Esa noche, mientras el palacio dormía y las sombras alargadas de los candelabros se proyectaban sobre las paredes, decidí caminar por los pasillos para despejarme. Mis pasos eran casi imperceptibles, pero no lo suficiente como para evitar que alguien me oyera.
—¿Perdida, señorita? —una voz grave pero curiosamente amable resonó detrás de mí.
Me giré rápidamente, con el corazón en la garganta. Allí estaba, un hombre alto con piel oscura, el uniforme del palacio impecable, pero con el casco bajo el brazo. Su sonrisa, despreocupada y casi burlona, era lo que menos esperaba de un guardia en turno nocturno.
—No exactamente perdida. Solo... explorando —respondí, cruzándome de brazos para ocultar mi nerviosismo.
El guardia levantó una ceja, claramente entretenido con mi respuesta.
—Explorando, claro. Es lo que todos decimos cuando no queremos admitir que estamos donde no deberíamos estar.
No pude evitar sonreír ligeramente ante su comentario.
—¿Y tú? ¿No deberías estar patrullando en lugar de interrogando a pobres almas como yo?
—Tal vez. Pero patrullar es aburrido. Prefiero charlar un rato. Me llaman Po, por cierto.
—¿Po?
—Sí, es más corto que Pompeyo. Y, siendo sinceros, ¿quién tiene tiempo para nombres largos cuando te están gritando órdenes?
Me reí, y él pareció disfrutarlo. Decidí no cuestionar más su presencia y acepté su sugerencia de caminar hacia el jardín interior, donde decía que el aire fresco ayudaba a calmar la mente.
Mientras caminábamos, Po me contó historias de su pueblo costero, donde había crecido ayudando a su familia pescadora. Su tono era ligero, pero noté una melancolía oculta al hablar de su hogar.
—¿Por qué dejar un lugar así para acabar aquí? —pregunté.
—Porque pagarle al capitán para que no me eche es caro —respondió con una sonrisa sarcástica. Luego, al ver mi expresión confundida, añadió:— Es broma. Bueno, en parte. Dejé mi pueblo para proteger a mi familia. Aquí gano lo suficiente para enviarles lo que necesitan.
Cuando llegamos al jardín, nos encontramos con un grupo de guardias charlando en voz baja cerca de la fuente. Al verme, se quedaron en silencio, mirándome como si acabaran de ver a un fantasma.
—Vaya, Po, ¿quién es tu nueva amiga? —preguntó uno de ellos, un hombre con bigote ridículamente retorcido.
—Mi prima segunda. ¿Por qué? ¿Te interesa? —respondió Po sin dudarlo, cruzándose de brazos y adoptando una expresión de falsa seriedad.
El guardia del bigote rió nerviosamente, pero los demás no pudieron contener las carcajadas.
—Vamos, Po, no metas en líos a la chica.
—¿Meterla en líos? Más bien soy yo quien la salva de ustedes. —Po se volvió hacia mí, inclinándose ligeramente como si fuera un caballero medieval. —¿Nos retiramos, milady? No vaya a ser que estos simples mortales te molesten con su falta de encanto.
Rodé los ojos, pero acepté su "escolta". Apenas dimos unos pasos, uno de los guardias hizo un comentario sobre la "habilidad" de Po para hablar con las damas, lo que provocó una avalancha de bromas entre ellos.
—¿Eso no te molesta? —le susurré mientras nos alejábamos.
—¿Molestarme? —Po fingió indignación, llevándose una mano al pecho—. Estoy acostumbrado. Puedo aguantar sus bromas porque sé que ninguno de ellos tiene la mitad de mi carisma.
ESTÁS LEYENDO
Los Cambiantes
Misterio / SuspensoEn Escocia, en 1820, los rumores sobre una nueva y extraña enfermedad se propagan rápidamente entre los habitantes de un pequeño pueblo. Se dice que aquellos que son tocados por esta maldición, conocidos como los Cambiantes, comienzan a perder lenta...
