ALMA:
Tres horas había pasado un hilo de conciencia pasó por mi cabeza hasta que la rabia ocupó el lugar del vértigo.Después de haberme recuperado unas tres horas del veneno que corría por mi sangre, ya no aguantaba más la sensación de impotencia. El dolor de cabeza había disminuido, pero el fuego en mi pecho no. Necesitaba respuestas, necesitaba ver la cara del desgraciado que había tenido la osadía de tocarme, de drogarme, de dejarme vulnerable.
Jungkook no dijo nada, solo me acompañó, como si supiera que no iba a ceder hasta tener al culpable frente a mí.
Volvimos al recinto esa misma noche. Las cámaras, los pasillos, los rostros de nuestra gente… todo lo miraba con una mezcla de rabia y desconfianza. No había seguridad real cuando un enemigo podía entrar hasta tocarte el hombro y desaparecer como si nada.
Revisamos las grabaciones con minuciosidad. Yo iba adelantando cada cuadro, cada sombra, cada gesto. Jungkook se mantenía de pie detrás de mí, tenso, con los brazos cruzados, vigilando hasta el sonido del aire.
Y entonces lo vimos.
Un hombre, no muy alto, vestido de manera corriente, caminaba como si fuera parte del lugar. No levantaba sospechas, pero en un momento quedó claro: el roce de su hombro con el mío, justo antes de que mi visión empezara a nublarse. Era él.
—Es ese hijo de puta —dije con voz gélida, apretando la mandíbula.
No hubo dudas. No necesitábamos más pruebas. Lo rastreamos rápido; la red de contactos de nuestras familias todavía funcionaba como un reloj aceitado para estos casos. En menos de una hora, lo teníamos.
El bastardo fue traído a un cuarto oscuro, húmedo, con olor a metal oxidado y a encierro. Lo sentaron en una silla de hierro, las manos amarradas a la espalda, la cara ya marcada de los golpes previos.
Me paré frente a él. Mi respiración estaba controlada, pero mi interior era un incendio.
—Habla —dije con voz cortante.
No respondió. Solo levantó la mirada, con un brillo desafiante que me hizo hervir aún más la sangre.
Le di un golpe en la cara con el dorso de la mano. Escupió sangre, pero siguió callado.
—¿Quién te mandó? —insistí, alzando la voz.
Nada.
Jungkook estaba a mi lado, inmóvil, pero lo sentía contenerse. Era como un animal salvaje esperando mi señal para destrozar al enemigo.
Lo agarré del cabello, obligándolo a mirarme a los ojos.
—Dime quién fue —gruñí.
Él cerró los labios, obstinado, como si el silencio fuera su única forma de resistencia.
El sonido de mi respiración era lo único que se escuchaba en esa sala oscura. Mi rabia crecía. Mi paciencia se agotaba.
—No dirás nada… —murmuré con desprecio, soltándole la cabeza bruscamente.
Me alejé un paso, intentando calmar el pulso que me golpeaba en las sienes. Miré sus ojos otra vez y vi ese maldito vacío, ese muro que no quería romperse.
Y entonces lo supe: lo odiaba más por callar que por haberme drogado.
—No dice nada… y no sé qué haría con él —susurré con rabia, mirando al suelo.
JUNGKOOK:
Yo sí sabía qué iba a pasar.
El silencio de Alma era el preludio de una tormenta. Vi cómo su mano fue directa a la cintura, lenta, segura, como si lo hubiese pensado desde antes. Y cuando sacó ese cuchillo, brillante bajo la escasa luz del cuarto, entendí que su pregunta no había sido retórica.
Alma no preguntaba qué haría con él. Alma ya había decidido.
—Habla… —su voz salió firme, cargada de veneno— o voy a tener que abrirte la boca yo misma.
Lo dijo con tanta calma que por un instante pensé que era una amenaza vacía, un simple recurso para quebrar al hombre. Pero en sus ojos vi algo más: determinación absoluta.
El tipo seguía mudo, jadeando por los golpes, con la cara llena de sudor y sangre seca. Pensó que podía resistirla. Pensó mal.
Entonces lo vi.
Alma, con un movimiento preciso, le deslizó el filo por la comisura de los labios. No fue profundo al principio, apenas un corte, pero suficiente para que la sangre empezara a brotar.
El hombre gritó.
Y Alma, sin pestañear, repitió:
—Habla.
Él volvió a cerrar la boca.
Y fue ahí cuando lo entendí: la frase era literal.
Ella lo iba a abrir.
Con un segundo movimiento, más firme, más cruel, el cuchillo trazó una línea desde la comisura hasta casi la mejilla, alargando esa “sonrisa” en un gesto macabro.
La sangre chorreó, caliente, manchando su camisa, tiñendo el piso. El grito fue tan agudo que hasta yo sentí escalofríos.
Y aun así, una pequeña risa escapó de mis labios.
—Esa es mi chica —susurré para mí mismo, apenas audible. Sé como es ella y por eso me encanta
Me sorprendió verla así, tan malvada, tan despiadada… y me gustó. Me excitó el frío de su mirada, la exactitud de su mano. Porque esa era Alma: la mujer que podía asustarme y fascinarme al mismo tiempo.
El hombre, entre llantos y gemidos, al fin quebró.
—¡No sé cómo se llama! —gritó, la voz temblando, quebrada por el dolor—. Solo me contrataron… me dijeron que debía chocar contigo, ponerte la droga encima… ¡pero no sé nada más! ¡Lo juro!
La sangre le corría por la barbilla, su respiración era errática. Intentaba hablar y el dolor lo cortaba, pero aun así seguía.
—Me pagaron en efectivo, ¡ni siquiera sé su cara! ¡En serio, créanme!
Alma lo miraba fijo, con una frialdad que helaba la sangre. No pestañeaba, no mostraba piedad.
Yo, desde atrás, lo observaba todo. Y sentí un escalofrío recorrerme la espalda. La escena era brutal, incluso para mí, que crecí en la mafia, que vi a hombres morir de mil formas. Pero lo que me estremecía no era la violencia. Era que venía de ella.
Alma.
La misma mujer que podía besarme con dulzura y ahora arrancarle un grito a un hombre como si se alimentara de él.
Ella era mi cómplice, mi aliada, mi fría Alma.
La mujer que podía sostenerme cuando el mundo pesaba.
Y la mujer que, en su furia, me recordaba que juntos éramos imparables.
Lo miré, semiinconsciente, con el rostro destrozado. Ya no iba a aguantar mucho. Su resistencia estaba rota, y todo lo que pudiera darnos estaba sobre la mesa.
Pero lo que vi en Alma en ese momento… no era solo una venganza. Era una declaración de poder.
Y en silencio, dentro de mí, juré:
Quienquiera que esté detrás de esto… va a pagar.
Y no tendrá la suerte de quedar vivo para contarlo.
Y yo cumplo los juramentos aunque sea con o sin Alma lo cumpliré.
Salimos de allí tal vez no con la información que queríamos, pero con esto podemos empezar a subir la categoría para encontrarlo. La noche nos esperaba con más compromisos: llamadas que cortar, identidades que verificar, oficinas que mirar de cerca. Pero en el pasillo, antes de salir, tomé su mano y la apreté. No lo hice por protegerla —ella no lo necesita— sino por afirmar el pacto que sellábamos con sangre, con filo y con palabras: iríamos hasta el final.
Mientras la luna se deslizaba sobre el coche, supe que la búsqueda apenas comenzaba. Teníamos un hilo, y sabía hacerlo tirar. Porque con Alma a mi lado, la pieza que parecía inalcanzable era ahora accesible: solo hacía falta seguir el rastro y no soltar la cuerda hasta encontrar la cabeza que movía todo aquel teatro de manos limpias.
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mi complice
FanfictionAlma una chica latinoamericana que le encanta asesinar debido que es mafiosa junto a su padre y por lo mismo la familia jeon pide que la familia de alma se fueran a corea y ahi conoce a jungkook el que se cree el más poderoso y el mejor mafioso desp...
