Ecos del saber

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Ya vestida y aseada, bajo las escaleras que conducen al comedor. El aroma a pan recién horneado llena el aire, mezclándose con el perfume cálido del té que mi madre prepara cada mañana. Al entrar, los encuentro en sus lugares habituales: mi padre, sentado en una esquina de la mesa, revisa un pergamino con su caligrafía meticulosa, mientras mi madre, en la otra esquina, está absorta en sus labores de costura.

—Buenos días —saludo, ocupando mi lugar en el centro de la mesa, entre ambos.

Mi padre levanta la mirada apenas un instante, asintiendo en silencio, mientras mi madre me dedica una sonrisa cálida.

—¿Dormiste bien, hija? —pregunta mientras ajusta el hilo en la aguja con precisión.

—Sí, bastante —respondo, sirviéndome un poco de té.

La conversación entre ellos ya había comenzado antes de mi llegada. Mi madre menciona las cosechas, y mi padre, con su tono habitual de seriedad, comenta sobre los hombres que trabajan en los campos y las órdenes que han llegado desde el palacio.

Al principio, me resulta tedioso. Hablan de lo mismo casi todas las mañanas, y rara vez intervengo. Sin embargo, mi atención se despierta cuando mi padre menciona una palabra que siempre me ha intrigado, aunque nadie parece querer hablar demasiado de ella: cambiantes.

—¿Qué ocurre con los cambiantes? —interrumpo, mi voz más firme de lo que esperaba.

Ambos levantan la vista, sorprendidos. No suelo participar en estos temas, mucho menos con tanto interés. Mi padre me observa en silencio durante unos segundos antes de responder, dejando el pergamino a un lado.

—El rey ha convocado a los líderes del pueblo al palacio —comienza, su tono más grave ahora—. Dice que se han detectado... movimientos.

—¿Movimientos? —repito, intentando entender.

—Sí —interviene mi madre, dejando la costura a un lado—. Hablan de avistamientos en las afueras. Algunos dicen que los cambiantes están acechando nuevamente.

Mi padre frunce el ceño, claramente molesto.

—Rumores y supersticiones —gruñe con desdén—. Esa gente no tiene idea de lo que realmente ocurre.

—Pero si son solo rumores, ¿por qué el rey está convocando a los líderes? —pregunto, inclinándome hacia adelante.

Mi padre me mira con una mezcla de sorpresa y algo más, como si evaluara si debería decirme más. Finalmente, suspira.

—El rey tiene razones para preocuparse. Los cambiantes no son simples historias, hija. Son reales. Peligrosos. Una amenaza para todos nosotros.

El tono de su voz me provoca un escalofrío. No era miedo lo que lo movía, como había oído en otras personas del pueblo. Era asco, puro y palpable.

—¿Qué son realmente? —pregunto en un susurro.

Mi madre y mi padre intercambian una mirada rápida, como si debatieran si deberían explicarme más. Finalmente, es mi madre quien responde.

—Son... criaturas. Personas que pueden cambiar de forma, dicen. Algunos aseguran que adoptan la apariencia de animales; otros, que parecen humanos, pero no lo son realmente.

—¿Y por qué serían una amenaza? —insisto, sintiendo una mezcla de curiosidad y temor.

—Porque no tienen lealtad ni honor —responde mi padre con dureza—. Son traicioneros por naturaleza. Se infiltran, se mezclan entre nosotros, y cuando menos lo esperas, atacan.

La pasión en su voz me deja sin palabras. Siempre lo había visto como un hombre firme, pero reservado. Este odio evidente hacia los cambiantes me resulta desconcertante.

—¿Has conocido alguno? —pregunto, casi sin pensar.

Mi padre se queda en silencio por un momento, su mandíbula apretada. Finalmente, aparta la mirada.

—No es algo de lo que debamos hablar durante el desayuno.

El silencio que sigue es tenso. Mi madre retoma su costura, aunque sus movimientos parecen más nerviosos ahora. Yo miro mi taza de té, intentando procesar lo que acabo de escuchar.

Después de unos momentos, mi padre se pone de pie.

—Tengo que prepararme. Iré al palacio hoy mismo.

—¿Puedo ir contigo? —pregunto de repente, sorprendida incluso por mis propias palabras.

Mi padre se detiene en seco y se gira hacia mí, su expresión endurecida.

—No. Esto no es asunto tuyo —responde con frialdad, como si mi petición fuera absurda.

—Pero... quiero entender más. Saber qué está pasando —insisto, sintiendo que mi oportunidad de descubrir la verdad se desvanece.

—Isobel, esto no es un juego ni una excursión para satisfacer tu curiosidad —dice, clavándome la mirada—. El palacio no es lugar para ti.

Su tono es cortante, y por un momento pienso en dejarlo estar. Pero algo dentro de mí se rebela.

—¿Y cómo esperas que aprenda algo si siempre me mantienes al margen? —replico, con más fuerza de la que pretendía.

Su ceño se frunce aún más, y puedo ver la lucha interna en sus ojos. Mi padre no está acostumbrado a que lo desafíen, mucho menos yo.

—No entiendes lo que implica —dice finalmente, su voz más baja pero cargada de autoridad—. Esto no es como leer un libro o escuchar historias en la plaza. Es peligroso.

—Precisamente por eso quiero ir. Si es tan importante, debería saberlo. No puedes protegerme de todo para siempre.

Mi padre me observa en silencio, evaluándome. Su mandíbula se tensa, y por un momento creo que va a negarse de nuevo. Pero entonces suspira, como si llevara el peso del mundo sobre los hombros.

—De acuerdo —cede finalmente, con evidente reticencia—. Pero te advierto algo: si decides venir, no habrá espacio para distracciones ni para preguntas innecesarias. Te comportarás con seriedad, y harás exactamente lo que te diga. ¿Entendido?

Asiento rápidamente, sintiendo una mezcla de triunfo y nerviosismo.

—Sí, padre. Lo prometo.

Él me lanza una última mirada, como si quisiera asegurarse de que entiendo lo que acabo de pedir. Luego, sin decir más, se dirige a su habitación para prepararse.

Mientras lo observo alejarse, una extraña sensación de anticipación y temor se instala en mi pecho. Había conseguido lo que quería, pero las palabras de mi padre resuenan en mi mente como una advertencia: Esto no es un juego.

Los Cambiantes Donde viven las historias. Descúbrelo ahora