XXVII

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La casa de su tía tenía ese olor antiguo a madera y polvo, mezclado con algo que solo podía describirse como nostalgia. Osamu estaba en una de las habitaciones del primer piso, ordenando una caja de libros y adornos olvidados que su tía le había encargado limpiar. Era un trabajo sencillo, rutinario, pero lo aceptaba siempre que podía. No tanto por el dinero, sino por la sensación de calma que le proporcionaba estar allí, lejos de los conflictos en su hogar, en un lugar donde podía escuchar sus propios pensamientos.

Mientras pasaba un trapo por un jarrón de porcelana azul, recordó las palabras de su tía cuando le ofreció acompañarla en su próximo viaje. Era una gran oportunidad para que él pudiera despegar su carrera como escritor, solo con imaginarlo le daban ganas de saltar por la habitación.

El sonido de golpes suaves en la puerta principal lo sacó de sus pensamientos. Escuchó  los pasos de su tía dirigiéndose a abrir la puerta, seguido por un breve intercambio de voces. Reconoció al instante la que le respondió a ella: su hermano, Ranpo.

No tardó mucho en verlo aparecer en la puerta del cuarto, apoyado con despreocupación en el marco, mirándolo con una ceja alzada.

—¿Interrumpo algo importante? —preguntó con su típica sonrisa burlona.

—Sólo si consideras al polvo una conversación interesante —respondió Osamu dejando el jarrón sobre la mesa—. ¿Ocurre algo?

Ranpo negó con la cabeza y entró en la habitación, dejándose caer sin elegancia en una vieja silla tapizada.

—Nada en particular. Estaba por aquí. Tenía el día libre y... no sabía qué hacer con él.

—¿No ibas a ver al aristócrata hoy?

Osamu lo dijo con tono ligero, apenas un guiño burlón al vínculo que su hermano tenía con Poe. Pero al ver cómo Ranpo desviaba la mirada hacia el suelo, algo en su interior se tensó.

—¿Te dijo algo? —preguntó más serio—. Porque no me importa qué título tenga. Si te hizo sentir mal, le rompo la nariz aunque tenga un castillo.

Ranpo soltó una risa seca, sin humor, y alzó la mirada.

—Te colgarían por eso. O te encerarían en una torre de por vida.

—Entonces escribiría desde la torre, con seudónimo. "Las Crónicas del Prisionero Poeta", un éxito asegurado.

—Dudo que alguien las lea —replicó Ranpo, pero su tono era más suave.

Osamu se encogió de hombros, teatral.

—Podría escribir sobre un fugitivo que se hace pasar por maestro de escuela en un país extranjero mientras intenta borrar su pasado.

—Esa historia sólo puede acabar mal —dijo Ranpo—. Si quieres realismo, el pasado siempre alcanza.

—¿Y si no quiero realismo? ¿Y si quiero creer que todos merecen una segunda oportunidad?

La pregunta flotó un momento entre los dos. Ranpo lo miró con atención, como si intentara leer algo más allá de sus palabras. Luego preguntó, sin rodeos:

—¿Entonces perdonarías a Fyodor?

Osamu bajó la vista y apoyó ambas manos sobre una estantería polvorienta.

—No lo sé —murmuró—. Lo que hizo... todavía me duele. Pero más por mí libro, me duele su silencio. Esperaba que viniera, que al menos lo intentara...

Ranpo asintió, como si entendiera. Como si supiera lo que era esperar algo de alguien que no llega.

Pasaron unos segundos en silencio. Luego, Osamu alzó la mirada con curiosidad.

"Mujercitas" | BSDDonde viven las historias. Descúbrelo ahora