— ¡Fiorella muerta! — dijo Josh, incapaz de creer sus propias palabras
— Así es, jefe. La encontraron colgada en la habitación de su departamento.
No podía procesar tales palabras de mi colega. ¿Qué es lo que había sucedido realmente? Mi colega muerta en su habitación... ¿Quién habrá sido el culpable de tal acto? Eran algunas de las preguntas que me formulaba en mi cabeza, sin imaginar quién estaría detrás de esos actos. Impaciente, llamé a mi equipo para que investigaran. A las doce en punto, mi equipo salió rumbo a la casa de Fiorella.
— Sea quién sea el culpable de tu crimen, Fiorella, lo haré pagar — dije mirando su foto sobre el escritorio.
Mi hija era una de las mejores cadetes de policía; era un haz de la luz en el disfraz. Pero lastimosamente, un malnacido te quitó la vida.
No te preocupes, mi amada hija; tu padre se hará cargo de todo, así como siempre lo he hecho. Y tu recuerdo y valentía vivirán siempre con nosotros.
Pov Jennifer.
Caminaba por el bosque sin rumbo alguno, su piel extremadamente blanca, sus ojos celestes y su cabello oscuro, antes castaño, revoloteaban con la brisa en su rostro. Su ropa desgastada daba señales de que claramente su situación no era como la de los demás, que era de contextura más humilde. No tenía amigos ni una familia en la que sostenerse. Soñaba con un hombre que la hiciera sentir mujer, tal vez alguien con quien tener intimidad por primera vez. Casarse y tener hijos eran sus más grandes anhelos, más que nada, casarse. Hacía tiempo que estaba en los pies de un hombre, uno que no era como los que ves en las calles habitualmente. Este hombre era especial: piel pálida y ojos rojos, cabellera oscura, mirada encantadora, sonrisa simpática y coqueta, con un atractivo que enamoraría a cualquier mujer. Porque eso hacen los psicópatas: engañan sin importar quién tienen al frente. Al parecer, ese era el nuevo estilo de hombre que Jennifer prefería, uno que le prestara atención solo a ella, que en pocas palabras, se obsesionara con ella. Que la hiciera mujer.
— ¿Dónde estás, príncipe? — pensaba mientras soñaba despierta.
Siguió caminando hasta que sus ojos celestes, como el cielo, se toparon con un edificio un extraño hospital. ¿Qué hacía un hospital en medio del bosque, con la fachada desgastada? Se preguntó ella. Tomó valentía de donde menos se imaginó y entró al hospital. Al parecer, no había nadie. El olor a sangre seca era terrible, y la descomposición, aún peor.
Sus ojos se perdían en el umbral de aquel lugar tan extraño, pero sorprendente a la vez. En ese lugar, buscó a su príncipe. Era la única información que ella tenía: que era doctor. Tal vez él se encontraba ahí, o quizá la estaba esperando.
— ¿Smiley? — leyó en la pared.
Las letras estaban pintadas con sangre. Ahora sabía el nombre de su príncipe, el siniestro nombre o apodo que él tenía.
CONTINURA
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