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El atardecer acariciaba las hojas de los árboles con una calidez dorada, y el sonido de los pasos tranquilos sobre el sendero de tierra marcaba el regreso. Shizu, algo más callada que de costumbre, caminaba de la mano de Itachi mientras la otra sostenía con suavidad el borde de la capa de viaje que llevaba Shisui, que iba a su lado. Aunque la escapada había sido serena, reveladora y llena de amor, el peso de lo que había aprendido aún danzaba en su interior como mariposas confundidas.
Shisui notaba la manera en que su hija lo observaba de reojo. No era rechazo, tampoco miedo. Era una tímida y dulce curiosidad. Como si al saber que era su padre, algo dentro de ella hubiese empezado a mirarlo con otros ojos. Ya no era solo "el amigo de papá" que la hacía reír. Era alguien a quien parecía estar conociendo de nuevo.
—¿Entonces se conocieron cuando eran niños? —preguntó finalmente Shizu con voz baja, pero clara. Sus mejillas estaban ligeramente sonrojadas.
—Sí —respondió Shisui, sonriendo mientras bajaba la mirada hacia ella—. Itachi tenía mi edad cuando empezamos a entrenar juntos. Fue uno de los primeros en seguirme el ritmo.
—Y el único que te ganaba a veces —añadió Itachi, sin dejar de caminar.
Shizu soltó una risita, el sonido ligero llenando el aire.
—¿Y tú sabías desde entonces que iban a ser... familia?
Shisui e Itachi se miraron por un instante. Fue una mirada breve, cargada de lo que habían vivido, de todo lo que aún no habían dicho. Pero también de calma. De aceptación.
—Creo que lo supe cuando lo vi luchar por las personas que amaba —dijo Shisui al fin—. A veces uno no lo entiende enseguida, pero cuando alguien es importante, lo sabes aquí —colocó una mano sobre el corazón de Shizu—. Y tú también estuviste aquí desde el primer momento en que te vi.
Ella bajó la cabeza y apretó el borde del manto con fuerza. Sus ojos brillaban con emoción.
—¿Y tío Sasuke? ¿Él sabe que soy su sobrina?
—Lo sabe —respondió Itachi, con suavidad—. Le hablé de ti. Está contento. Dijo que quiere conocerte bien, en otro momento. Cuando tú estés lista.
Shizu asintió con lentitud. Había muchas cosas nuevas para una sola niña. Pero en ese instante, lo único que importaba era que ambos estaban allí, caminando a su lado.
El viaje de regreso fue silencioso en algunos tramos, pero no incómodo. Era el silencio de quienes están digiriendo verdades importantes, el silencio que precede a los grandes comienzos.
Ya cerca del anochecer, cuando las farolas de fuego se encendían en los bordes de la aldea y las casas del límite se volvían siluetas cálidas entre los árboles, Itachi divisó la entrada de su hogar. Había humo saliendo de la chimenea, y un olor a guiso se colaba con la brisa. Shizu corrió unos pasos hacia la puerta en cuanto la vio, y Shisui la siguió con la mirada.