La noche había caído nuevamente sobre el palacio, y la atmósfera en los pasillos era densa, casi opresiva. Había algo en el aire que me mantenía alerta, una sensación de inquietud que no lograba sacudirme, aunque tratara de concentrarme en mis conversaciones con Edwin y las actividades del día.
El príncipe había sido atento, como siempre, pero su presencia me desconcertaba cada vez más. Había algo en su actitud que no podía entender, algo que me hacía sentir como si estuviera caminando sobre una cuerda floja. Sin embargo, lo que realmente me desconcertaba era la sensación de ser observada constantemente, como si alguien estuviera siempre al acecho, esperando un movimiento equivocado.
Esa noche, mientras me dirigía a mis habitaciones después de una cena formal, algo en la oscuridad me hizo detenerme. Los pasillos del palacio estaban vacíos, las luces de las velas titilaban débilmente, proyectando sombras largas y distorsionadas en las paredes. Fue entonces cuando escuché unos pasos suaves, casi imperceptibles, acercándose desde la esquina.
Mi corazón dio un vuelco. Me giré rápidamente, y por un instante, el aire pareció congelarse a mi alrededor. Una figura oscura apareció de entre las sombras, vestida con la uniforme de un guardia. Al principio, no reconocí su rostro, pero había algo familiar en su postura, en la manera en que se movía.
Mi respiración se detuvo cuando los ojos de esa figura se encontraron con los míos. No podía ser... pero lo era.
Aidan.
Él estaba allí, de pie frente a mí, disfrazado como uno de los guardias del palacio. Su mirada, siempre tan intensa, ahora parecía aún más penetrante, como si pudiera leer cada pensamiento que pasaba por mi mente. La sorpresa me dejó paralizada por un momento, pero rápidamente me recuperé, aunque el nudo en mi estómago no desapareció.
—¿Qué haces aquí? —logré decir, mi voz temblando ligeramente. Aunque trataba de mantener la calma, el solo hecho de verlo me desbordaba. Sabía que Aidan era un hombre peligroso, pero verlo tan cerca, tan real, me descolocaba.
Aidan no respondió de inmediato. En lugar de eso, se acercó un paso más, su figura alta y dominante proyectándose sobre mí. La tensión entre nosotros era palpable, como si el aire mismo estuviera cargado de electricidad.
—Tengo mis razones —respondió finalmente, su voz grave y baja, apenas un susurro. Su mirada nunca se apartó de la mía, como si quisiera asegurarse de que entendiera la gravedad de su presencia.
No sabía qué pensar. ¿Cómo había logrado infiltrarse en el palacio sin que nadie lo notara? ¿Qué buscaba aquí? Mis pensamientos eran un torbellino, pero lo que más me inquietaba era la manera en que Aidan me miraba, como si no hubiera nada más en el mundo que yo. Esa mirada, que siempre había estado llena de misterio y oscuridad, ahora parecía aún más peligrosa.
—¿Por qué te has metido en esto? —pregunté, aunque ya sabía que no obtendría una respuesta sencilla. La respuesta siempre había sido complicada con Aidan.
Él sonrió ligeramente, un gesto que no me tranquilizó en lo más mínimo. Al contrario, sentí cómo una ola de ansiedad me recorría el cuerpo.
—Porque tú estás aquí —dijo con una calma inquietante, como si su presencia fuera la única explicación que necesitaba. No era una respuesta que pudiera entender, pero era suficiente para él.
Me sentí atrapada, y no solo por su cercanía. Mi mente daba vueltas, intentando comprender por qué había decidido infiltrarse de esa manera. ¿Qué estaba buscando? ¿Y por qué ahora, en este momento, cuando las tensiones en el palacio ya estaban alcanzando su punto máximo?
Aidan dio un paso hacia mí, tan cerca que pude sentir su calor. Mi respiración se aceleró, y aunque sabía que debía alejarme, no podía. No podía dejar de mirarlo, de sentir esa extraña mezcla de atracción y miedo que siempre había existido entre nosotros.
—Tienes que irte de aquí —dije, más fuerte esta vez, aunque mi voz temblaba con cada palabra. No podía permitir que Aidan siguiera metido en este juego. Sabía que su presencia aquí solo traería más problemas, más peligro.
Pero Aidan no parecía dispuesto a irse. En lugar de eso, su rostro se acercó al mío, su aliento cálido rozando mi piel. Podía sentir la tensión en sus hombros, como si estuviera luchando contra algo, contra sí mismo.
—No puedo —murmuró, casi como si estuviera hablando consigo mismo. Sus ojos brillaban con una intensidad que me dejó sin palabras.
Antes de que pudiera reaccionar, un ruido a lo lejos interrumpió el momento. Aidan se apartó rápidamente, como si hubiera sido despertado de un trance. Miró por encima de mi hombro, su expresión cambiando al instante.
—Verás lo que hago, Isobel —dijo con voz baja, pero cargada de una amenaza latente que no pude ignorar.
Mis ojos se encontraron con los suyos, y aunque no podía ver su rostro claramente, la intensidad de su mirada me hizo sentir vulnerable. Sabía que Aidan estaba jugando un juego peligroso, uno que ni yo misma comprendía completamente. Pero no tenía miedo. Algo en su presencia me atraía, me desbordaba, y aunque mi mente me decía que debía alejarme, mi corazón no podía resistir.
Aidan no dijo más. Su figura se desvaneció tan rápido como había aparecido, dejándome con una sensación de inquietud y anticipación. Lo que estaba por venir no sería fácil de entender, pero de alguna manera, sabía que no podía evitarlo.
Al día siguiente, cuando salí al jardín para despejar mi mente, la escena que me esperaba fue aún más desconcertante de lo que había imaginado. El príncipe Edwin, siempre tan impecable y perfecto, estaba de pie en el patio central, pero algo no estaba bien. Su rostro, normalmente lleno de orgullo y autoridad, mostraba una expresión de desconcierto y frustración. Y lo más impactante de todo... su cabeza estaba completamente calva.
No pude evitar quedarme parada, observando la escena. Los sirvientes y guardias que se encontraban cerca parecían desconcertados, pero nadie se atrevió a decir una palabra. Edwin, con una mirada furiosa, trataba de cubrir su calvicie con las manos, pero el daño ya estaba hecho. La humillación era evidente, y aunque trató de mantener su compostura, su incomodidad era palpable.
—¿Qué ha pasado? —preguntó uno de los guardias, sin saber cómo reaccionar ante la situación.
Pero antes de que pudiera responder, un nuevo giro de los acontecimientos me dejó sin palabras. Po, el guardia bromista que había conocido en mi última visita al palacio, apareció en el patio, caminando con una naturalidad que contrastaba con la tensión que se sentía en el aire. Pero lo que realmente me dejó sin aliento fue su atuendo, o más bien, la falta de él.
Po estaba completamente desnudo. No era una broma, ni un acto de provocación, sino algo mucho más extraño. Su rostro estaba relajado, como si no fuera consciente de la rareza de la situación, pero su presencia solo aumentaba el desconcierto de todos los que lo miraban.
El príncipe Edwin, aún sin poder ocultar su calvicie, lo miró con una furia creciente, mientras Po, sin inmutarse, sonrió de manera despreocupada. La escena era tan absurda que no sabía si reír o quedarme en silencio, pero la sensación de que algo mucho más grande estaba sucediendo me envolvía.
—¿Po? —pregunté, incapaz de ocultar mi asombro.
Po me miró y, sin perder su sonrisa, se encogió de hombros.
—No sé qué pasó, Isobel —dijo con una risa suave, como si no fuera nada fuera de lo común—. Pero parece que alguien decidió hacer una pequeña broma, ¿no?
Mis ojos se encontraron con los de Edwin, y aunque trató de mantener la calma, pude ver que la ira lo consumía. La situación había salido de control de una manera que nadie esperaba, y aunque Po seguía sonriendo, la tensión entre él y el príncipe era palpable.
Lo que sucedió después fue aún más extraño. Nadie parecía tener respuestas. Los sirvientes murmuraban entre ellos, los guardias se mantenían en silencio, y el propio príncipe Edwin parecía estar luchando por recuperar su dignidad. Sin embargo, yo sabía que todo esto tenía una explicación, y esa explicación tenía nombre: Aidan.
Aidan había jugado su carta, y la humillación del príncipe Edwin y la confusión de Po no eran más que piezas de un juego mucho más grande. Lo que no sabía era qué más estaba dispuesto a hacer Aidan para conseguir lo que quería. Pero algo me decía que esto era solo el comienzo.
ESTÁS LEYENDO
Los Cambiantes
Mistério / SuspenseEn Escocia, en 1820, los rumores sobre una nueva y extraña enfermedad se propagan rápidamente entre los habitantes de un pequeño pueblo. Se dice que aquellos que son tocados por esta maldición, conocidos como los Cambiantes, comienzan a perder lenta...
