Capitulo 27

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La chica de ojos celestes seguía recorriendo aquel extraño lugar, al parecer no estaba habitado. En un momento llegó al final del pasillo, allí donde la luz alumbraba poco y la oscuridad y la humedad se dejaban ver. Una habitación llamó su atención, y curiosa, entró. Lo raro es que no estaba con llave, sino que estaba abierta, como si el dueño del lugar supiera que ella iba a ir. La imagen de la habitación la sorprendió: cuerpos y partes de estos por todo el lugar. Algunos, en su lugar, hubieran salido corriendo y acusado a la policía, pero ella sintió lo contrario; en ese momento, su cuerpo sintió satisfacción.

La chica tocó todos los frascos con restos de cuerpos humanos: ojos, partes de orejas, etc.

— Dios mío, qué olor — pensó, — Pero la imagen me gusta.

Se acercó a la vitrina. En ese momento, las pisadas de unas botas la asustaron; al parecer, alguien había entrado al lugar. Lo primero que pensó fue en esconderse, pero ¿y si era su príncipe? Se perdería la oportunidad de verlo a los ojos. No se iba a exponer su encuentro con él; tenía que ser especial, sin importar qué sucediera. Se escondió en el armario, se cubrió la boca y guardó silencio.

Cuando el ruido cesó, finalmente decidió salir. Esta vez había salido con vida; de lo contrario, hubiera sido una víctima más.

El doctor estaba en su oficina con su secretaria, mirando un periódico viejo que comunicaba el supuesto suicidio de una joven. Smiley y Karen se rieron; sus risas se escuchaban por todo el edificio. Sus manos estaban manchadas con sangre, sangre de inocentes. Smiley no era diferente a los demás psicópatas o asesinos del bosque. Ni Jeffrey Dahmer se había animado a tanto. Todos los crímenes que el doctor había cometido eran difíciles de contar, y de hecho, nadie sabía o podía calcular cuántos asesinatos estábamos hablando. Generalmente, asesinaba a mujeres en situación de calle, prostitutas, etc.

—Me mata que la policía no sepan investigar bien un caso — rió el doctor

— Sí, son unos tontos, buenos para nada — dijo Karen. — ¿Por cierto, no has notado que alguien nos ha estado observando?

— No, y si alguien se atreviera, acabaría muerto — respondió el doctor.

— Tienes razón.

...

La joven de piel pálida apenas había logrado escapar. Entre sus delicadas manos se encontraba un bisturí, una lupa y un pequeño frasco que conservaba un ojo en su interior.

— Ahora tendré algo de él en mi casa, lo cual apreciaré todos los días — se dijo a sí misma en susurros.

El día siguiente fue lluvioso. Las personas transitaban menos, y lo que era malo para los ciudadanos era bueno para los asesinos. El doctor caminaba por la acera, esta vez cubierto, ya que supuestamente lo estaban buscando. En el mismo callejón de todos los días, se encontró con una prostituta vestida con poca ropa y, además, estaba ebria.

— ¿Quieres divertirte, guapo? — habló la mujer.

— Me encantaría — sonrió el doctor.

Su sonrisa siniestra se formó en su rostro. La mujer apenas se podía mantener en pie, se acercó y acarició el pecho de aquel hombre, a través de su camisa negra.

Para Smiley, le parecía un acto desagradable, pero para ella era todo lo contrario. En un momento, la mujer quiso besarlo, pero fue más producto del momento.

— Wow, un momento, muñeca. Vamos despacio, con calma — sugirió.

— No puedo, tengo demasiados
clientes — le regañó ella con la voz entrecortada y difícil de entender.

— Este lugar es muy público. ¿Por qué no vamos a un lugar más tranquilo para tener mayor privacidad? Allí podremos hacer lo que quieras — dijo el doctor.

— ¿Y serás solo mío? —La mujer lo miró por unos instantes

— Claro que sí, hay doctor para todas.

Ambos caminaban hasta adentrarse en el bosque. La mujer estaba muy ebria como para querer volverse.

— Guapo, ¿cuánto falta para llegar?

— No mucho. ¿Si quieres te cargo? — sonrió el doctor coqueto.

—Me encantaría — El doctor cargó a la mujer con delicadeza.

Al llegar al hospital abandonado, Smiley depositó a la mujer en una camilla de emergencias iluminada con una leve luz, mientras que él preparaba sus utensilios médicos. Smiley disfrutaba cada momento que podía en su hospital, era su único amor. Se colocó los guantes y la mascarilla.
Una leve queja lo hizo despertar de su sueño la mujer había despertado.

— Vaya, guapo. ¿Así que quieres jugar con disfraces?. Me gusta eso — sonrió la rubia.

El extraño hombre solo se quedó quieto en la penumbra, su sonrisa se abría de par en par. La chica le hacía gestos, pero no se podía mover, ya que unas esposas de hierro sujetaban sus manos y pies.

— Guapo, ¿eres masoquista? — dijo ella con nerviosismo — Me gusta todo tipo de juegos, pero los que implican golpes no me gustan. Así que te sugiero que me sueltes.

— Oh, ¿así que no te gustan los juegos?. Qué triste. A mí sí me encantan, No te preocupes, cuando termine el juego no va a quedar ningún rastro de tus gritos, porque te haré gritar como nunca — Se acercó hasta ella con su vestimenta de doctor.

Su cubrebocas tenía dibujada una sonrisa espeluznante.

AqueL extraño ser para ella, se rió, la chica, sin entender, comenzó a sentir miedo, ese miedo que el doctor disfrutaba, ese aroma que las víctimas desprenden. El aroma se puede sentir como a kilómetros de distancia. Así es como los asesinos cazan a sus víctimas.

— No entiendo lo que dices, guapo.

Antes de que la mujer pudiera escapar, el doctor le aplicó su sustancia azul y la mujer cayó dormida. Después de unas horas, ella volvió a despertar confundida.

— ¡Déjame ir! Ya no me gusta este juego — dijo ella.

— Oh, ¿en serio? Yo pensé que sí, eso fue lo que me dijiste — Tomó una sierra y la apreció con delicadeza.

— ¡Te dije que me dejaras ir! — volvió a gritar ella.

—¡Silencio! Cálla. Solo estoy tratando de ayudarte, ayudar a que aceptes tu destino. No seas vulgar. Dicen tus clientes: "Obedece y tendrás una buena recompensa". Todo eso te dicen.

La rubia observó con sorpresa al doctor. ¿Cómo era posible que él supiera esas cosas? Si ella jamás se lo había dicho a nadie. Las chicas de su club tenían un trato, una especie de pacto para no decir nada a ningún extraño. Todo lo que sucediera se quedaba en las habitaciones. Pero esta vez ella no estaba en su zona de confort.



CONTINURA

Doctor Smiley Donde viven las historias. Descúbrelo ahora