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Sabes que pienso si esa noche la recuerdas como la recuerdo yo. Mas bién lo dudo, yo era virgen y tú, mejor ni hablar. Dicen que los hombres somos perros y jugamos al amor, pero nunca dicen cuando las mujeres hieren a los hombres como yo.

A veces quiero llorar, a veces quiero gritar, pensar que me hiciste hombre la primera que a mí me tocó y no te puedo borrar.

—Llorar (Aventura).

Duncan Smirnov:

   Mi amor está respirando.

   —Déjeme ayudarlo, señor. Déjeme cargar su cuerpo y...

    —¡No! ¡Nunca! —bravo enojado por la situación—, mi mujer esta en un río, casi muerta, semidesnuda y ningún hombre que no sea yo puede tocarla. —lo apunto con mi dedo—. Voy a descuartizar a quien le hizo esto y disfrutaré hacerlo como nunca antes lo he hecho. —espeto tajantemente antes cargar a Ava en mis brazos y llevarla conmigo devuelta a la casa.

    La persona que hizo esto, deseara perdón y misericordia, pero para él no habrá.

   Camino lo más rápido que puedo con Ava en mis brazos. Doy las zancadas más grande y largas que he dado en mi vida.

    La desesperación me inunda de sentimientos contradictorios a lo que realmente sentía antes de todo.

   Porque es verdad que estoy enojado con Ava por lo que me hizo, pero no puedo evitar amarla, no puedo evitar querer protegerla y perdonarla.

    Mis soldados me abren las puertas de afuera y entrando veo como se ofrecen a ayudarme a llevar a Ava, pero tajantemente les digo que no, pero que me manden al doctor que tengo en este lugar.

    Las señoras del servicio me abren la puerta de la oficina que da con el jardín y de inmediato entro para encaminarme hacia mi habitación.

   Al llegar pateo la puerta.

   No tengo tiempo para formalidades.

   Maldición, mi mujer está inconsciente.

   La coloco en la cama suavemente y me subo para comprobar si sigue respirando.

   Si está.

   El doctor entra rápidamente y colocando su artefacto de doctor, se sube a la cama para chequear a Ava.

    —¿Qué le pasó? —me pregunta él sacando una jeringa para inyectarle algo.

    Frunzo mi rostro.

    —¡Que sé yo! La encontré en el río cuando ella debería de haber estado aquí descansando. —me acerco a él y le sostengo el brazo—. ¿Qué es eso que piensa inyectarle a mi mujer? Tiene que explicarme que le va a hacer, maldición. Ella muere y yo lo mato. ¿Entendido?

   Él me mira y me sonríe.

  ¿Acaso he hecho un chiste?

   —Solo le inyectare un suero que contiene calmante para el golpe que tiene en las costillas. Al parecer se golpeo con las rocas... —termina de inyectarle el suero y revisando le los ojos, vuelve su mirada hacia mi—. Ella está bien. Está un poco desorientada. Parece que bebió un poco de agua. Que descanse, la mantendrán vigilada las dos enfermeras que ya mandé a buscar.

    Camino de un lado hacia el otro lado.

    Maldita sea.

   Damian entra por la puerta con un rostro anonadado.

   —Señor, usted va a flipar como dicen los españoles, cuando vea estas imágenes. —empieza a caminar hacia mí con una tableta en sus manos—. Se recuerda cuando ayer a las 5 de la madrugada le dije que se despidiera de su esposa y usted como estaba enojado con ella no quiso, estos videos apoyan esto, mire...

DESEO CARNALDonde viven las historias. Descúbrelo ahora