cumplir fantasias

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ALMA:

Sabía que Jungkook y yo íbamos a conquistar el mundo. Lo sentía en los huesos, en cada fibra de mi ser. Por eso, esta vez no iba a permitir que nada, ni nadie, me hiciera dudar. Ni siquiera mi padre.

Sin pensarlo más, me acerqué y le di un beso a Jungkook. Uno lento, firme, decidido. Y él, como si hubiera estado esperándolo toda su vida, me lo devolvió con una pasión que no recordaba haber sentido nunca antes. La temperatura entre nosotros se disparó. Las manos se buscaron con urgencia. Los labios no se separaron. Todo lo demás desapareció. El mundo podía estarse cayendo, pero nosotros éramos un incendio en medio del caos.

Me tomó de la cintura, con esa mezcla perfecta de fuerza y cuidado, y me llevó hasta la habitación. No hubo palabras, solo miradas que lo decían todo. Nos desnudamos casi sin darnos cuenta. Las prendas cayeron al suelo como si no importaran. Y, en efecto, no importaban.

Cuando finalmente estuvimos en la cama, todo se volvió más intenso. Cada caricia, cada roce de su piel contra la mía, era una declaración. Sus manos conocían mi cuerpo como si siempre hubieran sido suyas. Yo lo guiaba, y él me seguía como si pudiera leerme el pensamiento. Mi respiración se volvió más rápida, entrecortada, y sentía su aliento en mi cuello.

En un momento, entre jadeos, le dije con una sonrisa torcida:
—Realmente… lo haces muy bien.

Él me miró, sin dejar de moverse, y respondió en voz baja pero firme:
—No es que sea bueno… es que la compañía me hace ser bueno.

Mi cuerpo tembló bajo él, no solo por lo físico, sino por todo lo que nos estaba pasando. Mi pecho subía y bajaba con rapidez. Estaba agitada, envuelta por una mezcla de placer, amor, adrenalina y algo que no quería reconocer en voz alta: vulnerabilidad.

El ritmo fue subiendo hasta que alcanzamos juntos el clímax. Un instante suspendido en el tiempo, donde lo único que existía era él y yo. Su frente se apoyó en la mía, nuestras respiraciones sincronizadas. Lo miré a los ojos, brillantes por el esfuerzo, por la emoción, por nosotros.

—Te amo, Alma. Realmente… te amo —dijo, sin miedo, sin rodeos.

Lo miré unos segundos, sintiendo cómo esas palabras me atravesaban.

—Yo también… Sabes que no me gusta la cursilería, pero realmente sí te amo, Jungkook —respondí, sin apartar la vista de la suya.

Me acurruqué a su lado. Pensé que tal vez, por una vez, podríamos quedarnos así un rato más. Pero el destino nunca nos da tregua.

Su teléfono vibró. Jungkook se incorporó un poco, lo leyó y me lo mostró:
“Bajen. Un enemigo fue visto rondando cerca del terreno.”

No dijimos nada. Solo nos miramos. En menos de un minuto ya estábamos vestidos, como si no hubiera pasado nada. La calma antes de la tormenta.

Bajamos juntos y, en cuanto cruzamos la puerta del salón, escuchamos la voz grave y fría de mi padre:
—Hasta que por fin decidiste llegar —me dijo, con esos ojos que no pierden detalle.

Me crucé de brazos.
—Papá, acabas de mandar el mensaje. Estamos aquí.

Jungkook intervino, con esa tranquilidad que me desespera y admiro al mismo tiempo:
—Sí, señor Johnson. Yo estaba con Alma y el mensaje recién me llegó.

Mi padre asintió con un gruñido.
—Bueno ya… Vayan al terreno y vean qué es lo que pasa.

El señor Jeon,se acercó también.
—Sí, hijo. Y Alma… por favor vayan. Nosotros nos quedamos aquí cuidando la casa.

Jungkook y yo nos miramos por una fracción de segundo. Esa mirada que decía todo: esto no ha terminado. Asentimos y salimos de la casa, una vez más, listos para enfrentarnos al infierno si era necesario.

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