Los días previos a mi llegada al palacio transcurrieron en una calma tensa, como si el aire mismo estuviera cargado de promesas y advertencias. La invitación del príncipe había sido recibida con entusiasmo por mi padre, quien no dejó de recordarme lo importante que era esta oportunidad para nuestra familia. Yo, por mi parte, me limité a asentir y a prepararme en silencio.
El viaje en carroza hasta el palacio fue largo y monótono. El traqueteo constante de las ruedas sobre el camino de piedra y la visión de los paisajes desdibujados por la ventanilla me sumieron en un estado de letargo. Me sentía como una prisionera en mi propio destino, arrastrada hacia un lugar donde no quería estar. El peso de las expectativas familiares y las palabras del príncipe en la carta seguían dando vueltas en mi mente.
Finalmente, el palacio apareció a lo lejos, majestuoso y frío, como un gigante de piedra que aguardaba mi llegada. Las puertas se abrieron con un crujido solemne cuando la carroza cruzó el umbral, y un grupo de sirvientes salió a recibirme. Lady Agnes, quien me había acompañado durante el viaje, se encargó de supervisar todo mientras yo me esforzaba por mantener una expresión serena.
—Ya hemos llegado, señorita Isobel —anunció con suavidad.
Al bajar de la carroza, sentí el peso del palacio sobre mis hombros. Las torres se alzaban hacia el cielo como garras de piedra, y las ventanas oscuras parecían observarme. Me llevaron a una habitación amplia y lujosa, donde me permitieron descansar y prepararme para la cena de bienvenida con el príncipe.
La luz de los candelabros proyectaba un brillo dorado en el gran salón, haciendo que las sombras danzaran en las paredes como espectros silenciosos. La atmósfera, aunque majestuosa, me resultaba asfixiante. Cada paso que daba resonaba sobre el suelo de mármol, como si el eco mismo intentara advertirme que me diera la vuelta.
—Lady Isobel —dijo una voz suave y firme, tan clara que me erizó la piel.
El príncipe Edwin se puso de pie al verme entrar, su figura alta y esbelta proyectando una sombra alargada bajo la luz. Sus rasgos eran impecables, como si hubieran sido cincelados con precisión: cabello rubio tan pálido que parecía casi blanco y ojos de un azul gélido, fríos como el hielo. Había algo inquietante en esa mirada; no parecía mirar, sino analizar, medir cada uno de mis movimientos.
—Su Alteza —murmuré, inclinando ligeramente la cabeza en señal de respeto.
—Por favor, llámame Edwin —respondió con una sonrisa tan perfectamente calculada que no llegaba a sus ojos. Extendió una mano hacia mí, y aunque dudé, la tomé. Su piel estaba fría, casi tanto como su mirada.
—Gracias, Edwin —respondí, intentando no mostrar mi incomodidad.
Me condujo hacia la mesa, donde una cena opulenta había sido dispuesta con todo el lujo imaginable: platos de plata, copas de cristal tallado y velas perfumadas que llenaban el aire con una fragancia embriagadora. Pero, por más perfecta que fuera la escena, no podía ignorar la tensión que me oprimía el pecho.
—Espero que encuentre la velada de su agrado —dijo Edwin mientras tomaba asiento frente a mí. Sus ojos no se apartaban de los míos, atentos, insistentes.
—Todo es hermoso —respondí con una sonrisa educada, aunque vacía.
Durante la cena, Edwin habló con soltura y confianza, relatando sus viajes y encuentros con reyes y embajadores. Su voz era agradable, modulada, pero sus palabras apenas alcanzaban mi mente. No sentía nada por él. Ninguna chispa, ninguna emoción, solo una barrera invisible que me separaba de todo lo que representaba.
Aun así, no podía ignorar la forma en que me miraba. Sus halagos, aunque envueltos en un tono de respeto, caían con una insistencia que me incomodaba.
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Los Cambiantes
Mystery / ThrillerEn Escocia, en 1820, los rumores sobre una nueva y extraña enfermedad se propagan rápidamente entre los habitantes de un pequeño pueblo. Se dice que aquellos que son tocados por esta maldición, conocidos como los Cambiantes, comienzan a perder lenta...
