Cuando mi padre y yo salimos del gran salón, el aire parece más pesado que antes. Las luces del palacio, aunque encendidas, apenas logran disipar las sombras que se extienden por los pasillos. Mi padre sigue caminando con paso firme, pero yo me detengo un instante, incapaz de seguirlo.
—Isobel, no te quedes atrás —me llama, sin siquiera mirarme.
—Voy enseguida —respondo, aunque mis pies no se mueven.
—¿Problemas para respirar con tanto terciopelo en las paredes? —dice una voz familiar desde un rincón del pasillo.
Me giro hacia la fuente del comentario y veo a Po, apoyado despreocupadamente contra una columna, con el casco bajo el brazo y una sonrisa que parece iluminar el espacio más que las lámparas de aceite.
—¿Cómo puedes bromear después de lo que acaba de pasar? —le pregunto, cruzándome de brazos.
—Oh, vamos, Isobel, alguien tiene que hacerlo. Este lugar ya tiene suficiente drama como para que yo también me ponga solemne. —Se separa de la columna y se acerca a mí con paso relajado. Sus ojos oscuros me observan con esa chispa de humor que nunca parece apagarse.
—¿Y qué haces aquí? —pregunto, tratando de sonar seria, aunque su actitud siempre logra desarmarme un poco.
—Esperándote, obviamente. —Levanta una ceja, fingiendo ofensa. —Pensé que después de toda esa grandilocuencia del rey, podrías necesitar a alguien que te recuerde que no todo en este palacio es un agujero negro de solemnidad.
—Gracias por el detalle, pero creo que estoy bien.
—¿Segura? Porque no parecías tan "bien" cuando ese cambiante rubio te miraba como si fueras su próxima musa.
Me sonrojo ligeramente y desvío la mirada.
—¿Lo notaste?
—Isobel, lo notó todo el mundo. Bueno, todo el mundo menos tu padre, que estaba demasiado ocupado intentando no apretar los puños. —Se ríe entre dientes y se pasa una mano por el cabello corto. —Pero oye, no todos los días alguien condenado a muerte te lanza una mirada tan intensa. Si quieres que lo interprete como un cumplido, estoy aquí para ayudarte.
—No es gracioso, Po.
—Claro que lo es. —Su tono se suaviza un poco, aunque sigue siendo juguetón. —Pero en serio, ¿estás bien? Esa ceremonia no es fácil de digerir, incluso para alguien como tú.
Sus palabras me toman por sorpresa. Aunque su tono sigue siendo ligero, hay una sinceridad en su mirada que me hace sentir menos sola.
—Estoy... confusa. Todo esto, los cambiantes, el sótano... No sé qué pensar.
—Bueno, para empezar, no pienses demasiado en el sótano. Créeme, no hay nada ahí abajo que quieras ver.
—¿Y cómo lo sabes?
—Soy guardia nocturno, ¿recuerdas? He visto más de lo que me gustaría. —Po se encoge de hombros, pero su sonrisa se desvanece un poco, reemplazada por una expresión más melancólica. —Digamos que este palacio tiene una forma especial de enterrar sus secretos.
—¿Y tú? ¿Qué secretos escondes, Po?
Él se ríe, pero esta vez su risa tiene un toque de amargura.
—Eso, querida Isobel, es una conversación para otro día. Ahora ve con tu padre antes de que me culpe a mí por distraerte.
—Siempre tan considerado.
—Es parte de mi encanto.
Me lanza una última sonrisa antes de inclinarse ligeramente, como si estuviera despidiéndose de una princesa. Mientras me alejo, no puedo evitar sentir que, detrás de su humor y su actitud despreocupada, hay algo que Po no me está contando.
_____
El sol apenas empieza a teñir de dorado las torres del palacio cuando me encuentro en el patio principal, lista para partir. Mi padre está ocupado organizando, dando órdenes a los escoltas, mientras los sirvientes terminan de cargar las provisiones. A pesar del bullicio a mi alrededor, siento un extraño vacío, como si algo me faltara.
—¿Y así te ibas a ir, sin decir nada? —La voz de Po suena a mis espaldas, ligera, casi burlona.
Me giro para encontrarlo apoyado en una columna, el casco bajo el brazo y esa sonrisa ladeada que parece inmune a la solemnidad del lugar.
—No sabía que tenía que pedir permiso. —Cruzo los brazos, intentando devolverle el tono juguetón.
—No es cuestión de permiso, es cuestión de modales. Aunque, ahora que lo pienso, tal vez estoy esperando demasiado.
Sonrío, sacudiendo la cabeza. Po se acerca un par de pasos, su andar despreocupado, como si no tuviera prisa por nada.
—Bueno, aquí estoy. ¿Qué querías decirme? —pregunto, intentando sonar casual.
—No mucho, la verdad. Solo que, con tanto caos en este lugar, ha sido un respiro agradable cruzarme contigo.
—¿Un respiro agradable? ¿Eso es un cumplido? —levanto una ceja, fingiendo incredulidad.
—No te acostumbres. —Su sonrisa se ensancha, y por un momento todo el ruido del patio parece desvanecerse.
—Bueno, Po, gracias por... ya sabes, hacer que este lugar no fuera tan insoportable. —Mi voz baja un poco al final, pero sé que él entiende.
—El placer ha sido mío. Aunque si algún día vuelves, espero que traigas un poco menos de drama contigo.
Río suavemente, negando con la cabeza.
—¿Y si no vuelvo?
Po se queda en silencio por un momento, su sonrisa suavizándose, pero sin perder ese brillo sarcástico en los ojos.
—Si no vuelves, bueno... el palacio será un poco más aburrido. Pero estoy seguro de que estarás bien.
Asiento, sin saber muy bien qué responder. Justo cuando estoy a punto de darme la vuelta, él se inclina hacia mí y deja un beso en mi mejilla. Es breve, ligero, pero lo suficiente para que mi piel se erice.
Aunque el gesto parece íntimo, hay algo en su actitud que lo hace sentir mucho más amistoso de lo que esperaba. Cuando se aparta, su sonrisa vuelve a ser la misma de siempre: despreocupada, como si no hubiera hecho nada fuera de lo común.
—Cuídate, Isobel. Y no olvides que, si algo explota allá afuera, probablemente será tu culpa.
Suelto una risa, aunque mi pecho se siente pesado al dar el primer paso hacia la caravana.
—Adiós, Po.
—Hasta luego, Isobel. —Su voz me sigue mientras me alejo, ligera y tranquila, como si estuviera completamente seguro de que nos volveremos a ver.
Y aunque no sé si eso será cierto, su presencia se queda conmigo mientras subo al carruaje, un recordatorio de que incluso en los lugares más sombríos, hay momentos que pueden iluminar el día.
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Los Cambiantes
Mystery / ThrillerEn Escocia, en 1820, los rumores sobre una nueva y extraña enfermedad se propagan rápidamente entre los habitantes de un pequeño pueblo. Se dice que aquellos que son tocados por esta maldición, conocidos como los Cambiantes, comienzan a perder lenta...
