no puedo...

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JUNGKOOK

Había algo en el aire aquella tarde, algo que no podía explicar, como si lo que había pasado en ese cuarto de entrenamiento, esos golpes que compartimos, hubieran cambiado algo entre nosotros.

Pasó un rato, y el dolor en mis costillas se hacía más intenso, pero también estaba esa otra sensación, una que me empujaba a salir de mi cuarto y buscar a Alma. Quizás, inconscientemente, quería continuar ese raro entendimiento que habíamos alcanzado. Sin pensarlo mucho, me levanté y caminé hacia su habitación, mis nudillos golpeando suavemente la puerta antes de abrirla.

Alma estaba sentada en el borde de la cama, su mirada fija en la ventana. No había rastro de la frialdad habitual en su rostro, o al menos eso me parecía. Parecía más relajada, como si los eventos del día la hubieran dejado un poco vulnerable, aunque sabía que nunca lo admitiría.

—Alma —la llamé suavemente, tratando de no alterarla—. ¿Te parece si vamos ahora al supermercado? Podemos comprar alcohol y lo que quieras, y... ya sabes, relajarnos.

Ella giró lentamente la cabeza hacia mí, sus ojos oscuros y profundos mirándome por un momento antes de asentir.

—Está bien —respondió con esa voz suave y firme que conocía tan bien. No había sonrisas ni expresiones innecesarias, pero aceptó, y eso ya era algo.

Salimos de la casa y subimos a mi auto. Conduje en silencio, aunque mi mente estaba llena de pensamientos, repitiendo una y otra vez los momentos que habíamos compartido en ese cuarto. Era extraño cómo alguien tan distante y frío como Alma podía hacer que sintiera una conexión tan fuerte, aunque fuera a través de los puños.

El supermercado estaba a unos diez minutos de la casa, y el trayecto se sintió más corto de lo habitual. Una vez allí, caminamos juntos por los pasillos, sin prisa pero tampoco deteniéndonos demasiado en ningún lugar en particular.

Encontramos la sección de bebidas alcohólicas, y después de una breve discusión, elegimos una botella de whisky y una de vodka. Algo fuerte para una noche que prometía ser larga.

Justo cuando nos dirigíamos a la caja, Alma se detuvo de repente en uno de los pasillos y giró hacia mí, con una sonrisa inesperada en su rostro. Era raro verla sonreír así, con tanto entusiasmo, y me tomó por sorpresa.

—Jungkook —dijo, casi como una súplica—, ¿podemos comprar gomitas y chocolates? Por fis.

Esa petición era tan infantil, tan opuesta a su personalidad usual, que no pude evitar reírme suavemente. Asentí.

—Bueno, si así lo deseas —le respondí, tratando de ocultar mi sonrisa, pero fallando miserablemente.

Cargamos con las bolsas llenas de alcohol y dulces, y regresamos al auto. El viaje de vuelta fue igualmente silencioso, pero no incómodo. Había una extraña sensación de calma entre nosotros, como si ambos supiéramos que esa noche sería diferente, pero no podíamos predecir cómo.

Una vez en la casa, sin discutirlo demasiado, decidimos ir a mi habitación. Era raro, ya que normalmente Alma prefería su propio espacio, pero hoy parecía estar más relajada, más dispuesta a seguir el flujo de las cosas. Pusimos algo de música, nada demasiado fuerte, solo lo suficiente para llenar el silencio, y comenzamos a beber.

Al principio, todo fue bastante normal. Bebíamos, intercambiábamos algunas palabras sin importancia, y de vez en cuando Alma mordisqueaba una de las gomitas que había comprado. Pero poco a poco, a medida que el alcohol comenzaba a hacer efecto, las palabras se volvieron más sueltas, menos cuidadas. Alma, que normalmente era tan reservada, comenzó a reírse por cosas que ni siquiera tenían sentido, y yo no estaba mucho mejor.

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