La ceremonia

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El día de la ceremonia llega con una atmósfera densa, como si el aire estuviera cargado de presagio. Los preparativos han sido frenéticos durante toda la mañana, con sirvientes corriendo de un lado a otro, colocando velas negras en los rincones y adornos de terciopelo que oscurecen aún más la grandeza del palacio. Todo tiene un aire solemne, casi siniestro.

Mi padre y yo estamos en la sala principal, rodeados de nobles, oficiales y otros dignatarios, todos vestidos con trajes oscuros que resplandecen a la luz tenue de las lámparas de aceite. Es una ceremonia que une a la élite del reino, y me siento como una pieza más en el engranaje de un espectáculo que no puedo evitar encontrar inquietante. No hay sonrisas, no hay risas. Todos están aquí para presenciar algo... algo que no quiero presenciar.

A las tres en punto, el gran salón se llena de murmullos. El rey aparece en el escenario central, su rostro severo, con una mirada que no parece tener cabida para la alegría. Detrás de él, los asistentes se alinean en formación, algunos vestidos con ropas ceremoniales, otros con trajes militares. El ambiente es pesado, con una tensión palpable que me hace sentir incómoda, como si estuviera atrapada en una red de rituales ajenos a mí.

Mi padre está a mi lado, imponente como siempre, su mirada fija en el rey, sin dejar de ser respetuosa, pero también... algo más. Una chispa de desconfianza en sus ojos. Siento su respiración más pesada, y aunque no dice nada, sé que está esperando este momento con la misma sensación de incomodidad que yo.

El rey alza la mano, y el murmullo de la sala cesa al instante. Su voz grave resuena por todo el salón.

—Hoy, celebramos la victoria del reino sobre aquellos que amenazan nuestra paz. Los cambiantes, criaturas traidoras y malditas que se han infiltrado en nuestras tierras, robando vidas y energías. Hoy, con la sangre de estos monstruos, sellaremos nuestra protección.

La sala permanece en absoluto silencio, mientras una fila de hombres vestidos de negro aparece detrás del rey. Los cinco prisioneros cambiantes están encadenados, de pie, con los ojos vacíos, su aspecto desolado. Algunos parecen humanos, otros, son como sombras de lo que alguna vez fueron, sus pieles gastadas y sus cuerpos delgados. La multitud los observa, algunos con desdén, otros con un miedo palpable.

El rey da un paso al frente, mirando a los cambiantes con una mezcla de desdén y furia. Mi corazón late con fuerza, y mi estómago se retuerce ante la escena que tengo ante mí. Este es un sacrificio, una condena pública.

—Estos cinco han sido capturados y serán ejecutados en nombre de la protección del reino. Ellos son una amenaza para todos nosotros. Como todos sabemos, los cambiantes son capaces de manipular a las personas, robar sus energías, y en especial, sus víctimas preferidas son las mujeres jóvenes, inexpertas. Nos han traicionado a todos, y esta es la única forma de erradicarlos.

El rey hace una pausa, y la tensión en la sala crece.

—Nos aseguraremos de que no haya más de ellos. Que su sangre sea la última que derramemos.

Mis ojos se clavan en los prisioneros. El aire está cargado de odio y miedo, y el pensamiento de lo que está por suceder me congela. Mi padre, al lado mío, permanece inmóvil, pero puedo ver que hay algo más en su rostro, algo que no logro comprender.

Un hombre de pie junto al rey da un paso al frente, y con una señal, los guardias comienzan a alistar a los prisioneros. La sala observa en silencio, con una tensión palpable. Los cambiantes no luchan, no intentan huir. Están derrotados, y su destino parece sellado.

—No se acerquen al sótano —advierte el rey, alzando la voz. —Aquí, en el palacio, tenemos habitaciones para todos ustedes. Pero les ruego que se mantengan alejados del sótano. Ese es el lugar donde guardamos a los cambiantes más peligrosos. Nadie debe acercarse allí. No es un lugar para la curiosidad.

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