La casa estaba envuelta en la quietud de la noche, y el silencio era tan pesado que casi se podía oír el latido de mi propio corazón. Los días de incertidumbre y angustia por Aidan me habían desgastado. No sabía si era mi mente jugando trucos o si realmente estaba viendo lo que veía, pero allí estaba él, en el jardín, con la mano llena de sangre, su rostro cubierto de tierra y sudor, la ropa hecha jirones. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, y antes de que pudiera procesarlo, mis piernas se movieron por sí solas.
Aidan.
El nombre salió de mis labios como un susurro roto por el miedo y la desesperación. No me importaba lo que estuviera pasando. No pensaba en las consecuencias, sólo en él. Corrí hacia la puerta, abriéndola con un fuerte crujido. Él no se movió, pero sus ojos—oscuros, vacíos—se levantaron lentamente hacia mí, como si, por un momento, no creyera que estaba allí. Fue un vistazo fugaz, como si no tuviera fuerzas ni para mirar más de cerca.
—Aidan... —mi voz temblaba, pero me acerqué más, mi instinto me empujaba hacia él.
La sangre en su mano me hizo detenerme por un segundo, pero luego seguí adelante, sin pensarlo. Él estaba allí, tan cerca, pero tan perdido en su propio dolor, que me sentí como si estuviera tocando a un espectro. Cuando sus ojos se encontraron con los míos, vi un vacío profundo en su mirada, un dolor que nunca imaginé que pudiese existir en una persona. No dijo nada, no se movió, pero pude ver la desesperación en su expresión.
Lo guié dentro de la casa, con la dificultad de cargar con él, ya que apenas podía mantenerse de pie. Cada paso que daba era un reto, pero no podía dejarlo caer. Lo llevé a la cocina, sentándolo en una silla de madera, sus ojos perdidos en algún rincón invisible.
Las palabras no llegaban. Yo, que siempre había tenido algo que decir, ahora me encontraba enmudecida. Me apresuré a sacar agua tibia, vendajes y todo lo que podía usar para detener el sangrado de su mano. Él seguía sin reaccionar, su respiración era profunda, pero no parecía estar allí conmigo. Sentí la desesperación apoderándose de mí, un miedo sin nombre.
No pensé en nada más, sólo en cómo aliviar su sufrimiento. Sin decir palabra alguna, tomé su mano sangrienta entre las mías, limpiando con cuidado la herida. Mis manos temblaban, el agua mezclada con la sangre manchaba mis dedos, pero no me aparté. No podía apartarme.
Sus ojos seguían fijos en nada, en un espacio vacío, pero cuando lo miraba, me parecía que había algo en su mirada, una súplica no verbalizada. Algo me decía que estaba atrapado en un lugar que no podía escapar. Algo en su cuerpo, en su alma, estaba roto. ¿Qué le había sucedido? ¿Era esto lo que parecía ser? O había algo más, algo que no lograba entender.
Con dificultad, lo llevé al baño. El agua caliente comenzó a llenar la bañera, y mientras lo ayudaba a quitarse la ropa rota, mi cuerpo se tensó al ver las heridas en su piel. Moretones oscuros, cortes profundos que parecían haberse hecho hace días, tal vez semanas. Pero lo peor de todo era la mirada en sus ojos. Era como si no pudiera recordar quién era, ni siquiera quién había sido alguna vez. La confusión era palpable.
—Déjame... —susurré, casi sin darme cuenta, mientras lo ayudaba a sumergirse en el agua. El sonido del agua cubriendo su cuerpo no hizo más que acentuar la quietud en el aire. Un silencio insoportable.
Lentamente, comencé a lavarlo, frotando su piel con suavidad, sin querer causar más dolor. Lo sentí temblar bajo mis manos. Su cuerpo estaba lleno de cicatrices, pero sus ojos seguían vacíos, como si estuviera atrapado en un abismo del que no podía salir. En algún lugar dentro de mí, algo se rompió también. Estaba demasiado lejos de la persona que había sido.
Sin decir nada, le pasé una toalla por el cuerpo, lo ayudé a salir de la bañera, y lo llevé a mi habitación. Mi mente estaba llena de preguntas, pero mis labios permanecían sellados. ¿Qué me había pasado? ¿Por qué lo había encontrado así? Y, lo más inquietante, ¿por qué no podía quitarme la sensación de que algo no encajaba? Algo en su comportamiento, en su mirada, me decía que no estaba viendo toda la verdad.
Lo recosté en la cama, su cuerpo se hundió en las sábanas. Aún no pronunciaba palabra alguna. Me senté junto a él, observándolo, sin saber si lo hacía por compasión o por miedo a lo que veía en él.
Cuando sus ojos se abrieron ligeramente, me miró como si me reconociera, pero a la vez como si no pudiera entender quién era yo. Las palabras se quedaron atrapadas en mi garganta, la urgencia de querer saber lo que le había sucedido, de pedirle explicaciones, se chocaba con el miedo a lo que pudiera decirme. Algo en él me decía que la verdad podría ser más oscura de lo que estaba dispuesta a aceptar.
Aidan parpadeó una vez, luego otra, y fue en ese momento cuando una idea aterradora se instaló en mi mente: ¿y si nunca volvía a ser el mismo? ¿Qué si él ya no era la persona que había conocido? ¿Qué si él no había sido nunca quien pensaba que era?
Mi mano tembló al rozar su mejilla, como si quisiera despertarlo de alguna pesadilla, pero su expresión no cambió. Ni una palabra. Ni un movimiento.
De alguna manera, entendí que estaba completamente solo en este sufrimiento. Yo lo estaba ayudando, sí, pero él, él ya no podía volver a ser el mismo.
La noche pasó lentamente, cada segundo al lado de Aidan parecía una eternidad. No hubo palabras. Sólo el silencio, y el latido de mi corazón, que resonaba en mi pecho con cada respiración que él tomaba. Estaba allí, a su lado, sin saber si lo que había hecho era lo correcto. Sin saber si podría ayudarlo a encontrar de nuevo su camino.
El aire entre nosotros parecía volverse más espeso, como si las palabras no pudieran atravesar la barrera invisible que se había formado. Aidan permaneció allí, inmóvil, su mirada aún fija en mí, como si intentara comprender algo en lo más profundo de mi ser. Yo, por mi parte, sentía una mezcla extraña de frustración y curiosidad. Su respuesta, tan sencilla, no hacía más que aumentar las preguntas que me atormentaban.
— ¿Por qué no me dices qué te ha pasado? —insistí, esta vez con un tono más firme, pero aún con una vulnerabilidad que no podía esconder. Quería respuestas. Necesitaba saber lo que había ocurrido. Había algo en él, en su comportamiento, que no encajaba con la imagen que me había formado. Algo en su mirada me decía que sabía más de lo que quería revelar.
Aidan suspiró, y por un momento, pensé que no me respondería. Pero entonces, con un movimiento lento, casi tembloroso, se acercó un poco más. Su rostro estaba tan cerca del mío que pude sentir su aliento, cálido y pesado. Era como si la distancia entre nosotros se hubiera reducido drásticamente, y todo lo demás desapareciera, dejándonos a los dos, atrapados en ese espacio lleno de tensión.
— Hay cosas... que no puedes entender —dijo, su voz rasposa, como si le costara encontrar las palabras. Luego, se quedó en silencio, y un pequeño suspiro escapó de sus labios. No estaba seguro de si estaba buscando una salida o si se estaba sometiendo a algo que lo aterraba.
Yo quería preguntarle más, presionarlo para que me hablara de lo que le había ocurrido, pero algo en su tono me hizo dudar. Mi corazón latía con fuerza, sintiendo cómo el miedo y la necesidad de saber se entrelazaban con una extraña conexión que no entendía completamente.
Antes de que pudiera decir algo más, Aidan levantó una mano, como si necesitara detenerme antes de que hablara.
— Lo único que debes saber es que... —su voz tembló ligeramente—, no soy lo que parece. —Sus palabras flotaron en el aire, cargadas de una melancolía que se fue apoderando de mí, ahogando las dudas que tenía.
Me quedé ahí, con la sensación de que acababa de rozar algo profundo y peligroso. Algo que él no podía o no quería decirme. Y, sin embargo, no pude evitar sentir que lo estaba atrapando, que lo estaba obligando a abrir una puerta de la que probablemente ya no había regreso.
Lo miré fijamente, y por un momento, el tiempo pareció detenerse. Mi respiración se volvió más lenta, y el silencio entre nosotros se alargó hasta que fue imposible ignorarlo.
— No te alejes de mí —le susurré finalmente, una petición que no había planeado hacer. Las palabras salieron sin pensar, como si la necesidad de tenerlo cerca me empujara a hablar desde un lugar mucho más profundo de lo que imaginaba.
Aidan no respondió de inmediato. Pero, en su mirada, pude leer algo que no estaba seguro de entender del todo. Quizás era miedo, o tal vez era algo más complicado, pero no pude apartar la vista de él. Y, en ese momento, comprendí que, al igual que yo, él también estaba atrapado en algo que no podía escapar.
La distancia entre nosotros ya no existía.
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Los Cambiantes
Misterio / SuspensoEn Escocia, en 1820, los rumores sobre una nueva y extraña enfermedad se propagan rápidamente entre los habitantes de un pequeño pueblo. Se dice que aquellos que son tocados por esta maldición, conocidos como los Cambiantes, comienzan a perder lenta...
