e indómita. Sus ojos, oscuros como la misma noche que nos rodea, me atraviesan con una mirada profunda, casi absorbente, como si pudiera ver a través de mí, leer cada pensamiento que me cruza por la mente. Su porte es imponente, aunque no se esfuerza en serlo. La forma en que se mantiene erguido, en perfecta quietud, parece desafiar la naturaleza misma del lugar. Es difícil apartar la vista de él.

Esta vez, no parece tan sorprendido al verme. Hay una calma en su postura, como si hubiera esperado este momento, como si supiera que no podría resistirme mucho más. Nos miramos, y en sus ojos, algo familiar me hace sentir que ya lo he conocido de antes, aunque no haya sido así. Su mirada es intensa, profunda, y me da la sensación de que puede ver más allá de mi fachada, de mis secretos.

—Sabía que volverías —murmura, con una leve sonrisa que, aunque apenas perceptible, tiene un aire de satisfacción casi desafiante. No es la sonrisa de alguien que se siente feliz de verme; es la sonrisa de alguien que ha anticipado lo inevitable.

El aire entre nosotros parece cargado, como si cada palabra que pudiera pronunciar cambiara la tensión que se acumula en el espacio. Hay algo en él que me inquieta, una certeza, una seguridad de que conoce cada rincón de mis pensamientos.

No sé cómo reaccionar. Algo en su presencia me detiene, como si las palabras que quisiera decir se atascaran en mi garganta. El silencio se alarga, pesado y denso.

Él da un paso hacia mí, su figura se mueve con una gracia que resulta desconcertante, como si estuviera perfectamente en control de cada movimiento. Su respiración se acompasa con la mía, y por un momento, todo lo que puedo escuchar es el latido acelerado de mi propio corazón.

—¿Por qué viniste? —pregunta, su voz suave, pero con una intensidad que me hace sentir como si estuviera desnudando mis pensamientos. — una chica como tu tan tarde, menos mal que no soy un asesino

Siento cómo el peso de su mirada me envuelve, y una oleada de incomodidad recorre mi cuerpo. Por un momento, me quedo en silencio, buscando una respuesta que no suene demasiado débil ni demasiado evidente.

—Solo necesitaba un poco de aire fresco —respondo rápidamente, mi voz más vacía de lo que me gustaría admitir. Mis palabras suenan demasiado forzadas, incluso para mí, pero espero que la excusa sea lo suficientemente convincente.

Él me observa fijamente, sus ojos oscuros como un abismo, y por un momento, me pregunto si realmente ha creído mi mentira. Pero no dice nada, solo mantiene esa expresión imperturbable, como si estuviera esperando que me explique más, que diga algo más que justifique mi presencia aquí.

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