Capítulo 8

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El resto de aquel día fue maravilloso, Benjamín me dejó una hora para ir a  bañarse y cambiarse y que yo hiciera lo mismo. Fuimos a almorzar comida italiana y luego me llevó al cine.

— Tienes que llamar a tu papá —me dijo al volver al departamento, casi en la noche.

— Lo llamo más tarde.

— A mí también me interesa saber cómo sigue tu mamá, anoche no supiste dar razón de ella.

Lo miré, era sincero, así es que llamé inmediatamente.

— La trasladaron a la clínica por unos exámenes, depende de cómo salgan es cuando la den de alta —le conté después de colgar.

— ¿Quieres viajar a verlos?

— Me encantaría, pero son muchas horas de viaje…

— No, si nos vamos en avión.

¿Estaba de broma? Porque a mí no me causaba gracia.

— Puedo arreglarlo para que nos vayamos mañana temprano y estamos todo el día allá con tus padres.

— ¿Y usted iría conmigo?

— Por supuesto.

— ¿Por qué?

— Quiero conocerlos.

— No.  ¿Porque hace esto si se supone que usted me…?

— No lo digas, por favor —me interrumpió molesto.

— Es que…

— Quiero hacerlo, tú misma lo dijiste, estamos bien, no lo eches a perder.

— Entonces no puedo negarme —sonreí.

No contestó, simplemente sacó su celular y habló con alguien, al colgar me miró sonriendo.

— Nos vamos a las siete, así llegamos temprano, desayunamos con tu papá y nos vamos a la clínica a ver a tu mamá.

— No sabemos la hora de visita.

— Si no la podemos ver de inmediato, hablaremos con su médico tratante.

— Gracias —se me llenaron los ojos de lágrimas.

— No tienes nada que agradecer.

— Claro que sí, partiendo por lo que hizo por mí anoche, otro en su caso… —bajé la vista.

Él se acercó a mí y me tomó la cara con sus dos manos.

— Cuando yo estoy con una mujer, quiero que ella también lo esté conmigo, y no niego que fue muy difícil contenerme contigo, pero no estabas en tus cabales para estar con nadie.

Bajé la cara avergonzada.

— No te avergüences, no sabías lo que hacías.

— Yo me acuerdo hasta cuando llamé a mi papá y usted me gritó, ahí todo me dio vueltas y no me acuerdo de nada más.

Él sonrió.

— Ese fue el comienzo de mi martirio.

— ¿Martirio?

— Si antes estuviste rara, después fue peor.

Me puse roja y él rió suavemente.

— ¿Cuántas parejas has tenido, Carolina?

Me puse más roja todavía.

— Sólo uno…, en el colegio.

— Con razón —acariciaba con sus pulgares mis mejillas.

Extraño DestinoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora