El cielo sobre Konoha se pintaba con los colores anaranjados y dorados del atardecer. Las ramas de los árboles se mecían suavemente con el viento, y el campo de entrenamiento número siete se encontraba desierto, salvo por dos figuras sentadas en una de las plataformas de madera a medio destruir por sus propias batallas.
Sasuke, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada clavada en el suelo, escuchaba el sonido de las hojas. Naruto, a su lado, bebía lentamente agua de una cantimplora, observando de reojo a su mejor amigo con la paciencia de quien ya sabía que las palabras llegarían eventualmente.
—Fui a hablar con él —dijo Sasuke al fin, su voz baja, casi apagada por el viento.
Naruto se giró, más alerta.
—¿Con Itachi?
Sasuke asintió, sin alzar la vista.
—Fuimos al distrito Uchiha. Caminamos por las calles vacías, por la casa donde todo terminó. No sabía si quería golpearlo o abrazarlo. Pero terminé escuchándolo.
Naruto no dijo nada por unos segundos. Solo lo dejó hablar, como había aprendido a hacer con el tiempo.
—Me dijo la verdad. Al menos, una parte de ella. Que hizo lo que hizo porque se lo ordenaron. Que quiso protegerme. Que pensó que ese era el único camino... Y aún así, Naruto, ¿cómo se perdona algo así?
Naruto tragó saliva, dejando la cantimplora a un lado.
—No se trata de perdonarlo de un día para otro. No puedes borrar lo que pasó, Sasuke. Pero sí puedes elegir qué hacer con lo que sabes ahora. Puedes seguir cargando con esa rabia... o transformarla en algo diferente.
Sasuke suspiró.
—Él tiene una hija. Shizu. Es pequeña. Inocente. Es dulce, Naruto. Shisui habla de ella todo el tiempo. Y no puedo dejar de pensar en lo que pensará cuando crezca y sepa la historia de nuestro clan.
—Sabrá enfrentarlo, es una Uchiha.—respondió Naruto, con firmeza.
Sasuke alzó la vista, por fin mirándolo. Sus ojos no eran los de un adolescente cualquiera; eran los de alguien que había visto demasiado, que había llevado demasiadas guerras en el pecho.
—No soy bueno con esto. Con... sentir. Con dejar ir.
—Lo sé. Pero estás intentándolo —Naruto sonrió un poco—. Y eso vale. Más de lo que crees.
El silencio volvió por unos segundos, antes de que Sasuke hablara de nuevo.
—Itachi ya no ese chico que se manchó las manos de sangre... Es un padre. Humano. Vulnerable.
Naruto asintió.
—Tal vez eso es lo que siempre fue. Solo que nunca tuvo la oportunidad de mostrárselo a nadie. Hasta ahora.
Sasuke bajó la cabeza. Sus manos temblaban un poco.
—Le pedí conocerla. Quiero intentar... entenderlo. A él. A la vida que construyó después de todo. Quizás, si lo hago, pueda volver a construir algo para mí también.
Naruto le dio una palmada en el hombro.
—Ese es el Sasuke que conozco.
Sasuke bufó con suavidad, un amago de sonrisa en la comisura de los labios.
—No lo digas muy alto.
Naruto se rio.
—Tranquilo. Se queda entre nosotros.
El sol ya casi se ocultaba, tiñendo el cielo de un púrpura suave. Ambos chicos se quedaron ahí un rato más, compartiendo el silencio como solo ellos sabían hacerlo. El aire estaba lleno de cicatrices invisibles, pero también de pequeñas semillas de esperanza.
