Me adentro hacia las voces que me llaman, sintiendo cómo cada paso se vuelve más pesado, como si, con cada metro que me alejo de aquel arroyo, dejara atrás una parte de mí misma, una versión que apenas estoy comenzando a descubrir.
Mis damas de compañía me reciben con miradas cargadas de reproche, ocultando su irritación tras sonrisas forzadas y comentarios sobre lo "imprudente" que es caminar sola por el bosque.
—Milady, ¿realmente cree que es prudente andar sola por el bosque? —pregunta Lady Agnes, la más cautelosa, con una sonrisa tensa que no logra disimular su desaprobación.
Me detengo un instante, mirando a Lady Agnes mientras sus palabras, educadas pero afiladas, se clavan en el aire entre nosotras. Sus ojos me escudriñan, buscando algún rastro de arrepentimiento en mi expresión. Pero no lo encuentra.
—¿Debería pedirle permiso al bosque antes de entrar? —respondo, con una ligereza que es más un escudo que una broma.
Lady Agnes frunce ligeramente el ceño, y sus labios se aprietan en una línea delgada. A su lado, las demás damas murmuran entre sí, lo suficientemente bajo como para parecer discretas, pero no tanto como para que no pueda escucharlas.
—No es el bosque quien debe preocuparte, milady —replica, con esa mezcla de cortesía y severidad que domina tan bien.
Sus palabras deberían incomodarme, pero no lo hacen. Lo que me inquieta es otra cosa. Es la sensación persistente de unos ojos siguiéndome, incluso ahora, entre la multitud de miradas que me rodean. Y no son los ojos de Lady Agnes ni los de las otras damas.
—Os preocupáis demasiado, Agnes —digo, sin detenerme a explicar mi ausencia. Mi voz es firme, pero mis pensamientos están lejos de aquí, todavía atrapados junto al arroyo.
Esa noche, mientras me giro y revuelvo en la soledad de mi cama, sus palabras siguen susurrando en mi mente, como si la niebla misma me hablara.
—A veces, la verdad se oculta en la niebla, esperando a quienes se atreven a buscarla... —susurra su voz, inconfundible, a través de mis recuerdos.
No puedo dejar de pensar en la intensidad de su mirada, esa mezcla de serenidad y melancolía que parecía conocerme mejor que yo misma. Mis pensamientos giran alrededor de él, de sus palabras, de su presencia inquietante.
...
Las voces de mi familia llenan el comedor con una monotonía que siempre me resulta insoportable, una rutina donde cada palabra, cada frase, parece ensayada hasta la saciedad. Mi padre habla de negocios, de tierras, de cosechas, mientras mi madre asiente en silencio, como una sombra fiel de sus expectativas. Yo, por su parte, apenas escucho.
—¿Isobel? —mi padre me llama, con ese tono que sabe que me hará reaccionar.
Levanto la mirada, atrapada por su penetrante mirada, y trato de mantener la compostura.
—¿Sí, padre? —respondo, tratando de sonar atenta.
—¿Qué opinas de la cosecha de este año? —pregunta, como si fuera un tema de vital importancia.
Miro a través de la ventana, como si las respuestas pudieran venir del paisaje. Sé lo que espera, pero mis palabras suenan vacías, como siempre.
—Todo parece estar en orden, padre. —mi voz es suave, casi ausente.
De repente, noto que mi padre me observa fijamente, evaluando cada detalle de mi expresión. La incomodidad crece, pero no puedo evitarlo. No hay nada que pueda decir para ocultar mi mente dispersa.
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Los Cambiantes
Misterio / SuspensoEn Escocia, en 1820, los rumores sobre una nueva y extraña enfermedad se propagan rápidamente entre los habitantes de un pequeño pueblo. Se dice que aquellos que son tocados por esta maldición, conocidos como los Cambiantes, comienzan a perder lenta...
