Capítulo 10

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Quedé de piedra, nadie dijo nada. Cuando reaccioné, los miré rápidamente a cada uno.

— No entiendo… esto es una broma de mal gusto ¿cierto?

— Ojalá lo fuera.

— No entiendo nada. ¿Quién es Damián Lexington, entonces?

— Dímelo tú si ya lo viste.

— ¿Yo? No, yo no lo conozco —contesté apresuradamente—. Él se aparece en mis sueños.

— ¿Qué? —Benjamín me miró sorprendido.

Miré a Verónica que, con una seña, me indicó que hablara, miré a Adolfo que miraba el suelo y, finalmente, a Benjamín que me miraba confundido. Tomé aire y le conté, con detalle, todos mis sueños.

— Esa fue tu última vida —me explicó Benjamín—. Damián se me adelantó al encontrarte y, cuando yo lo hice e intenté librarle de él…

— Me mató —terminé la oración que él no pudo terminar.

— Así es —bajó la cara.

— ¿Antes también ocurrió lo mismo?

— En todas tus vidas —admitió culpable.

— O sea, estoy condenada a morir pronto —dije con lágrimas en los ojos, pensando en el dolor que eso significaría para mis padres.

— No necesariamente —intervino Adolfo.

— ¿No? ¿Qué lo haría diferente esta vez?

— Podemos hacerte inmortal.

— ¿Inmortal? ¿Y cómo lo harían?

— Como lo hicieron conmigo —indicó Benjamín. Yo lo miré confundida—. Hace muchos años…

— Cuántos.

— Poco más de dos mil años —contestó mirándome fijamente.

— 2000 —repetí inconscientemente.

— Sí, el año 31antes de… —le costaba hablar—, un hechicero me dio la inmortalidad, no solo a mí, también a mi hermano, Damián.

— ¿Por qué?

— Por ser hijos del faraón de Egipto

Yo moví la cabeza. No podía creer esto.

— Hubo un ataque a nuestro país y fuimos sometidos, como hijos de Faraón nos matarían o nos harían esclavos y nuestro fiel tutor, nos convirtió en lo que ahora somos, huyendo de Egipto.

— ¿Son gemelos?

— No, él tiene el “don” de cambiar de aspecto.

— Y usó tu imagen en esa época —quería preguntar, pero no sonó a pregunta.

— Sí.

— ¿Y tú?, ¿qué don tienes?  

Benjamín me miró.

— Todo lo que toco se convierte en oro… por decirlo de alguna forma.

Pensé en sus grandes empresas, de todo tipo, todas exitosas. ¿Por qué, entonces, se había preocupado por la cuenta “Mares”?

— Estaba preocupado por ti —dijo Adolfo como si leyera mis pensamientos. Yo lo miré sorprendida.

— Sí, habían peleado muy fuerte, él pensaba que sólo te estaba dañando, tu no confiabas en él, tu madre no estaba bien, lo escuchó cuando hablabas por teléfono con tus padres y te sentiste mal; estando con él, te pusiste pálida y casi te desmayas, él te preguntó si era su culpa que lloraras, para ayudarte… pero tú no lo dejaste. Lo de la cuenta “Mares” y la traición de Tamara y Jorge fue solo la gota que rebalsó el vaso… o la excusa —explicó Adolfo. 

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