Ecos de intriga

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Lady Agnes era la clase de persona que no pasaba desapercibida, incluso en un lugar tan opulento como mi hogar. Su porte altivo y su piel clara, casi de porcelana, eran el tipo de belleza que a menudo se encontraba en los retratos antiguos de mujeres nobles. Su cabello castaño oscuro caía en una cascada de ondas perfectas, siempre recogido con una elegancia sencilla, dejando libres algunos mechones que enmarcaban su rostro. Pero era su mirada lo que más destacaba: unos ojos grises, serenos y calculadores, que parecían capaces de leer hasta los pensamientos más recónditos de quien tuviera enfrente.

Agnes era pragmática hasta la médula. Siendo hija menor de un medico venido a menos, había aprendido a sobrevivir en los márgenes de la alta sociedad, siempre observando, siempre analizando. Y aunque su tono era amable, había una firmeza en ella que hacía difícil contradecirla. Por eso, cuando me detuvo en pleno paseo a caballo, su preocupación fue suficiente para hacerme sentir como una niña atrapada en una travesura.

—¿Por qué esa expresión? —preguntó, tirando suavemente de las riendas de su caballo para girar hacia mí. Su voz era tan calmada como siempre, pero sus ojos... estaban alerta.

Desvié la mirada hacia el horizonte, fingiendo estar más interesada en los campos que se extendían frente a nosotras. Pero sabía que no iba a dejarlo pasar.

—No es nada, de verdad —dije, demasiado rápido para sonar convincente.

—Nada no te pone los nervios tan tensos, Isobel. Llevas todo el paseo actuando como si tuvieras algo que esconder.

—No estoy actuando de ninguna manera —repliqué, intentando parecer ofendida, aunque sabía que no colaría.

Agnes me observó con esa mirada suya que parecía atravesar cualquier fachada. Al final, suspiré y bajé las riendas, resignada.

—Está bien —admití, girando un poco en la silla para mirarla—. Ayer... conocí a alguien en el bosque.

Agnes levantó una ceja, esa expresión que siempre utilizaba cuando algo le parecía, en el mejor de los casos, cuestionable.

—¿Alguien? ¿Quién?

—Un hombre —dije, intentando que sonara menos impactante de lo que sabía que sería.

Como esperaba, Agnes dejó escapar un leve jadeo, llevando una mano enguantada a su pecho.

—¡Isobel! ¿Qué clase de hombre? ¿Qué hacía en el bosque?

—No lo sé —reconocí, encogiéndome de hombros como si no fuera importante—. Estaba ahí, caminando. Parecía... intrigante.

—¿Intrigante? —repitió Agnes con una mezcla de incredulidad y exasperación. Su caballo resopló, como si compartiera su descontento—. Isobel, por favor, dime que no te pusiste a hablar con un extraño en medio del bosque.

—¿Por qué estás reaccionando así? —me defendí, frunciendo el ceño—. No fue nada. Una conversación, eso es todo.

Agnes tiró de las riendas de su caballo, obligándolo a detenerse mientras se giraba completamente hacia mí. La luz del sol atravesaba las ramas de los árboles, iluminando su expresión, que ahora estaba más seria que nunca.

—No es sólo una conversación —dijo en un tono bajo pero firme—. No sabes quién es ni qué intenciones tiene. Isobel, los hombres pueden ser... manipuladores, especialmente cuando creen que una mujer como tú puede ser útil para sus propios intereses.

—¿Por qué siempre asumes lo peor de la gente? —pregunté, sintiéndome a la defensiva.

—Porque a veces, lo peor es verdad —respondió, sin inmutarse.

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