Capítulo 23

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Nuevo yo

—Hikaru Kobayashi.

Hay cosas que la gente nunca ve.
Y otras que ve, pero decide ignorar.

Yo soy ambas.

A veces me despierto y no sé quién soy. No sé si el que abre los ojos cada mañana sigue siendo Hikaru o solo el eco de todo lo que me obligaron a cargar.

No recuerdo exactamente en qué momento mi cuerpo dejó de ser mío. Solo sé que un día se convirtió en una prisión con demasiados fantasmas adentro. Una jaula silenciosa donde gritan voces que no son mías. Que nunca lo fueron.

Tengo un don, dicen. Una maldita habilidad que me pudre desde dentro.
Solo necesito mirarte o tocarte.
Y si mueres poco después, una parte de ti se queda conmigo.

No es tu alma. No es tu rostro.
Es peor.
Es lo que te hacía único. Lo que te diferenciaba del resto. Tu rabia, tu destreza, tu instinto. Todo lo que fuiste, ahora soy yo.

La primera vez que me pasó tenía seis años.
Seis.
Toqué la mano de un hombre cubierto de sangre y cuando murió, de pronto supe cómo disparar. Cómo matar. Cómo sobrevivir en un mundo que no entiende de ternura.
Nadie me enseñó.
Simplemente lo sentí. Como si en mi cabeza se encendiera algo frío, preciso, inhumano.

Y con eso vino lo demás.
Su miedo. Su desesperación. Sus pensamientos antes del último aliento.
Entraron en mí sin pedir permiso. Y desde entonces no han salido.

Hay días en los que me cuesta recordar qué emociones son mías.
Hay noches en las que despierto con gritos que no reconozco, lágrimas que no me pertenecen.

Mi padre lo llama un don.
Yo lo llamo una maldición disfrazada de obediencia.
Porque para que funcione, alguien tiene que morir. Siempre.
Y cada vez que alguien muere, yo me convierto un poco más en él.

Durante años intenté resistirme.
Durante años solo apretaba el gatillo cuando me lo ordenaban, con los ojos cerrados, el alma anestesiada y las manos frías.

Hasta que lo vi.
Hasta que vi a ese hijo de puta golpeando a Emiko.

No lo pensé.
No lo dudé.
Lo maté con mis propias manos.

Y desde entonces, él también vive en mí.
Como todos los demás.

Porque eso es lo que soy. Una mezcla podrida de las vidas que he destruido.
Una máscara con muchos rostros.
Y ninguno es verdaderamente mío.

Sé que soy fuerte. Sé que tengo el poder suficiente como para haber acabado con todos ellos. Uno por uno. Sin temblar. Sin mirar atrás. Podría haberlo hecho, y lo sé.

Pero también sé lo que eso significaría.

Sentir lo que sintieron al morir.
Pensar como pensaron en su último segundo de vida.
Cargar con sus recuerdos, con su miedo, con su rabia.
Dejar que todo eso se mezcle con lo que queda de mí, como si yo no fuera más que un recipiente para la basura que dejaron atrás.
Y no estoy listo.
No aún.

Las personas que viven dentro de mí, los ecos de sus vidas, los mantengo a raya. Me esfuerzo por no usarlos, por no rendirme al instinto de tomar lo que me dejaron. Porque sé lo que pasaría si lo hiciera. Sé que terminaría pareciéndome a ellos. Que terminaría disfrutándolo. Que dejaría de importarme.

No quiero ser un monstruo.
Aunque a veces ya no sé si es que no quiero serlo… o si simplemente intento convencerme de que no lo soy.

Sabía que no iba a poder evitarlo para siempre. Que en algún momento pasaría. Porque él vuelve. Siempre vuelve.
Mi padre no se detiene. Nunca lo ha hecho.
Y no va a parar hasta tener lo que quiere: un arma perfecta hecha a su imagen.
Hecha con mi carne, con mi sangre, con todo lo que alguna vez me hizo humano.

Only Us (Jara)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora