El carruaje avanza por el camino empedrado, y mi padre, sentado frente a mí, se aclara la garganta. Sé lo que viene. Lo mismo de siempre.
—Isobel, necesito recordarte algo importante antes de que lleguemos al palacio —dice con ese tono autoritario que rara vez cambia.
—Dime, padre —respondo, aunque ya sé perfectamente qué palabras saldrán de su boca.
—No debes hablar si no te lo piden. Mantente siempre erguida, no cruces los brazos ni los pies mientras estés sentada. Y, sobre todo, no cuestiones nada de lo que se diga.
—Por supuesto —respondo con un tono neutral, fingiendo interés.
—Isobel... —añade, inclinándose un poco hacia mí para asegurarse de que estoy prestando atención—. Esto no es un simple paseo. Es una oportunidad para demostrar que eres una joven digna de respeto. Lo que hagas hoy reflejará en mí y en nuestra familia.
Asiento lentamente, sin mirarlo directamente.
—¿Algo más? —pregunto, intentando mantener la conversación corta.
—Sí. Recuerda que el palacio tiene sus propias reglas, y tú estás allí como invitada, no como dueña. No hagas ni digas nada que pueda estropear la imagen que todos esperan de ti.
La imagen que todos esperan de mí. Aquella frase me golpea como siempre. No puedo evitar pensar en lo diferente que sería mi vida si estuviera con Aidan ahora mismo. Con él, podría ser yo misma, sin este constante peso de aparentar perfección. Pero esas palabras solo las grito en mi mente, nunca me atrevería a decirlas en voz alta.
—Lo entiendo, padre —respondo finalmente, mirando por la ventana para evitar su mirada escrutadora.
El resto del camino transcurre en un silencio incómodo, roto únicamente por el sonido de las ruedas del carruaje golpeando las piedras.
Cuando finalmente llegamos, el carruaje se detiene, y el cochero abre la puerta para ayudarnos a bajar. Piso el suelo con cuidado, alisando mi vestido mientras mis ojos se alzan hacia la imponente estructura frente a mí.
El palacio es más majestuoso de lo que imaginaba. Sus enormes cuatro torres, dos a cada lado, parecen tocar el cielo, y los ladrillos de tonos claros brillan bajo la luz del sol, casi cegándome. Las escaleras que conducen a la entrada principal parecen interminables, un camino que solo los más importantes se atreverían a recorrer con seguridad.
—Es... impresionante —murmuro, incapaz de contenerme.
—Sí que lo es —responde mi padre, aunque su tono carece de mi asombro. Para él, el palacio no es más que un lugar de trabajo, un símbolo de poder que no le interesa admirar.
Mi mirada se detiene en las enormes ventanas que decoran la fachada. Cada una parece un portal a un mundo distinto. Por un instante, me imagino viviendo allí, lejos de las reglas, las expectativas y los susurros del pueblo.
—Vamos, Isobel. No tenemos todo el día —dice mi padre, rompiendo mi ensoñación mientras comienza a subir las escaleras.
Tomo aire profundamente y sigo sus pasos, con el corazón latiendo más rápido de lo que quisiera admitir.
Subimos las escaleras, cada peldaño más alto que el anterior, hasta que llegamos a las enormes puertas del palacio. Las abren con un gesto majestuoso, y me encuentro frente a un vestíbulo de dimensiones abrumadoras. Las paredes están adornadas con tapices ricos en detalles, y el suelo brilla con un mármol pulido que refleja la luz de los enormes candelabros colgantes. Todo parece diseñado para impresionar, y, en cierto modo, lo logra.
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Los Cambiantes
Misteri / ThrillerEn Escocia, en 1820, los rumores sobre una nueva y extraña enfermedad se propagan rápidamente entre los habitantes de un pequeño pueblo. Se dice que aquellos que son tocados por esta maldición, conocidos como los Cambiantes, comienzan a perder lenta...
