Los días en el palacio transcurrían con una monotonía casi asfixiante. Despertaba en una habitación que no sentía mía, vestía ropas que parecían disfraces y seguía un horario impuesto por otros. Edwin era siempre cortés, siempre impecable, pero detrás de su mirada azul había algo que no lograba descifrar. Su interés en mí era evidente, y aunque mantenía las formas, su insistencia en pasar tiempo juntos comenzaba a resultar agotadora.
Aquella tarde, después de un paseo interminable por la rosaleda, en el que Edwin había hablado sobre su visión del futuro del reino —conmigo a su lado, por supuesto—, me refugié en los jardines más alejados del palacio. Allí, entre altos setos y árboles frondosos, podía sentirme por un momento fuera de aquella jaula dorada.
—¿Escapando de nuevo, mi señora? —La voz grave y divertida me sobresaltó.
Giré bruscamente y me encontré con Po, apoyado contra el tronco de un árbol, con los brazos cruzados y una sonrisa ladeada en los labios. Su uniforme de guardia estaba ligeramente desordenado, como siempre, y su cabello castaño oscuro caía en mechones rebeldes sobre su frente.
—Po —exhalé, aliviada—. No deberías asustar así a las damas.
—No soy muy bueno siguiendo las reglas —respondió, encogiéndose de hombros—. Además, necesitabas reírte un poco. Admito que el truco del vino fue una obra maestra.
No pude evitar sonreír.
—El príncipe no opinaría lo mismo.
—Oh, el príncipe tiene el sentido del humor de una piedra —replicó Po, haciendo una mueca exagerada—. Aunque debo admitir que nunca lo había visto tan... ¿cómo decirlo? Humano.
—Te meterás en problemas si sigues así.
—Probablemente —dijo, sin inmutarse—. Pero si consigo que sonrías, vale la pena.
Sacudí la cabeza, aunque no pude evitar reír suavemente. Po tenía esa habilidad extraña de hacer que todo pareciera menos serio, menos definitivo.
—¿Y tú? —preguntó de repente, su tono más suave—. ¿Estás bien?
La pregunta me tomó por sorpresa.
—¿Por qué no lo estaría?
— Sé cuándo alguien está fingiendo.
Su mirada se volvió más seria, y sentí un nudo en el estómago. Po era uno de los pocos en el palacio que me trataba como una persona, no como un objeto o una futura princesa. Era fácil olvidar que detrás de su actitud despreocupada, había alguien que observaba más de lo que dejaba ver.
—Estoy... —comencé, pero las palabras se atoraron en mi garganta.
—No tienes que decirlo —me interrumpió él, con una sonrisa tranquila—. Solo recuerda que no estás sola aquí, ¿de acuerdo?
Asentí, agradecida por su presencia.
—Gracias, Po.
Él hizo una reverencia exagerada.
—A sus órdenes, mi señora.
Antes de que pudiera responder, escuché pasos acercándose. Po se enderezó de inmediato, recuperando la postura de un guardia al servicio del palacio. Edwin apareció entre los árboles, con su figura impecable y su mirada calculadora.
—Isobel —dijo, con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos—. Estaba buscándote. Creí que te habías perdido.
—Solo necesitaba un poco de aire fresco —respondí, intentando sonar tranquila.
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Los Cambiantes
Misteri / ThrillerEn Escocia, en 1820, los rumores sobre una nueva y extraña enfermedad se propagan rápidamente entre los habitantes de un pequeño pueblo. Se dice que aquellos que son tocados por esta maldición, conocidos como los Cambiantes, comienzan a perder lenta...
